La conferencia de Yalta, celebrada en febrero de 1945 en el palacio de Livadia, en Crimea, suele recordarse como el momento fundacional del orden europeo de posguerra, pero también fue, para algunos de los propios protagonistas occidentales, el inicio de una gigantesca cesión estratégica a Stalin. Franklin D. Roosevelt llegó a Yalta gravemente enfermo: las fotografías del encuentro muestran a un presidente agotado física y mentalmente, y Churchill percibió inmediatamente que, frente a un Stalin frío, paciente y extraordinariamente preparado para la negociación, Roosevelt aparecía debilitado y cada vez más dependiente de un entorno diplomático que tendía a subestimar la naturaleza expansiva del régimen soviético.

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Con el tiempo, parte de ese entorno diplomático y de asesores del presidente de Estados Unidos quedó envuelto en una de las mayores crisis de infiltración política de la historia occidental: figuras como Alger Hiss, Harry Dexter White o Lauchlin Currie serían posteriormente acusadas o identificadas en distintos grados como colaboradoras de los intereses soviéticos, lo que alimentó retrospectivamente la sospecha de que Moscú había logrado algo más importante que una victoria militar: decidir cómo debían interpretar a la Unión Soviética los políticos norteamericanos.

No existe evidencia concluyente de que Stalin controlara Yalta mediante una conspiración organizada dentro de la Casa Blanca, pero sí de que la combinación entre el deterioro físico de Roosevelt, la prioridad absoluta de derrotar a Hitler y una profunda incomprensión occidental del sistema soviético facilitó concesiones estratégicas de enorme alcance, y el reparto práctico de Europa oriental comenzó allí.

El 28 de marzo de 1945, apenas unas semanas después de Yalta, Dwight Eisenhower envió un cable a Stalin a través de la Misión Militar estadounidense en Moscú comunicándole que la principal ofensiva aliada en el frente occidental no se dirigiría a Berlín, sino al eje Leipzig-Dresde: era la primera vez que el comandante supremo aliado coordinaba bilateralmente con el Kremlin un movimiento estratégico de esa magnitud, dejando al margen al Estado Mayor Combinado y, sobre todo, a los británicos, que conocieron el contenido cuando ya había sido remitido. La decisión tenía lógica militar, pues la inteligencia norteamericana seguía temiendo el llamado Reducto Alpino, la Alpenfestung donde Hitler podría organizar una resistencia final, y Berlín, además, había quedado asignada a la futura zona soviética en los acuerdos de Yalta, de modo que cualquier conquista occidental habría sido temporal; Omar Bradley calculó incluso unas cien mil bajas estadounidenses para tomar la capital alemana desde el Elba.

Churchill, sin embargo, comprendió que llegar a Berlín no era solo una cuestión táctica sino política y simbólica. Roosevelt, agotado físicamente en sus últimos días de vida, dejó la decisión en manos de Marshall y Eisenhower; Marshall representaba la tradición del soldado profesional, hostil a introducir consideraciones políticas en la conducción militar, y Eisenhower compartía esa visión, de modo que el resultado fue una de las grandes paradojas estratégicas del siglo XX: una decisión militarmente racional que terminó teniendo consecuencias políticas inmensas. Churchill diría después, en privado, que Estados Unidos había cometido uno de los mayores errores de la guerra.

La batalla del relato

La toma soviética de Berlín, entre abril y mayo de 1945, costó decenas de miles de muertos al Ejército Rojo, y el sacrificio soviético fue real, gigantesco y decisivo para la derrota del Tercer Reich, pero la consecuencia más profunda no fue militar sino narrativa de forma absoluta. La fotografía de Yevgeny Khaldei mostrando la bandera roja sobre el Reichstag resumió en una sola imagen toda la legitimidad moral de la victoria; el propio fotógrafo retocó la imagen, eliminando un segundo reloj visible en la muñeca de un soldado, indicio de saqueo, y oscureciendo el humo del fondo para intensificar el dramatismo. Convertida en icono universal, fijó la idea central de que la Unión Soviética era la liberadora definitiva de Europa.

En resumen, la decisión de Eisenhower había concedido a la URSS algo más importante que la toma de Berlín: el monopolio de la derrota del nazismo. Sin embargo, la historia no comenzó en 1941 con la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por parte de las tropas alemanas. El 23 de agosto de 1939, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov, ministros de Exteriores de Alemania y la URSS, firmaron en Moscú el pacto germano-soviético acompañado de un protocolo secreto que repartía Europa Oriental: Polonia sería dividida; Finlandia y los países bálticos quedarían en la esfera soviética. El 1 de septiembre Alemania invadió Polonia desde el oeste, y el 17 lo hizo el Ejército Rojo desde el este. Hubo desfiles militares conjuntos germano-soviéticos en Brest-Litovsk y otras ciudades, y entre 1939 y 1941 la URSS suministró a Alemania petróleo, grano y materias primas estratégicas en volúmenes considerables, de modo que la maquinaria militar nazi que destruyó Francia en 1940 se alimentó parcialmente de esos recursos.

Katyn, la síntesis nazi soviética

Katyn simbolizó la dimensión criminal de aquella colaboración: en 1940, el NKVD soviético ejecutó a unos 22.000 oficiales e intelectuales polacos, y Moscú atribuyó la matanza a los nazis durante décadas, hasta que Gorbachov reconoció oficialmente la responsabilidad soviética. La narrativa posterior de la Gran Guerra Patriótica borró en gran medida este período, y la URSS pasó a ocupar exclusivamente el lugar de víctima y salvadora, omitiéndose que había sido inicialmente responsable directo, junto con Alemania, del desencadenamiento de la guerra que ocasionó cerca de cincuenta millones de muertos, así como copartícipe de la invasión y reparto de Polonia.

La fuerza de la narrativa soviética descansó sobre varios pilares: el primero fue el sacrificio humano real, pues decenas de millones de soviéticos murieron durante la guerra; el segundo, el monopolio iconográfico de Berlín; el tercero, el control político y educativo sobre Europa oriental durante casi medio siglo; pero hubo un cuarto factor, menos visible y quizá más importante, que fue la actitud de buena parte de la intelectualidad occidental.

La complicidad occidental

Julien Benda había advertido en La trahison des clercs del riesgo de que los intelectuales abandonasen la búsqueda de la verdad para servir a las pasiones políticas, y esa descripción encaja con una parte significativa de la relación de la izquierda intelectual europea con la URSS durante gran parte del siglo XX. Los procesos de Moscú, las purgas y el Gulag fueron relativizados, negados o reinterpretados durante décadas: André Gide rompió con el comunismo tras su viaje a la URSS, Arthur Koestler describió la lógica totalitaria en El cero y el infinito, Albert Camus denunció la legitimación de la violencia revolucionaria y Raymond Aron escribió que el marxismo se había convertido en “el opio de los intelectuales”. Pero durante años esas voces fueron marginales frente al prestigio político y moral que la victoria sobre el nazismo otorgó al comunismo soviético.

Tras 1989, la condena del fascismo quedó incorporada como fundamento moral indiscutible de la democracia europea, mientras que la del comunismo, en cambio, permaneció mucho más ambigua. El Holocausto ocupa, con razón, un lugar central en la memoria occidental, pero los crímenes del comunismo –el Gulag, el Holodomor o gran hambruna genocida en Ucrania, Camboya o el Gran Salto Adelante de Mao– no poseen una presencia equivalente en la cultura pública europea, y la diferencia no responde únicamente a razones históricas: también refleja una larga herencia intelectual y política. Durante décadas, gran parte de la cultura europea interpretó el comunismo como una desviación fallida de un ideal, mientras que el fascismo fue entendido como un mal absoluto sin legitimidad posible.

Las consecuencias de esa asimetría moral se extienden mucho más allá del debate académico. En el plano político, configuraron una Europa en la que cualquier vínculo con el fascismo descalificaba de manera inmediata a un partido o a una figura pública, mientras que la pertenencia a tradiciones comunistas, incluso en sus versiones más próximas al estalinismo, podía reciclarse sin coste reputacional significativo: numerosos cuadros de los antiguos partidos comunistas de Europa occidental ocuparon posiciones institucionales de primer orden tras 1989 sin necesidad de revisar críticamente su pasado.

La asimetría entre fascismo y comunismo

En el plano simbólico, la hoz y el martillo siguen circulando como iconografía aceptable en camisetas, carteles y manifestaciones, mientras que la simbología nazi está penalmente perseguida en buena parte del continente, una asimetría que carece de justificación si se atiende exclusivamente al número de víctimas. En el plano educativo, los planes de estudio de la mayoría de los países occidentales dedican un espacio amplio y minucioso al Holocausto y al Tercer Reich, pero tratan con notable superficialidad el Gulag, el Holodomor, la colectivización forzosa, la Revolución Cultural china o el genocidio camboyano, episodios que rara vez ocupan más de unas líneas en los manuales.

En el plano jurídico, el Tribunal de Núremberg juzgó exclusivamente a los responsables del régimen nazi: ningún oficial soviético respondió jamás por Katyń, por las deportaciones masivas de los pueblos del Cáucaso y de los bálticos, por la hambruna ucraniana ni por el sistema penitenciario que devoró a millones de ciudadanos durante décadas. Los intentos de corregir ese desequilibrio han sido tardíos y limitados: la Declaración de Praga de 2008, firmada entre otros por Václav Havel, Vytautas Landsbergis y Joachim Gauck, reclamó un tratamiento simétrico de los dos totalitarismos europeos; el Parlamento Europeo aprobó en septiembre de 2019 una resolución que sitúa expresamente la responsabilidad del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial en la Alemania nazi y en la URSS a partir del Pacto Mólotov-Ribbentrop; y el 23 de agosto figura desde 2009 en el calendario europeo como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo.

Estas iniciativas, sin embargo, han encontrado una resistencia persistente, especialmente en sectores intelectuales que perciben la equiparación como una operación políticamente sospechosa, lo que constituye en sí mismo un síntoma del problema que pretenden corregir. Las consecuencias geopolíticas son igualmente visibles: la Federación Rusa heredó intacta la narrativa de la Gran Guerra Patriótica y la reactivó sistemáticamente a partir de los años 2000; en 2014 Putin promulgó una ley que castiga con hasta cinco años de prisión la difusión de información que cuestione el papel de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, y la invasión de Ucrania en 2022 fue presentada al público ruso, sin esfuerzo de justificación adicional, como una operación de “desnazificación”, concepto que solo opera políticamente porque la legitimidad antifascista soviética nunca fue erosionada en profundidad.

La paradoja final es que el monopolio narrativo concedido en 1945 sigue produciendo efectos ochenta años después: permite que el sucesor del régimen que invadió Polonia junto a Hitler en 1939 invoque la lucha contra el nazismo para invadir un país europeo en 2022. Esa es, en último término, la consecuencia más profunda de Yalta y de las decisiones que la siguieron: no la pérdida de Europa oriental durante medio siglo, hecho ya reparado por la historia, sino la cesión duradera del marco moral con el que Occidente continúa interpretando su propia historia.