Mientras Patxi López proclamaba a voz en grito en el Congreso "¡Yo con Begoña! ¡Yo con Begoña!", llegaba a los medios un nuevo informe de la UDEF: Rodríguez Zapatero cobró 200.000 euros por hacer gestiones ante el presidente de Bolivia a favor de un conglomerado empresarial peruano. Esa dicotomía entre ficción y realidad es lo que hemos vivido este miércoles, en un pleno en el que el presidente del Gobierno se comprometió a hacer una "anatomía" del "fenómeno que enmaraña" (no llamó corrupción) a su partido y a su familia. Como si la corrupción fuera algo ajeno a él.
Resumiendo, el "fenómeno" lo dividió Sánchez en tres partes. La primera, la que afecta al ex ministro condenado a 24 años de cárcel (Ábalos); la que tiene como protagonista al otro ex secretario de Organización del partido imputado (Santos Cerdán), y la que tiene como eje a Leire Díez (la fontanera de Ferraz). Sobre este ejemplar tridente no se extendió mucho el presidente: "Jamás conocí ninguna de esas prácticas corruptas, que no hubiera permitido". El PSOE, afirmó rotundo, "no se ha financiado ilegalmente".
El segundo elemento del "fenómeno" lo centró en el caso que afecta a Rodríguez Zapatero, el "faro moral del PSOE". Argumentó Sánchez que durante el mandato de Zapatero no se produjeron escándalos en España y que ahora "está colaborando con la Justicia"; ahí se escucharon risas en el hemiciclo. Llegó a justificar su imputación porque es un político "molesto para la derecha y la ultraderecha". Nosotros, dijo, "estamos muy tranquilos. Tenemos confianza en él, yo, desde luego, la tengo" (al presidente aún no le habían dicho lo del último informe de la UDEF).
En tercer lugar se refirió a los casos abiertos "contra mi esposa y mi hermano". Se trata, dijo Sánchez, de "acusaciones infundadas". El patrón siempre es el mismo: "informaciones falsas de pseudomedios, denuncias de organizaciones de extrema derecha basadas en bulos y procesos judiciales" sin base.
Lo más frustrante de esta jornada es la constatación del bloqueo político: un presidente acosado por la corrupción pero con el apoyo de los partidos que obtienen algo a cambio
Para ser una intervención que llevaba preparando semanas no se puede decir que su anatomía de la corrupción haya aportado gran cosa, más allá de un relato tan conocido como exculpatorio. No fue desde luego la Anatomía de un instante de Cercas, ni mucho menos la Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger.
Luego ya, en el turno de réplica, el presidente sacó toda la artillería contra Núñez Feijóo, al que acusó de haberse "beneficiado de la corrupción" durante su etapa en la Xunta. Incluso tuvo la desfachatez de afirmar: "Hemos dejado atrás la corrupción sistémica gracias a la moción de censura". "Usted", dijo mirando al líder de la oposición, "no puede darnos lecciones", para recordarle después toda la retahíla de casos que afectan al PP. Es como decir, "mi Gobierno será corrupto, pero el suyo sería aún peor".
Este Gobierno trufado de corrupción, la que conocemos hasta ahora y la que nos auguran los sumarios todavía secretos, sólo se sostiene por la respiración asistida que le dan unos socios que viven del chantaje. Lo de este miércoles pasará a la historia como otra jornada de indignidad. El "míreme a los ojos" que le lanzó Rufián al presidente sonó tan falso como aquel "míreme a la cara" del diputado Hernández Moltó al gobernador del Banco de España Mariano Rubio, pillado in fraganti con una cuenta secreta. La propuesta de Miriam Nogueras de que dimita el presidente para que su partido presente otro candidato es una broma. Lo de Verónica Martínez Barbero (Sumar), un pellizco de monja para justificar su permanencia en un Gobierno al que, si hubiera elecciones, jamás volverían, no por falta de ganas, sino por falta de votos. En fin.
Lo más frustrante es comprobar la situación de bloqueo en la que estamos. Un Pedro Sánchez que pretende seguir en el cargo, cada día más acosado por los casos de corrupción, pero con apoyo parlamentario suficiente como para resistir (como las cucarachas, remachó Abascal) el tiempo que sea.
Esa es la verdadera anatomía de la corrupción. Un presidente que no asume su responsabilidad y unos partidos que le apoyan porque obtienen algo a cambio.
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