Sánchez, como cualquier español, no le habló a Trump más que de fútbol. Ni de la guerra, ni de la paz, ni del gasto militar, ni del aceite de oliva, ni del lawfare, ni del fascismo, ni de cómo le caen ahora a Begoña, cautiva en la Moncloa, las lágrimas hasta las trenzas, como a una chiquilla de Kansas. Sánchez sólo habla para su público, exactamente igual que Trump. En su comparecencia junto a Rutte, Trump puso a parir a España, nos llamó mala gente, amenazó con romper cualquier lazo comercial y nos puso vocecillas como de ratoncito mexicano de dibujos. Igualmente, cuando Sánchez habla de Trump, el presidente americano parece algo entre bruja, nazi, ogro, sultán borracho y elefante también borracho. Pero ya ven, se cruzan los dos por la moqueta, como por una extraña o corrientísima noche de Hopper, y sólo se saludan, como taxistas, y sólo hablan de fútbol, como camareros. Y es que ni Sánchez ni Trump actúan sin público. Ellos no se molestan en hacer política con sus homólogos, ni siquiera con sus enemigos; ellos sólo hacen propaganda para sus respectivos fieles con peto y gorra, en Kansas o en lo de Broncano. Lo violento de encontrarse a solas es que no saben de qué hablar entre ellos porque no tienen nada que hablar entre ellos. Menos mal que estamos de Mundial, si no no sé de qué hablaríamos en la OTAN ni en el ascensor.
El deporte, el fútbol en nuestro caso, sea furia y fracaso o sea orgullo y gloria, nos salva del silencio y, sobre todo, nos salva de la política. Y tanto Sánchez como Trump necesitan que los salven de la política y los lleven al pelotazo, al maracanazo o al negreirazo. Ahora la política se ha puesto un poco futbolera, pero eso es porque no teníamos una gran gesta ni una gran decepción en el fútbol, sólo el Madrid un poco decadente, el Barça un poco decepcionante y el Rayo un poco japonés en el entusiasmo, el éxito y la derrota. Seguimos vivos en el Mundial, si acaso algo cojos por los extremos, algo cegatos por la delantera y algo desennoviados de Pedri, tan joven y tan buen partidito (sonaba hasta para la princesa Leonor), pero de repente un poco envejecido y perdido. Pero seguimos vivos, así que aún puede más el Mundial que la política, o toda nuestra política es ahora el Mundial, y nos tira más Trump por la tarjeta roja quitada a Balogun que por volver a Irán, a Groenlandia y hasta a Sánchez, que ya digo que es como su ratoncito mexicano (Sánchez acepta y disfruta el papel, le gusta ir de héroe con poncho y guitarra, pequeño pero escurridizo, ante el gato marinero o el perro ovejero).
Sánchez y Trump se encontraron en la cumbre de la OTAN y hablaron como dos barrenderos, sin audiencia, sin interés, como dos desconocidos o conocidos, como los que no tienen nada que decirse
Tenemos fútbol en la OTAN y política en el Mundial porque, como venía a decir Orwell, el deporte es un sucedáneo de la guerra, cosa que a nosotros nos viene fenomenal. El fútbol, tan político en el fondo, nos salva ahora de hablar de política y quizá también nos salva de las invenciones de la política. Nadie se cree que el personal esté más angustiado por el pasaporte de Begoña, como un salvoconducto de Milady de Winter, que por la ausencia de Nico Williams. Ni más preocupado por ese lawfare que nos quieren meter, mientras nos ciegan el joyerío, las cloacas y los chistorrazos, que por la levedad de Lamine Yamal. A Sánchez también lo salva el fútbol de tener que hacer política, porque él ha sustituido la política, o sea la gobernanza, por una especie de sistema forofista, con hinchada y vuvuzela. Por eso mismo el fútbol de verdad, este Mundial intenso, peligroso y político, lleno de cepos, venganzas y tumbas, le quita presencia y contundencia a la propaganda de Sánchez. Eso sí, como a todos, le da conversación por sus vacíos internacionales, que son como nuestros vacíos de descansillo (Sánchez sólo tiene política doméstica, literalmente).
Sánchez y Trump se encontraron en la cumbre de la OTAN y hablaron como dos barrenderos, sin audiencia, sin interés, sin inquina, como dos desconocidos o conocidos, como los que no tienen nada que decirse, que parece increíble con esta guerra por la guerra, o por la paz, o contra los ultras o gracias a los ultras que maneja no tanto Trump sino Sánchez. Esto no es ni mucho menos diplomacia, porque la diplomacia no deja de ser hablar de política, y de política cruda, aunque con hipocresía y tetera. Esto es otra cosa, es esa cortesía de los cínicos indolentes o (quizá a la vez) de los fríos profesionales, que no se van a poner el mono de fontanero o la sotana de domingo para nada, que no van a actuar sin claque ni van a sermonear sin parroquia. En realidad Trump no es la némesis de Sánchez, sino su imagen especular (sus discursos sobre el lawfare, los poderes ocultos y la malvada prensa son idénticos pero dándoles la vuelta a la ideología o a la etiquetita). Son más parecidos de lo que quieren que creamos y yo diría que, en Ankara, Sánchez y Trump se cruzaron como esfinges que no se cruzan, que no se estorban, que no se hablan, pero que comparten espacio y mitología.
Sin público y sin afán, Trump puede ser como un señor que te encuentras en el parque y Sánchez puede ser sólo un novio plantado en el altar, con el nardo mustio, o plantado en el bar, con su cerveza con mosca veraneante o quevedesca. Cuando hablen ante su público, ante sus medios, ante su hinchada, será otra cosa, habrá reproches, plantes, advertencias, dignidades, amenazas y quizá hasta pies en pared, que dicen ahora los que se han comido tantas paredes y pies. Habrá hasta vocecitas de dibujito animado, ésas que pone Trump cuando le habla al mundo, o vocecitas de sastre o de adúltero sorprendido, ésas que pone Sánchez cuando responde a Bildu o cuando responde, sin responder, por la corrupción. Pero en la cumbre de la OTAN, que parecía que iba ser más peligrosa que los octavos de final del Mundial, Trump saludó como en un crucero y Sánchez habló de cualquier cosa menos de política. No ya de fútbol sino incluso de golf, que es como el fútbol de los gordos, los vagos y los viejos cuando son ricos o sólo horteras. El peligro ahora no son los aranceles, un boicot o Putin despechugado (Putin, desinhibido en la guerra o en la paz, es como si estuviera de despedida de soltero). No, el peligro es que Trump mueva sus hilos para que eliminen a España. Mientras estemos vivos en el Mundial, no habrá aquí otra política, otra guerra ni otra conspiración.
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