La mayor entrada migratoria de la historia reciente de Ceuta, una Marcha Verde 2.0, está lejos de ser un movimiento espontáneo. Nada pasa en Marruecos sin que lo sepa Mohamed VI. Menos una salida masiva de jóvenes coincidiendo con su 27º aniversario de su subida al Trono. Es una jugada de billar de Rabat con varias trayectorias: dar un aviso al Gobierno de Sánchez para que sepa de la capacidad desestabilizadora de su vecino del sur; avanzar en la difusión de su relato sobre la marroquinidad de Ceuta y Melilla, y demostrar que cuenta con el amigo americano y por tanto con impunidad. De poco le ha servido a España ser miembro de la UE y de la OTAN. Nadie ha hablado de amenaza híbrida, y en la UE han exigido que controle la frontera comunitaria.
Un informe del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes, una red de think tanks de Washington afines a Trump y la diplomacia pública israelí han conseguido algo que Rabat llevaba setenta años sin lograr: que la soberanía española sobre las dos ciudades se discuta fuera de Marruecos. Primero Rabat lo logró con el Sáhara, gracias a una polítia
Mientras España afrontaba una crisis mayúscula, provocada por una dictadura que instrumentaliza la migración, el embajador de Israel ante Naciones Unidas, Danny Danon, escribía en X que España, tan dada a dar lecciones, quizá debería explicarle al mundo por qué mantiene "enclaves coloniales en África". El mensaje contenía además un error de bulto: afirmaba que el Gobierno español había declarado la emergencia nacional, cuando lo que hubo fue una petición en ese sentido de la Ciudad Autónoma que el Ministerio del Interior descartó por no encajar la presión migratoria en la normativa de protección civil. Fuentes oficiales israelíes se apresuraron a aclarar que esta declaración del embajador no representa la posición del Estado de Israel.
El desliz importa menos que el marco. Que el representante permanente de un Estado ante la ONU califique a Ceuta de colonia, en el peor día de la ciudad desde 2021, no es un exabrupto aislado. Es la última pieza de una secuencia que puede rastrearse con fechas, nombres y documentos, y que apunta a una conclusión incómoda: la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla ha dejado de ser un asunto bilateral para convertirse en argumento de terceros. Son terceros que tienen ganas al Gobierno de Pedro Sánchez debido a sus plantes y críticas: por un lado, Donald Trump. Por otro, Israel.
Rubio y el "futuro estatus" de Ceuta y Melilla
El punto de inflexión no ocurrió en Rabat, sino en Washington, a finales de abril. El Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes aprobó el informe que acompaña la ley de gastos en operaciones exteriores. Enterrado entre decenas de epígrafes, un párrafo introducido por enmienda recuerda la alianza histórica entre Estados Unidos y Marruecos, formalizada en el Tratado de Paz y Amistad de 1786; observa que Ceuta y Melilla, "administradas por España", se encuentran en territorio marroquí y siguen siendo objeto de la antigua reivindicación del Reino; y respalda los esfuerzos del secretario de Estado para fomentar el diálogo entre Rabat y Madrid sobre el futuro estatus de ambas ciudades. El mismo documento contempla una partida de varias decenas de millones de dólares para Marruecos en programas de seguridad y financiación militar.
El autor de la enmienda es Mario Díaz-Balart, congresista republicano por Florida, vicepresidente del comité y uno de los aliados personales más próximos a Marco Rubio. Como Rubio, Díaz-Balart es de origen cubano. Según dijo Díaz-Balart a diferentes medios, las dos ciudades no están en la geografía española sino en la marroquí, y esas cosas se discuten entre amigos y aliados.
Este informe de comité no obliga al Departamento de Estado, aún debe ratificarse en el pleno de la Cámara y, hasta donde consta, Rubio no ha movido ficha. Pero tampoco es papel mojado. Es la primera vez que un órgano oficial del Congreso estadounidense pone por escrito que Ceuta y Melilla están en Marruecos.
El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, trató de quitar importancia al asunto. Como si al hacerlo, el problema se diluyera. Albares se limitó a recordar que "la españolidad de Ceuta y Melilla, como la de Valladolid y Santiago de Compostela, no deja lugar a dudas".
Una maquinaria intelectual bien engrasada
Detrás del párrafo hay una maquinaria intelectual que lleva meses funcionando a pleno rendimiento. En marzo, Michael Rubin —antiguo funcionario del Pentágono, investigador del American Enterprise Institute y director de análisis del Middle East Forum— pidió públicamente que Trump declarase Ceuta y Melilla territorios marroquíes ocupados. Su tesis es que constituyen los últimos vestigios coloniales españoles en el norte de África y que su estatuto es incompatible con la doctrina descolonizadora de la ONU.
También defendió, sin ningún tipo de rubor, que Rabat organizase una "marcha verde" sobre las dos ciudades. Con Ceuta desbordada, los tuits de los últimos días de Rubin siguen en esa línea. "¿Ceuta y Melilla son una "parte integrante" de España? Me parece recordar que Argelia también era una "parte integrante" de Francia", escribe en una muestra de ignorancia histórica supina. Ceuta y Melilla eran españolas antes de la existencia de Marruecos, y de Estados Unidos.
En mayo, el propio Middle East Forum publicaba un texto titulado La asociación entre Israel y Marruecos expone la hipocresía española sobre Gibraltar. Su tesis: España exige a Londres la devolución del Peñón y denuncia el colonialismo ajeno mientras conserva dos enclaves en suelo africano. Dos meses antes, el mismo think tank había publicado otro trabajo cuya tesis estaba ya en el título: Usar a Marruecos como palanca frente a una España convertida en socio poco fiable. Y parece que le están escuchando en la Administración Trump.
En estos análisis se recuerda que el artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte delimita el ámbito geográfico de la cláusula de defensa colectiva a los territorios situados en Europa y América del Norte y a las islas del Atlántico Norte al norte del Trópico de Cáncer. Canarias entra. Ceuta y Melilla, no. La protección de las dos ciudades ha dependido siempre de la disuasión convencional española y de la ambigüedad estratégica, nunca del artículo 5.
Los Acuerdos de Abraham
No hay una posición oficial israelí sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, del mismo modo que no existe una posición oficial estadounidense. Lo que existe es otra cosa, más difusa y probablemente más eficaz: un ecosistema de think tanks, congresistas, analistas y diplomáticos que ha normalizado la pregunta.
Los Acuerdos de Abraham de diciembre de 2020 nacieron de un intercambio explícito: Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de la normalización de relaciones entre Rabat y Tel Aviv. Israel reconoció esa soberanía por su cuenta en julio de 2023.
En enero de 2026, ambos países cerraron un plan de trabajo militar conjunto. Marruecos opera hoy sistemas israelíes —drones, municiones merodeadoras, interceptores, guerra electrónica— en el flanco sur de España. Madrid mantiene el embargo de armas a Israel decretado en octubre de 2025 y sostiene, desde el reconocimiento del Estado palestino en 2024, una de las voces más críticas de la Unión Europea con la actuación israelí en Gaza.
En ese contexto Ceuta y Melilla aparece como argumento retórico y no es casual.
"Lo que importa a EEUU e Israel es que Marruecos forma parte de los Acuerdos de Abraham, ya que eso contribuye a la normalización de Israel. En la disputa que tiene Pedro Sánchez con EEUU e Israel ha hecho que en los gobiernos de estos dos países haya rencor hacia España. Han recurrido a una línea roja en materia de soberanía nacional. No creo que a EEUU o Israel les importe realmente Ceuta y Melilla, pero es un tema con el que generar polémica", afirma Jesús Manuel Pérez Triana, analista militar y editor de OsintSahel. "Hay un ánimo de represalia contra España por parte de la derecha trumpista y prosionista de Israel. Están usando el asunto de Ceuta, aunque en otros lugares podría ponerse del lado de gobiernos que estuvieran en la misma tesitura que el español. Véase el muro que iba a pagar México para evitar que salieran los bad hombres".
Por qué ahora
Hay dos hechos relevantes que explican cómo se ha creado este ecosistema radiactivo para España, debido a la alianza de Marruecos, EEUU e Israel. La Resolución 2797 del Consejo de Seguridad se aprobó el 31 de octubre de 2025 a iniciativa estadounidense por once votos a favor, ninguno en contra y tres abstenciones. El texto consagra el plan de autonomía marroquí como base seria y realista de negociación y atenúa la referencia clásica a la autodeterminación saharaui. Mohamed VI lo formuló en televisión con una claridad que debería haberse leído en Madrid con más atención: a partir de ahora hay un antes y un después del 31 de octubre de 2025. La lección política es evidente. Una reivindicación territorial sostenida durante medio siglo puede acabar validada por el órgano que en teoría debía impedirlo. Es un principio, no un final.
A eso se suma el deterioro de la relación entre España y la Administración Trump: la negativa a facilitar las bases de Rota y Morón durante la campaña contra Irán, el incumplimiento de los objetivos de gasto de la OTAN, la filtración de una carta interna del Pentágono que llegó a sugerir suspender la pertenencia española a la Alianza y los ataques públicos y reiterados del propio presidente estadounidense. La Estrategia de Seguridad Nacional aprobada a finales de 2025 define a Europa como socio necesario pero poco fiable. En esa grieta es donde se ha alojado el expediente de Ceuta y Melilla.
España lleva medio siglo confiando en que nadie relevante compraría la tesis de la marroquinidad de Ceuta y Melilla. Ese supuesto ha dejado de ser cierto. La cuestión ya no es si Marruecos está solo: no lo está. La cuestión es si España sabe cómo responder a ese desafío más allá de la retórica.
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