El día después del "desastre" electoral sufrido por la Unión Cristiano Demócrata (CDU) Friedrich Merz habló de "punto de inflexión". La CDU, como el Partido Socialdemócrata (SPD), han sido los Volksparteien, los partidos del pueblo, desde la creación de la República Federal de Alemania en 1949. El auge de Alternativa para Alemania (AfD, de extrema derecha) ha puesto en evidencia la crisis de CDU y SPD, que gobiernan en coalición, una vez más, desde 2025. AfD es el primer partido de la oposición en el Bundestag, encabeza los sondeos a nivel federal, y ya ha sido la fuerza más votada en Sajonia, Sajonia-Anhalt, y Mecklemburgo-Antepomerania. "Nuestro sistema político está sufriendo una profunda transformación", ha dicho el canciller federal. Y ha relacionado el fenómeno con lo que pasa en otras partes de Europa.
La conmoción para la CDU viene de un hecho excepcional. En la próxima legislatura, por primera vez desde 1949, la CDU se queda sin representación en un Landtag, en Mecklemburgo-Antepomerania. "Es un resultado dramático y sin precedentes para la CDU... toda nuestra representación ha sido eliminada. Sentiremos los efectos durante mucho tiempo", ha dicho Merz, en el análisis de los resultados este lunes en la Konrad Adenauer-Haus de Berlín. Sin embargo, Merz sostiene que nadie en el partido le ha pedido irse y asegura que las causas de lo que ha pasado "van más allá del debate sobre las personas".
La presión sobre Merz se incrementó el pasado 6 de septiembre cuando la extrema derecha ganó las elecciones en Sajonia-Anhalt con un resultado excepcional: se quedó a tres escaños de la mayoría absoluta. La CDU, que había ganado en las elecciones anteriores, perdió 25 escaños y se quedó con 15. En ese caso, el canciller aguantó, aunque los ministros presidentes de la CDU de los Länder del Este pidieron que el curso de las reformas se modificara. Cambios como elevar la edad de jubilación se rechazan totalmente en el Este.
Comunicar antes no es comunicar mejor
Este domingo, Merz se apresuró a dirigirse a la población apenas 14 minutos después de conocerse los primeros sondeos a pie de urna. Pero en ese momento la CDU aún parecía entrar en el Landtag de Schwerin. Quiso evitar especulaciones sobre su continuidad. Pero no lo ha conseguido debido a la debacle final, y también porque el resultado en Berlín es otra derrota, aunque más mitigada. La CDU gobernaba en coalición con el SPD la capital federal y ahora ha ganado Die Linke que pactará con SPD y los Verdes. Es el mismo tripartito que intentará formarse en Mecklemburgo-Antepomerania, ya que el cordón sanitario contra AfD impide que tenga socios de coalición.
¿Evitó Merz que se hablara sobre su frágil situación? Realmente, no. Solo pospuso el debate unas horas. En principio, su insólita aparición en la tarde electoral podría haber servido para contener los ánimos y trasladar la idea de que tiene la situación bajo control. Sin embargo, perder representación en el Landtag de Schwerin da una nueva dimensión a la crisis. En este caso, la primera lección sería que las crisis no desaparecen por mucho que queramos que los ciudadanos pasen la página hasta la próxima convocatoria electoral.
Es cierto que Merz ha dicho que se abre un debate en la CDU sobre cómo recuperar la confianza de los ciudadanos. Pero se debería haber hecho hace tiempo. AfD ya fue la segunda fuerza más votada cuando la CDU ganó las elecciones que le llevaron a la cancillería. Hay que hacer caso de las señales antes de que sean tan descomunales que nos engullan.
Pérdida de contacto con los ciudadanos
La CDU y el SPD tienen un problema, como otros partidos tradicionales en Europa. No hay más que ver qué panorama se dibuja en las presidenciales en Francia, donde lo más probable es que en segunda vuelta se enfrente un candidato de extrema izquierda, Jean-Luc Mélechon, con la candidata ultraderechista, Marine Le Pen. Están desgastados por el ejercicio del poder, y por uno de sus efectos más nocivos, la pérdida del contacto con los ciudadanos.
Hasta que no se vio con el agua al cuello, el canciller federal no cedió para ayudar a suavizar el precio de la gasolina. Con la reforma de las jubilaciones corre el riesgo de tener que aparcarlas. Si hay reformas pendientes necesarias, habrá que tener en cuenta cómo hacer más llevaderos sus efectos a los más débiles. Reformas sí, pero por el bien del ciudadano, y con ayudas.
Empatía, empatía, empatía
La comunicación es fundamental para acometer estos desafíos. Partidos como AfD utilizan la comunicación política para trasladar a los ciudadanos que están cerca de ellos, que son parte de ellos. Como ha dicho Merz, solo hablan de soluciones fáciles a problemas muy complicados. Hay que ir más allá del enunciado y desenmascarar cuáles son esas salidas fáciles y por qué no resolverían nada. En Sajonia-Anhalt, uno de los Länder con menos inmigración, AfD habla de reinmigración. ¿A quién afectaría? ¿Al enfermero sirio que cuida de su padre? ¿Al profesor paquistaní que ha motivado a su hijo con los estudios?
Hay que bajar al terreno. Y esto también sirve para encarar los problemas que preocupan al ciudadano. Si la mayoría de la juventud está frustrada por el deficitario acceso a la vivienda, hay que abordar el problema y buscar soluciones. Es lo que hacen los Mamdani. Nada de ideología en primer lugar, sino soluciones a los desafíos a los que se enfrenta el trabajador. La candidata de Die Linke, Elif Eralp, ha logrado un gran éxito en Berlín al focalizarse en el problema de la vivienda. Los jóvenes, que en otras latitudes han apoyado a AfD, en Berlín han votado a Elif Eralp.
¿Dónde están los líderes?
Las propuestas de Eralp eran atractivas para los votantes, pero ella, además, proyectaba liderazgo, capacidad de poner en marcha estas iniciativas. También se ve en el caso de Manuela Schwesig, ministra presidenta de Mecklemburgo-Antepomerania. Ha estado a punto de sobrepasar a AfD, cuando hace un año su partido, el SPD, se quedaba 19 puntos por debajo. Schwesig se ha acercado al votante del Land, a sus problemas particulares, y se ha presentado claramente como "la mujer contra los azules (por AfD)". Las dos son líderes.
Sin embargo, Friedrich Merz no lo es. Carece de carisma y sus dotes comunicativas son escasas. Hay en sus mensajes falta de empatía, salvo en algunas intervenciones parlamentarias. Encaja más con la imagen de CEO de una gran corporación.
Su papel es complejo porque a nadie le gusta que le digan que el estado del bienestar ya no aguanta más, sobre todo, si eres ciudadano de un país rico, de la primera potencia de la UE. Ocurre lo mismo en Francia, donde la mayoría cree que es sostenible jubilarse a los 63. En países donde la natalidad desciende a pasos agigantados. Cualquiera que diga que con ellos esto no pasará se gana al público. Pero un líder sólido sabe cómo trasladar un mensaje doloroso con empatía.
2027, una prueba de fuego electoral
Lo que estamos viendo en Alemania en 2027 va a multiplicarse en Francia, España, Italia y Polonia, donde hay elecciones. Por ejemplo, en Francia, hay decenas de candidatos en el centro y la derecha al Elíseo. Como si no fuera evidente que esa división solo favorece a Mélenchon y Le Pen. Pero la ambición de ser candidato puede cualquier razonamiento.
Al contrario de lo que pueda parecer, en el caso de Merz no se queda por ambición. Por un lado, de momento no hay un candidato claro que posea ese liderazgo tan necesario, aunque es posible que esto cambie en unos meses, tras las elecciones en Renania del Norte-Westfalia, donde aspira Hendrik Wüst a la reelección.
Y por otro, Merz sabe bien que el alemán quiere, sobre todo, estabilidad, y que en el caos es donde se desenvuelve mejor la extrema derecha. El problema surge cuando no hay nada que contenga la ola de descontento y desde el poder, aun sin cambios, se traslada la sensación de falta de control.
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