La Audiencia de Madrid ha corregido un poco y ha avalado otro poco al juez Peinado con lo de Begoña, así que nos hemos quedado sin saber si el lawfare gana, pierde o es un cachondeo. De momento, lo que parece es que el lawfare no funciona, no se comunica, no se pone de acuerdo, se autosabotea y está estropeando la gran cacería barroca de Sánchez, con esos jueces emplumados y encapotados pisándose los negros dobladillos unos a otros. Uno creía que los jueces fachosféricos, que son casi todos menos los que salen en TVE y La Sexta como eclesiásticos de bonete, se ponían su máscara veneciana, se reunían bajo arcadas palaciegas o subterráneas, y allí ideaban y coordinaban la conspiración, el golpe, con algo de gladiadores, algo de pervertidos y algo de butroneros. Pero no, cada uno va por su lado, un lawfare choca con otro lawfare, un juez choca con otro juez como chocan dos criadas de cofia con los carritos, y así no se puede hablar ni de complot ni de persecución ni de nada. Será la chapuza nacional, o la pereza nacional, o la falta de recursos, que esos jueces que no tienen para cartapacios a lo mejor tampoco tienen para la máscara veneciana con encajito y penacho, ni para alquilar un coche de caballos con caballo negro y cortinilla negra. El lawfare, en fin, es tan caótico que ya no lo vamos a poder distinguir de la justicia de siempre, sin más.

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La Audiencia Provincial de Madrid ha hablado y Begoña irá a juicio con jurado, como una cuatrera de la Moncloa. Eso sí, se han levantado las medidas cautelares (era difícil creer que se fuera a fugar con la capucha de Milady de Winter y su flor de lis, que ni el lawfare podría tapar ya esa vergüenza; pero justo para eso, para los jueces noveleros, están los recursos). Y los cuatro delitos se han quedado en dos, o dos y medio, porque lo del software puede encajar en la malversación, al tratarse de bienes públicos, y Begoña también puede entrar, como el hermano lírico y tórpido, en esa familiar categoría de cooperador necesario. Se puede pensar que la Audiencia lo aclara y lo embarulla todo, porque niega y da alas al lawfare a la vez. La Audiencia corrige sonoramente al Peinado, cosa que para muchos prueba que había lawfare, y la Audiencia demuestra que la Justicia puede enderezar las novelerías y hasta las conspiraciones, cosa que parece desmontar el lawfare. Como con David Sánchez (David Azagra cuando se pone la máscara de fantasma de la ópera), al que le ha caído una condena sin cárcel y sin garrote, parece que lo que nos queda es un lawfare inútil, cobardica o inexistente, que en todo caso descarta la conspiración. Pero no es así, seguimos y seguiremos oyendo lo del lawfare.

Creíamos que Begoña, y más aún el propio Sánchez, ya sólo podrían ser culpables o inocentes, como cualquier particular. Pero no, sigue la persecución, sigue esa injusticia de Marianita Pineda de LinkedIn

No nos hemos quedado sin lawfare y la prueba es que ahí está todavía, en el argumentario, en las tertulias y hasta en la matraca de Óscar Puente, que enseguida ha hecho notar la  coincidencia de la decisión de la Audiencia de Madrid con el veredicto del TJUE sobre la amnistía (que no ha sido un veredicto sino esa cosa colonial, evangélica y hasta un poco marciana de decirnos que esos son asuntos nuestros, un poco asuntos de salvajes). El sanchismo sigue hablando de “causa política”, “cacería”, “operación de derribo” y todo lo que decía antes. El lawfare no se ha quedado en Peinado, pese a ser corregido, sino que automáticamente se ha trasladado a la instancia superior. De hecho, Peinado ya no importa. Después de ser algo así como el santo patrón del lawfare, va a desaparecer del argumentario, de las tertulias y de nuestra vista. Y esto es así porque el concepto del lawfare es infalsable, está pensado para ser infalsable. Es decir, no se puede rebatir con hecho ni argumento alguno. Si otro juez corrige al juez fachosférico, es que había lawfare. Si otro juez avala al juez fachosférico, es que sigue habiendo lawfare. Si es un poco a medias, como en el caso de la Audiencia con Peinado, también continúa con una capa suavizante o legitimadora que no socava el objetivo final, que es cazar más o menos barroca o exóticamente a Sánchez, como a esa iguana que parece. O sea, que nos come siempre el tigre. No hay manera de escapar del lawfare porque Sánchez, ya lo hemos dicho, ya sólo tiene el lawfare.

Nos parecía que el lawfare funcionaba mal, ya ven, porque los jueces olvidaban reunirse, como vampiros sin reloj, y no se ponían de acuerdo, como el Frente Popular de Judea. Pero el lawfare funciona perfectamente y ahí sigue, incólume, poderoso, infinito, eterno, irrebatible, inmarcesible. Funciona y sobrevive como las palabras vacías o las cabezas vacías, por resonancia, pereza o simplicidad. Funciona y sobrevive para Sánchez como única explicación y única defensa. Parecía que nos quedábamos sin lawfare, que habíamos llegado ya a lo puramente jurídico y eso era feamente antirromántico, como quedarnos sin preso de torréon, sin dama de las camelias o sin luna de charquito. Creíamos que Begoña, y más aún el propio Sánchez, ya sólo podrían ser culpables o inocentes, como cualquier particular. Pero no, sigue la persecución, sigue esa injusticia de Marianita Pineda de LinkedIn, y sigue la batida contra Sánchez, que no es que tolere o incluso dirija a corruptos, horteras, inútiles y mafiosos, como parece, sino que lo están cazando garrochistas de la fachosfera como al león de Rubens, a la vez nudoso, pomposo, falso, inacabado y póstumo.