En la primavera de 1950, Robert Schuman tenía sesenta y tres años y un despacho en el Quai d'Orsay con una ventana baja que daba al Sena. Era ministro de Asuntos Exteriores de Francia, pero había nacido en Luxemburgo, de padre lorenés, y hablaba alemán antes que francés. A los veintiocho años, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, era ciudadano alemán del Reich y fue exento del servicio militar por motivos de salud, trabajando durante la contienda como modesto funcionario de la administración municipal de Metz, donde se hablaba alemán en los despachos y francés en las cocinas. Tenía la cara larga y melancólica de los hombres que han elegido no casarse, los modales callados de un católico practicante y la costumbre, según anotaron sus colaboradores, de leer a los Padres de la Iglesia hasta tarde, sentado en una butaca, con un vaso de agua en la mesa baja. En un cajón de su escritorio guardaba, desde hacía algunas semanas, un breve documento que Jean Monnet, un comerciante de coñac convertido en arquitecto práctico de la integración europea, le había hecho llegar mecanografiado. El documento proponía algo que en aquel momento, cinco años después de Auschwitz, de Dresde y de Hiroshima, parecía una provocación de mal gusto: que Francia y Alemania pusieran en común la gestión de su carbón y su acero, los dos materiales con los que se habían fabricado, en cuatro generaciones, todas las armas con las que se habían matado entre sí.

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El nueve de mayo, a las seis de la tarde, en el Salon de l'Horloge, Schuman leyó aquel texto delante de un puñado de periodistas convocados pocas horas antes, sin fotógrafos, sin cámaras, sin radio, sin De Gaulle. La declaración duró menos de diez minutos. Cuando terminó, algunos reporteros se fueron a cenar y el resto se quedó preguntándose si aquello había sido una noticia o un capricho de un hombre cansado. Para entender lo que Schuman acababa de hacer hay que imaginar la situación del continente en aquel momento. Sesenta millones de muertos llevaban cinco años bajo tierra. En Polonia, los campesinos todavía araban con caballos esqueléticos sobre campos sembrados de minas. En Berlín, los niños jugaban entre las ruinas con cascos oxidados de la Wehrmacht. En Estrasburgo, a seiscientos kilómetros del despacho del ministro, el puente que cruzaba el Rin hasta la pequeña ciudad alemana de Kehl seguía siendo un esqueleto retorcido de hierro que las tropas alemanas habían hecho saltar por los aires en su retirada de 1944. Proponer que las dos orillas de aquel puente compartieran la propiedad de sus altos hornos habría parecido, en cualquier momento del medio siglo anterior, una forma elegante de demencia. Schuman, que había sido alemán y francés en cuerpos distintos del mismo cuerpo, sabía que esa demencia era la única vía de cordura que le quedaba a Europa.

Quien defienda hoy la UE frente a sus enemigos no necesita argumentos heroicos: le basta con detenerse en mitad del puente de Kehl y mirar a ambos lados

Setenta y seis años después, en el lugar exacto donde voló el puente original, los cuatro pasos que hoy unen Estrasburgo y Kehl –el viario, el ferroviario, la pasarela peatonal y el del tranvía D que inauguraron en 2017– son atravesados a diario por decenas de miles de personas según las cifras del Eurodistrito Estrasburgo-Ortenau. Los estudiantes de bachillerato franceses cruzan a Kehl a media tarde para comprar cervezas que en Estrasburgo cuestan dos euros más. Los jubilados alemanes vienen los miércoles a buscar quesos al mercado de la Place Broglie. Nadie enseña el pasaporte. Nadie levanta la vista. La frontera, que en cuatro generaciones consecutivas se tragó a los padres, a los abuelos, a los bisabuelos y a los tatarabuelos de quienes hoy la cruzan en bicicleta, ha quedado reducida a una línea de azulejos azules en mitad del tablero. Este es el milagro más callado del planeta y, como todos los milagros callados, sus beneficiarios lo confunden con una propiedad natural del paisaje, igual que la lluvia o la dirección del viento. Es ahí, en esa exacta confusión, donde una vieja patología que creíamos enterrada ha encontrado su lugar de reentrada.

El populismo europeo no es un fenómeno español, italiano, francés ni húngaro. Es un mismo dispositivo retórico repetido en seis lenguas, con variaciones de acento y de bandera, pero idéntico en sus mecanismos. Habla siempre de un pasado idílico que nunca existió, de una soberanía que dilapidaron unos pocos burócratas, de un pueblo traicionado por una élite invisible que despacha desde una capital lejana. Las cifras y los hechos no le interesan, porque no es un movimiento de razonamiento sino de afecto agraviado. Pero conviene examinarlas, una a una, porque cada una de sus acusaciones esconde un supuesto que, sometido a la luz, se deshace.

Hay una imagen muy frecuente en sus mítines. La imagen del eurócrata: un hombre obeso, gris, anónimo, instalado en un despacho lujoso de Bruselas, redactando reglamentos absurdos sobre la curvatura del pepino o el caudal de la cisterna del retrete mientras devora el dinero del contribuyente honrado de Murcia, Pomerania o Lyon. La imagen es eficaz porque es visual, porque hay algo profundamente popular en odiar a quien firma papeles que uno no entiende. Conviene mirarla, sin embargo, con los ojos abiertos.

El conjunto de las instituciones de la Unión Europea tiene una plantilla equivalente a la del Servicio Madrileño de Salud

El conjunto de las setenta y seis instituciones, agencias y organismos de la Unión Europea, desde la Comisión hasta el Banco Central pasando por el Tribunal de Cuentas y el Parlamento, emplea a unas ochenta mil personas. La Comisión Europea propiamente dicha, ese mastodonte que en la retórica populista parece más grande que el aparato del Imperio bizantino, tiene alrededor de treinta y dos mil empleados según sus propios datos oficiales. Es una plantilla del mismo orden de magnitud que la del Servicio Madrileño de Salud por sí solo, que ocupa a más de ochenta mil personas en sus hospitales y centros de atención primaria. Treinta y dos mil personas para administrar un mercado de cuatrocientos cincuenta millones de consumidores, el más grande del planeta. El presupuesto anual de la Unión para 2024 fue de 189.400 millones de euros en compromisos y 142.600 millones en pagos efectivos. Suena a cifra escandalosa hasta que se hace la división elemental: equivale a algo más del uno por ciento del producto interior bruto de la Unión. El gasto público de un Estado europeo medio se sitúa, en cambio, alrededor del cuarenta y nueve por ciento de su PIB. Mirado con calma, el monstruo es un funcionario con un buen contrato laboral y un edificio de cristal en el barrio de Schuman.

El test del Brexit

La segunda gran acusación tiene la elegancia de las afirmaciones que durante setenta años no fueron sometidas a contrastación empírica. Sin la Unión Europea, dicen los populistas, los Estados recuperarían su grandeza perdida. Por una de esas paradojas que la historia regala a sus alumnos más perezosos, ahora sí existe un experimento de laboratorio para probar la hipótesis. Se llama Reino Unido. El 23 de junio de 2016, una mayoría estrecha de votantes británicos decidió, con la promesa de un Brexit liberador escrita en la carrocería de un autobús rojo, comprobar qué ocurría al otro lado de la puerta.

Diez años después, los resultados están publicados y son comparativamente brutales. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del propio Gobierno de Su Majestad, no un panfleto bruselense ni un libelo socialdemócrata sino el organismo técnico que asesora al ministro de Hacienda británico, mantiene desde 2020 su proyección de que el Brexit reducirá la productividad del país en un cuatro por ciento a largo plazo, con el efecto pleno desplegándose en quince años. Un tercio de ese impacto, calculan, ya está absorbido por la economía. Un estudio más reciente publicado en noviembre de 2025 por el National Bureau of Economic Research, firmado por Nicholas Bloom, de Stanford, junto con economistas del Banco de Inglaterra, el Bundesbank y la Universidad de Nottingham, eleva considerablemente esa estimación: el Brexit habría reducido el PIB per cápita británico entre un seis y un ocho por ciento ya en 2025. La Biblioteca de la Cámara de los Comunes, a partir de esos cálculos, ha estimado que el Tesoro británico podría haber recaudado entre 65.000 y 90.000 millones de libras adicionales en el ejercicio 2024-2025 si el país hubiera seguido en el mercado único. Lo que equivale, en lengua de pasillo, a 250 millones de libras diarias evaporadas.

La inflación de los alimentos lo cuenta mejor que cualquier titular. Según el Centre for Economic Performance de la London School of Economics, los precios de la cesta de la compra británica subieron ocho puntos porcentuales más entre diciembre de 2019 y marzo de 2023 de lo que habrían subido si el país hubiera seguido en el mercado único, con un coste medio de doscientas cincuenta libras por hogar. Hubo un eslogan célebre en la campaña del Leave, pintado en la carrocería de aquel autobús: trescientos cincuenta millones de libras semanales que dejaríamos de pagar a Bruselas y que irían al sistema nacional de salud. La cifra resultó ser un fraude estadístico tan grosero que la Autoridad Británica de Estadística lo desautorizó públicamente. Los líderes de la campaña aseguraban en 2016 que el Brexit era una gran oportunidad nacional. Lo fue, en efecto, pero para los economistas, que llevan diez años escribiendo papers sobre el coste exacto del entusiasmo.

La soberanía aumentada

La tercera acusación es más sutil y por eso más venenosa. La Unión Europea, dicen, atenta contra la soberanía nacional. Es una queja que recorre por igual los discursos del populismo de derecha y los del populismo de izquierda, los pronunciamientos de los gobiernos iliberales del Este y las soflamas oportunistas de algún presidente del Sur cuando le conviene cargar contra esta o aquella decisión de la Comisión. La acusación reposa sobre una metáfora geométrica falsa, la idea de que la soberanía es una tarta y que cada migaja entregada al organismo común se resta del Estado nacional. Pero la soberanía no es una tarta. Es un músculo, y los músculos se atrofian cuando no se ejercen. Polonia, un país que durante doscientos años fue tablero de damas de tres imperios consecutivos, ejerce hoy sobre su frontera oriental, frente a Bielorrusia y frente a Rusia, una capacidad de control y de financiación común que jamás había tenido sola. Estonia, una república de un millón trescientos mil habitantes que en 1989 todavía pertenecía a la Unión Soviética, dispone hoy de un poder regulatorio sobre la inteligencia artificial y la privacidad digital que ningún país de su tamaño habría podido proyectar en cualquier otro momento de la historia. España, un país que durante cuarenta años fue una autarquía pobre y aislada del concierto internacional, hoy tiene una voz audible en la fijación de los aranceles europeos sobre el acero chino y el polisilicio asiático. El populismo pide que cada país recupere su soberanía. Lo que en realidad propone es que cada país recupere su irrelevancia.

Hay todavía un cuarto elemento que conviene examinar, porque es el que mejor ilumina la naturaleza moral del fenómeno. Los partidos populistas europeos no sólo no se han marchado del edificio que pretenden derribar, sino que viven de él con un confort considerable. Sus eurodiputados cobran un salario bruto de unos 10.000 euros mensuales más una asignación general de gasto de casi 5.000 euros adicionales que se ingresa directamente en su cuenta personal sin obligación de justificarla, más 350 euros adicionales por cada día que firman en el registro del Parlamento, mientras pronuncian discursos contra esa misma institución desde su escaño. Y a una escala mucho mayor, los gobiernos populistas europeos han sido y siguen siendo receptores netos masivos de fondos comunitarios. Italia es el primer beneficiario absoluto del fondo NextGenerationEU, con casi 200.000 millones de euros asignados, que su primera ministra gestiona mientras explica en sus mítines que la Unión Europea es un enemigo de la nación italiana. Hungría, cuyo exprimer ministro ha estado quince años haciendo de la enemistad con Bruselas el eje único de su política, ha recibido durante las dos últimas décadas más de 50.000 millones de euros en fondos estructurales y de la PAC, una cantidad sin la cual su crecimiento económico habría sido sencillamente imposible. España, con sus 140.000 millones del NextGenerationEU, ha podido renovar trenes de cercanías, modernizar parques de bomberos, financiar escuelas infantiles, instalar paneles solares en tejados rurales y reformar hospitales comarcales gracias a un dinero que, en una hipotética España no europea, no existiría. La paradoja se sostiene exclusivamente sobre la amnesia del votante. El populista cabalga sobre el lomo del animal al que dice combatir, y vive cómodamente del forraje del establo que jura incendiar.

Lo que costó decenas de millones de muertos se ha convertido en una rutina de bicicletas y panaderías

Conviene volver, para terminar, al puente de Kehl. Son ya cuatro puentes, en realidad, hechos de hormigón sin pretensiones arquitectónicas, recorridos por una línea de tranvía blanca, un carril bici, un paso de coches y los vagones lentos del ferrocarril regional. Nadie se detiene a mirarlos. Las parejas que cruzan al atardecer hacia el restaurante alsaciano donde se sirve el flammkuchen con cebolla y panceta no piensan que están atravesando, en línea recta, el lugar exacto donde en 1944 un sargento de la Wehrmacht apretó el detonador con los ojos cerrados. La camarera francesa que les sirve esa noche no sabe que su tatarabuelo, en 1870, esperaba en esta misma orilla la llegada de las tropas prusianas. Esta amnesia colectiva es, paradójicamente, la mejor prueba del éxito del proyecto que Schuman leyó aquella tarde de mayo 1950 delante de un puñado de periodistas distraídos. Lo que era impensable se ha vuelto invisible. Lo que costó decenas de millones de muertos se ha convertido en una rutina de bicicletas y panaderías.

Pero los milagros invisibles son también los más frágiles. No los protege la admiración popular, porque nadie los ve. No los defienden los himnos, porque no hay himnos para las cosas que ocurren sin ruido. Sólo los protege la memoria, esa facultad débil y sobrecargada que el populismo se aplica metódicamente a vaciar. Quien defienda hoy la Unión Europea frente a sus enemigos no necesita argumentos heroicos. Le basta con detenerse en mitad del puente de Kehl, mirar a ambos lados, hacia Estrasburgo y hacia Alemania, y recordar en voz baja lo que era esto mismo cuando los abuelos de los abuelos de quienes hoy lo cruzan eran niños. No es necesario decir nada más. La historia, cuando se la mira con calma, sabe defenderse sola.