Si nuestra política fuera fútbol seríamos Argentina, no se equivoquen. O quizá empezamos a ser ya Argentina en casi todo menos en el fútbol. Nuestra selección arcangélica, que es como un coro parroquial o el cielo pintado de ese coro parroquial, ha ganado el Mundial contra esa sucia banda de macarras llorones argentinos, y hasta contra las conspiraciones reales o imaginadas de la FIFA, nunca más sospechosa que por las orillas y basureros de esa Nueva Jersey de Los Soprano. Pero a las malas, con nuestros corruptos y nuestras mafias, quizá hubiéramos ganado igual. Con ese concepto jugó un tuitero o como se diga ahora, que presentó un montaje de IA digno de una peli de Marvel o quizá sólo de un telediario cualquiera. En el montaje, Trump, Infantino, Milei y Netanyahu se intercambian maletines y sonrisas en el estadio mientras el marcador muestra la derrota provisional de España con Argentina. Entonces, en los palcos, a través de dorados portales dimensionales al estilo del Dr. Strange, empiezan a aparecer nuestros Vengadores chungos, nuestros mafias patrios. Zapatero. Rubiales. Ábalos y Koldo. Don Juan Carlos. Pedro Sánchez. Laporta, que parecía Kingpin. Por supuesto, los maletines vuelan, las sonrisas cambian de lado y España gana la final. El montaje provoca un siniestro orgullo: sabemos que sería un equipo invencible.
Hemos ganado el Mundial con scouts de campamento, con ángeles de Machín, con fraile o papá pitufo, con hermandades de Benetton, con plumieres y columpios, con modestia, valentía y bollycaos, pero el fútbol no es nuestra política ni nuestro país. El día de la resaca de victoria o de inocencia, el día en que nuestros niños con caballito de cartón y medalla de la madre se paseaban por un Madrid que parecía un parque infantil, una piscina de bolas rojas, amarillas, azules y blancas; ese mismo día, Julito Martínez le enviaba al juez Calama un escrito, previo a su declaración, en el que ponía a Zapatero en su sitio, o sea como conseguidor del rescate de Plus Ultra, verdadero dueño de la tapadera de Análisis Relevante y señor de las mordidas geopolíticas y los negocios chungos como ese señor de los anillos de vieja que ya era. Empiezan a cantar los esbirros, los hombres de paja, los testaferros, sean pardillos o arrepentidos, porque no hay lealtad que merezca veinte años de trena, gachas y sobacos. Y mientras la mierda de la fontanería, de las chistorras y de los joyones de estraperlo cerca la Moncloa, nos quieren hacer creer que la España de Lamine y la Argentina de Paredes son categorías morales, culturales y políticas enfrentadas.
Ganamos con alegres chiquillos y votamos a los fanáticos y a las mafias, y eso confunde o enfanga aún más, porque hasta Sánchez parece el míster y Julito parece un utillero
Cada vez está más cerca de pringarse la misma Moncloa de sofás blancos, paredes blancas y cuadros blancos, apenas con una araña de Miró, que pintaba con bichos y microbios, o una grieta de Tàpies, que pintaba con ladrillos (la Moncloa es un gran espacio vacío entre cuadros y entre estafas, como ese cuarto de baño también con Miró que tenía Juan Antonio Roca, el cerebro de la corrupción marbellí). Cada vez está más cerca de pringarse la Moncloa, porque la salpican las cloacas de Cerdán y Leire y porque la influencia de Zapatero ya llega al mismo Consejo de ministros, no sólo por lo de Plus Ultra sino porque también asoman las sospechas de los contratos públicos con China y de las relaciones con Venezuela. Pero allí, en la Moncloa, nuestra selección formó otra vez el coro de misión, el coro con fraile, y Sánchez parecía quitarles a nuestros niños las alas, los dulces, las flautas, y alimentarse de sus almas como de algodón de azúcar. Fue casi macabro, como una ofrenda de niños campesinos a un vampiro de los Cárpatos. Y pensé, claro, que había mucha más distancia entre nuestros futbolistas y nuestros gobernantes que entre nuestros futbolistas y los de Argentina.
Si nuestra política fuera fútbol seríamos la selección de Argentina, no lo duden. O peor. Pero aquí la política es política y el fútbol es fútbol, que diría Boskov. Al menos, con la selección, que ofrece una especie de patriotismo sin patria muy cómodo y de quita y pon. En Argentina todo parece la misma mitología, el mismo engaño, el mismo consuelo de pobres y de reventados, sean sus sucesivas reinvenciones del peronismo, del autoritarismo o del mesías futbolero (el mesías siempre es una promesa de salvación que nunca salva de nada salvo a los ingenuos o a los fanáticos). Aquí, simplemente, sí somos capaces del desdoblamiento o de la doblez. Podemos ganar el Mundial con un equipo que es como un belén viviente, como un club de astronomía, como un musical con institutriz; podemos presumir de sus valores de esfuerzo, unidad, camaradería, humildad y juego limpio, y pasearlos por todo el país en un autobús como el barco de Chanquete. Podemos hacer todo eso, y que nos manden, nos manejen y nos enardezcan oscuros corruptos. Nada de ese fútbol sobrevive a la semana de festejos, camisetas mojadas y banderas que terminan pudriéndose como huevos fritos. Ni a una semana de tertulias.
Ganamos con alegres chiquillos y votamos a los fanáticos y a las mafias, y eso confunde o enfanga aún más, porque hasta Sánchez parece el míster y el Julito de Zapatero parece un utillero. Esa alineación que nos ofrecía el tuitero o creador de contenido o como se diga ahora, ellos, lamentablemente, son los que nos definen, no un equipo de escolares con monje musical y estoico, ahí guardados en un autobús como en el estuche de una armónica o de un ajedrez. Si, esa verdadera alineación de España: Zapatero, Ábalos, Koldo, Sánchez, Rubiales, el Emérito, alguno más que estaba y otros muchos que podrían haber estado… Lo peor era el siniestro orgullo que teníamos que reprimir cuando aparecían en el montaje: sabemos, sin duda, que sería un equipo invencible.
Te puede interesar