Margarita Robles, ministra con corneta o cornete, como una Mariquita Pérez con corneta o una monja con cornete, no aplaude o aplaude poco a Sánchez. No está la cosa, la verdad, para aplaudir, ni desde la responsabilidad, ni desde la institucionalidad, ni desde el coro ni desde la garita. Pero el sanchismo ya sólo funciona así, un poco con la cuerda y la inercia del propio aplauso, aunque sea un aplauso sin convicción, sin pulso, sin futuro y casi sin manos, que parece que en el PSOE aplauden con aletas. Cuanto peor va la cosa más hay que aplaudir, así que tanto aplauso entre la desgracia, el sufrimiento, el caos y la incompetencia a lo que suena es a masaje cardíaco. Hay que aplaudir a Sánchez o se desplomaría, igual que hay que soplar un molinillo o manotear bajo un globo de cumpleaños. Hay que aplaudir a Sánchez como a los niños con flauta, o como a los tiranos con borla, claro. Y todo el PSOE aplaude, anda que no aplaude, como la claque que es, como los amiguitos comprados que son. Todo el grupo parlamentario haciendo la ola al presidente vacacional, al inepto vestido de hombre rana, al DJ del verano que sigue defendiendo a Marruecos después de habernos ocupado y humillado. Aunque también Sánchez nos ha ocupado y humillado, así que quizá haya cierta hermandad entre los reyes niños, los tiranos con flauta, los mimos de cumpleaños y gente así.
Margarita Robles no aplaudía, o aplaudía poco, o aplaudía con sordina, o a contratiempo, cortando el ritmo y el rollo de los más entusiastas durante esos tutti parlamentarios siempre excesivos y ridículos (en esos momentos falta alguien que toque los platillos o dispare un cañón, como en la Obertura 1812 de Chaikovki). Aplaudiera o no, diría que la simple y pequeña presencia de Robles estropeaba toda esa apoteosis comprada del niño con flauta, del tirano con borla, del mimo con globo, del cumpleañero sin amigos. La unanimidad es siempre sospechosa, pero más sospechoso todavía es que se rompa de un momento para otro, que de repente no aplauda el que aplaudía, o que aplauda el que no lo hacía, porque significa que algo ha cambiado y eso es lo que nunca quiere el que manda. Todo el sanchismo funciona por inercia, igual las palmadas que la obediencia o el miedo, y a lo mejor Robles es ese palo en la rueda del Sánchez con ruedines de la Mareta. Uno no podía dejar de mirar a Robles, allí en su escaño, sin aplaudir, sin mirar, casi sin estar, negándolo o parándolo todo, como la piedrecita de Pogačar, mientras Sánchez quería seguir pedaleando o patinando, como una princesa sobre hielo, incluso sobre el barro de Ceuta o de toda España.
Margarita Robles no aplaudía, aunque tampoco creo que sea ninguna campeona de la resistencia antisanchista, o se hubiera ido hace mucho a la plaza que tiene por ahí por lo contencioso-administrativo, o por donde sea, y que uno imagina como una celda con rueca y cuervo acharolado. Hubiera dimitido, siquiera, por la polémica con Marlaska, que es la polémica con Sánchez (Marlaska es como ese visir de Sánchez que no hace sombra por sí mismo, sólo alarga la del jefe). En realidad no era polémica sino incongruencia lógica y vital, pero no creo que sea más incongruencia lógica y vital que otras incongruencias de Sánchez, algunas mucho más descaradas o incluso criminales. Hace tiempo que es imposible sentarse al lado de Sánchez, en el escañito azul de princesita o princesito del sanchismo, o más arriba, donde los soldados rasos del Congreso, o detrás, en ese coro de campanilleros o de novicios que le ponen en los mítines, o cerca de él, para hacerle el discurso rendido o la entrevistilla sedosa o la pelota pelusera; es imposible estar ya cerca de Sánchez, o alrededor de Sánchez, sin ser cómplice de Sánchez. Y Robles lo es, aunque arrugue la naricilla y levante la frente o el meñique porque Sánchez no respeta a sus militares, sus subordinados o, más sencillamente, su territorio, esa como celda con rueca y perchero que debe de ser su ministerio.
La unanimidad es siempre sospechosa, pero más sospechoso todavía es que se rompa de un momento para otro, que de repente no aplauda el que aplaudía
Margarita Robles no aplaude, y yo creo que lo suyo es sólo pudor. No es que Robles sea la única que tiene sentido de Estado, o conciencia institucional, o un rastro de moral como un rastro de humedad en el cuerpecillo de marquetería, sino que es la única que tiene pudor. Y es que esto es vergonzoso, lo de Sánchez es vergonzoso. La ineptitud, la pereza, la insensibilidad, la crueldad, la chulería de Sánchez ante la catástrofe, ante las necesidades del país y de sus ciudadanos, creo que empiezan a dar, sobre todo entre los suyos, más vergüenza que miedo o que asco. En los obedientes, o en los cómplices, es más probable que la vergüenza, puro humor vital, como la sangre o la orina, se desborde antes que el sentido de la moralidad, de lo público, de lo político o de lo ideológico (ninguno de estos sentidos parecen tenerlos los sanchistas). A lo mejor va a ser la pura vergüenza, antes que la verdad, que el hambre, que la soledad, que el vértigo de la nada de estos políticos que no son nada salvo un coro con manoplas, como los de villancicos.
Todavía aplaudía de pie toda la corrala de socialistas y ya se había sentado, como en la mecedorcita, Margarita Robles, precisamente ministra de mecedorcita. Todavía se dejaba aplaudir Sánchez, como el niño con flauta, como el mimo con globo, como el tirano con borla, sin darse cuenta de la mentira o sin importarle la mentira, y Robles ya se había sentado con la rebeca por los hombros, como la maestra que no entra en el juego de los niños o de los padres. Y puede que sea más que una anécdota. Sánchez no sabemos ya dónde está ni cuánto puede durar, pero sólo lo sostienen los aplausos, los aplaudidores. Sin ellos, se desplomaría antes incluso de que lo pille el ciudadano o la Justicia. Todo parece desplomarse, salvo la obediencia de los obedientes. Pero ya hay huecos, que se ven mucho más si son de una señora pequeñita. Robles, ministra como de hornacinita, no aplaudió y puede que los demás, por primera vez, se hayan sentido avergonzados u obscenos. O no. Sí, no me sean ingenuos. A lo mejor a Robles sólo le dolían los nudillos de la rueca ministerial, el reuma de la celda funcionarial. Y a lo mejor, después de todo, el sanchismo tiene desvergüenza y estómago de sobra para resistir aplaudiendo mientras Sánchez siga con la flauta, con la borla, con el globito, con el convite, con el poder, con la sombrilla con fango y con la sonrisa con mella.
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