La juez María Tardón resiste ante Marlaska, el ministro que olvidó la ley y hasta su propio ministerio (como pasa con todos los ministros de Sánchez) para hacer como de pastor de ovejas para el presidente. Marlaska, que gasta canas, zamarra y zurrón de ovejero viejo, y es todo como de lana quemada por dentro y por fuera, ya tiene en la juez a otro enemigo, como el lobo o el guardia forestal. Lo que ha enfadado a Marlaska (a Sánchez, en realidad, por quien habla Marlaska como si hablara uno de esos muñecos de ventrílocuo con colorete y pajarita) no es que se le ocultara la información vital para la seguridad nacional que había en el informe policial, sino que le ocultara la existencia de ese informe, un informe que no estaba bajo su control, bajo su cayado de acallar y bajo su ganado lanar. Ha publicado El Español que el DAO de la Guardia Civil, Manuel Llamas, imputado pero aún en el cargo, generalón con el tricornio como un teléfono de baquelita conectado a la Moncloa, habría ordenado a otro generalón más de correpasillos, Luis Peláez, suprimir cualquier mención a Marruecos del informe de la Benemérita. Eso, ven, sí es jerarquía, sí es lealtad institucional y sí es sanchismo de montes y caminos. Eso es lo que Tardón trataba de evitar, y por lo que ya ha entrado en el parnasillo de la ultraderecha judicial y en la tanqueta o carraca del lawfare.

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Tardón resiste ante Marlaska, antaño un juez y ahora un anciano de secta pastoril que se siente escandalizado, o más bien amenazado, por esa rara costumbre que tienen los jueces de investigar los delitos y hacer cumplir la ley. Lo que le pasa a Tardón es que es una juez que tiene que partir de la triste y terrible evidencia de que no puede fiarse de los jefes políticos de las fuerzas de seguridad del Estado. Sí, tal cual. Porque un director de la Policía o una directora de la Guardia Civil con currículum de meritorios del partido, de sopistas institucionalizados, de abanicadores del Puto Amo, no parecen tener ningún reparo en obstruir las investigaciones y a la propia Justicia para proteger a su secta, o su mafia, o las dos cosas (si las jerarquías arcangélicas terminan al mismo tiempo en la divinidad del gurú y en el crimen organizado, son las dos cosas). Y lo que le pasa a Marlaska (o a Sánchez, que habla a través de él como a través de una mata de algodón ardiente o sólo tiznada durante ocho años) es que se da cuenta de que la investigación de Tardón es más probable que termine en esa obstrucción a la Justicia y esa prevaricación generalizadas de sus meritorios piantes, de sus generalones contrachapados y hasta de los propios ministros pastoriles, antes que pillando a los que vendían aletas de hombre rana en Marruecos. Incluso pueden llegar más allá los delitos y los responsables, y no me refiero a que lleguen a Rabat ni a la ONU.

El sanchismo, con sus pastores y sus esbirros, por supuesto sigue buscando el conflicto entre poderes, que siempre funciona como conflicto deslegitimador de la democracia

Lo que asusta a Marlaska (o a Sánchez, que se le asoma por el zurrón como un corderito) es el alcance no ya político sino judicial que puede tener para ellos este “ataque a la integridad territorial” que no se previó ni se frenó ni se ha solucionado todavía, y encima se intenta que no se investigue. Eso es lo que les preocupa, no que la jueza sepa lo que sabía todo el mundo, incluso el mismo Marlaska aquella noche de su carta al director de la Policía, escribiendo con gorro de borla y lámpara de perilla. El sanchismo, con sus pastores y sus esbirros, por supuesto sigue buscando el conflicto entre poderes, que siempre funciona como conflicto deslegitimador de la democracia y legitimador de las arbitrariedades y los autoritarismos. A pesar de todo lo siniestro y sistemático que suena lo del lawfare, la verdad es que el conflicto entre poderes no es, digamos, isotrópico, no se da igual en todas las direcciones, sino que tiene una flecha muy dirigida: siempre es el poder ejecutivo el que busca el conflicto con los otros para deslegitimarlos. No existe ningún precedente de una dictadura o autoritarismo que haya llegado por la iniciativa del poder judicial. La constante histórica, que también cumple el sanchismo, tan poco original, es que el ejecutivo es el que coloniza, ataca o desmantela el poder judicial para eliminar los contrapoderes, invocando cánticos tan poco originales, también, como “voluntad popular”, “patria” o la misma “democracia”. Sí, suena a lo que suena, a Sánchez con chándal, estrellas en la gorra y crema solar en la nariz, porque es justo eso.

Marlaska se queja de ella, la prensa del Movimiento la ataca, su pasado va a ser ya más interesante y cinematográfico que el de Rita Barberá o el del ático de Ayuso, que es como el castillo de Canterville. Pero la defiende el CGPJ y la apoya el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Jesús Alonso, que de momento está entre David Crockett y Paco Porras. Le dedican atención y vudú, y están diciendo por ahí que la seriedad y gravedad de la investigación, y sus consecuencias, se pueden apreciar en Margarita Robles, que quizá no ha querido hacerse la digna ni postularse para suceder a Sánchez, como el despiojador Óscar Puente, sino que sólo ha querido protegerse ante la Justicia. Por todo esto, María Tardón ha pasado de sus labores sedosas y calladas en la Audiencia Nacional a llevar la locomotora del lawfare, que suena a gran artefacto a vapor, a tuneladora steam punk de la democracia. Veo a Tardón brillando en la troposfera negroazulada de la fachosfera, que ya palpita en las noches igual que un cúmulo estelar o alguna cosa que haya puesto orbitando allí arriba Elon Musk, volquetes, bateas o váteres espaciales para sus cosas ultras. Claro que tienen miedo en la Moncloa, y no sólo a Tardón y a los demás. La duda del sanchismo, como la nuestra, es si sus sectas de dulzaina y sus mafias de riñonera caerán antes por las leyes, por las urnas o por los motines en la calle o en su casa.