Los tres testimonios que siguen no fueron escritos por observadores hostiles, diplomáticos extranjeros ni desertores ocasionales. Pertenecen a tres hombres que habían sido parte del músculo militar y del aparato de propaganda del comunismo español durante la Guerra Civil. No miraron la revolución desde fuera. Habían combatido por ella, habían mandado hombres en su nombre y habían aceptado que el Partido decidiera dónde terminaba la disciplina y dónde empezaba la verdad.
Para la militancia clandestina que permaneció en España, la Unión Soviética continuaba siendo una abstracción luminosa, un país entrevisto en folletos, consignas y emisiones de radio. Para Enrique Castro Delgado, Valentín González, El Campesino, y Manuel Tagüeña, en cambio, dejó de ser una promesa y adquirió una geografía concreta: habitaciones vigiladas, cartillas de racionamiento, fábricas, interrogatorios, campos de trabajo y conversaciones mantenidas en voz baja.
Los tres eran muy distintos. Uno había construido el aparato militar comunista. Otro había sido convertido en héroe popular por la propaganda. El tercero era un universitario capaz de observar su propia derrota con la precisión de un científico. Llegaron por caminos diferentes a una conclusión semejante: la patria del proletariado era también una formidable maquinaria de encierro.
Enrique Castro Delgado: el organizador devorado por el aparato
Si hubo un hombre decisivo en la construcción del poder militar del Partido Comunista durante el verano de 1936, fue Enrique Castro Delgado. Militante disciplinado, duro y fervorosamente ortodoxo, participó en la fundación y fue el primer jefe del Quinto Regimiento, la unidad que convirtió una parte del entusiasmo desordenado de las milicias en una fuerza militar organizada. Más tarde ocupó responsabilidades en transmisiones y propaganda. No era un compañero de viaje. Pertenecía al núcleo que obedecía y hacía obedecer.
Tras la derrota republicana llegó a Moscú como un cuadro valioso de la Komintern. Allí se alojó en el Hotel Lux, reservado a los dirigentes comunistas extranjeros. Su nombre sugería una comodidad que no existía. Por sus habitaciones pasaron revolucionarios de media Europa que vivían pendientes de un golpe en la puerta, de la desaparición de un vecino o de una acusación pronunciada durante la noche. El edificio tenía chinches, pasillos mal iluminados y una densidad de miedo que no figuraba en los informes oficiales.
Castro comenzó a chocar con la dirección del PCE en el exilio, dominada por Dolores Ibárruri y Vicente Uribe. A su juicio, aquella cúpula vivía protegida por sus privilegios burocráticos mientras exigía a los demás una fidelidad sin preguntas. El desacuerdo no necesitaba expresarse abiertamente para ser castigado. Bastaba con una pérdida de entusiasmo, una reserva sostenida demasiado tiempo o una obediencia que dejara de parecer incondicional.
La respuesta del aparato fue la degradación. Apartado de responsabilidades políticas y de Radio España Independiente, Castro perdió sus cartillas especiales de racionamiento y terminó trabajando como obrero en una fábrica de Moscú. Según contaría después, allí descubrió el reverso del mito estajanovista: largas jornadas, salarios miserables, escasez de alimentos y una mano de obra sometida a la vigilancia del Partido. El Estado que decía haber abolido la explotación había suprimido, sobre todo, la posibilidad de protestar contra ella.
Consiguió abandonar la Unión Soviética en 1945 y marchó a México después de un penoso trámite burocrático y de la ruptura con quienes hasta entonces habían sido sus camaradas. De aquella caída nacieron Mi fe se perdió en Moscú y Hombres made in Moscú. No escribió como un liberal que reprochara al comunismo sus excesos desde una cómoda distancia. Escribió desde la herida del creyente que descubre que la divinidad a la que ha servido exige sacrificios humanos y que él mismo puede ser el siguiente.
Valentín González, El Campesino: el héroe encerrado en el Gulag
Valentín González representaba casi lo contrario. No era un hombre de pasillos ni de comités. Su autoridad procedía de la trinchera, de una biografía fabricada con dinamita, fugas, reyertas y episodios que él mismo contribuyó a engrandecer. Mandó la 46.ª División y la propaganda republicana hizo de él uno de sus rostros más reconocibles: barba negra, ceño fruncido, pistola al cinto. El combatiente salido del pueblo.
Pero Moscú desconfiaba de los héroes que no podían ser administrados. A su llegada a la URSS, ingresó en la Academia Militar Frunze. El choque fue inmediato. González no se adaptó a la rígida disciplina soviética ni a la obediencia que le exigían los instructores y la dirección del PCE. El hombre que había sido útil como leyenda en España se convirtió en un inconveniente cuando dejó de aceptar órdenes. En el lenguaje del estalinismo, la indisciplina política siempre terminaba encontrando un nombre: desviacionismo, trotskismo, provocación o traición.
Según su propio relato, pasó por los interrogatorios de la policía política y fue enviado al sistema de campos de trabajo soviéticos, entre ellos Vorkutá, más allá del círculo polar ártico. Allí trabajó en las minas de carbón y contempló cómo seres humanos reducidos a un número eran consumidos como mano de obra sustituible. No se trataba de corregir al condenado ni de obtener de él una conducta distinta. Se trataba de utilizar su cuerpo hasta que dejara de ser útil.
Su fuga de la Unión Soviética tuvo la desmesura del personaje: atravesó parte del país, burló la vigilancia policial y alcanzó Irán. El relato que publicó después, Vida y muerte en la URSS, apareció con la colaboración del militante antistalinista Julián Gorkin. Conviene introducir esta precisión porque González tendía a convertir su vida en epopeya y algunos detalles de su narración fueron discutidos. Pero sus exageraciones no inventaron el Gulag. Los campos, las deportaciones, el trabajo esclavo y la aniquilación administrativa de millones de personas no dependían de la exactitud autobiográfica de El Campesino.
El valor de su libro reside también en esa mezcla de experiencia y furia. El mismo aparato que lo había presentado como héroe proletario trató después de borrarlo como a un error de imprenta. González descubrió que la propaganda no crea hombres, sino personajes utilizables. Cuando dejan de servir, el sistema prescinde de ambos.
Manuel Tagüeña: la mirada del científico
El caso de Manuel Tagüeña resulta quizá más perturbador porque carece de la teatralidad de González y de la amargura inmediata de Castro. Tagüeña no era un agitador callejero ni un guerrillero surgido de la leyenda. Había estudiado Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad Central de Madrid. Con apenas veinticinco años mandó el XV Cuerpo de Ejército durante la batalla del Ebro y dirigió la retirada republicana a través del río con una competencia que reconocieron incluso algunos de sus adversarios.
Asumió el exilio soviético con la disciplina de un oficial. Estudió y enseñó en la Academia Frunze, aprendió ruso y permaneció en la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Después pasó por Yugoslavia, como asesor militar, y por Checoslovaquia, donde pudo recuperar su formación científica y trabajar como profesor.
A Tagüeña no lo quebraron los interrogatorios ni las minas del Ártico. Lo fue erosionando la observación. Miró el sistema sin el alivio de la retórica y comprobó el resultado cotidiano de décadas de poder absoluto: burocracia, miedo, delación, escasez, silencio y una clase dirigente que se presentaba como vanguardia del proletariado mientras disfrutaba de privilegios inaccesibles para quienes supuestamente gobernaba.
Vio cómo la colectivización había devastado el campo soviético, cómo el terror había destruido cualquier pensamiento independiente y cómo el Partido se había convertido en una casta que administraba la pobreza ajena. En Yugoslavia asistió a la ruptura de Tito con Stalin. En Checoslovaquia contempló la extensión del modelo soviético a los nuevos países satélites. Ya no podía atribuir lo ocurrido a un dirigente desequilibrado ni a una desviación pasajera. El problema estaba en un sistema sin contrapesos, donde la misma organización dictaba la norma, investigaba su incumplimiento, condenaba al acusado y escribía después la versión oficial de lo sucedido.
Rompió con el PCE en 1956, el año del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y del aplastamiento de la insurrección húngara. Se instaló en México, donde trabajó como asesor científico y traductor. Sus memorias, Testimonio de dos guerras, aparecieron póstumamente en 1973. Su tono es sereno, a veces casi administrativo. Precisamente por eso resulta devastador. Tagüeña no parece ajustar cuentas. Levanta acta.
Una coincidencia difícil de borrar
Los tres testimonios no poseen la misma calidad literaria ni el mismo grado de fiabilidad. Castro escribe desde el resentimiento del dirigente expulsado. González convierte con frecuencia su biografía en una novela de aventuras. Tagüeña somete sus recuerdos a una disciplina mucho más reflexiva. Sería ingenuo leerlos como si fueran documentos notariales. También lo sería descartarlos porque sus autores dejaron de creer.
Lo sustancial es la coincidencia. Ninguno llegó a Moscú como enemigo del comunismo. Llegaron como vencedores morales de una guerra que habían perdido militarmente, convencidos de que al otro lado de Europa existía el país que justificaba sus sacrificios. Lo que encontraron fue una sociedad en la que una opinión podía convertirse en antecedente penal, una amistad en prueba de cargo y el silencio en la única forma segura de inteligencia.
Habían aceptado la necesidad de la disciplina, la propaganda e incluso la violencia porque las consideraban instrumentos provisionales para alcanzar una sociedad más justa. En la Unión Soviética descubrieron que lo provisional se había convertido en permanente y que los instrumentos habían terminado siendo el sistema. El terror ya no protegía la revolución. La revolución servía para justificar el terror.
La maquinaria que sobrevivió a Stalin
Sería tranquilizador leer estas historias como las actas de defunción de un mundo desaparecido. Sería también falso. Stalin murió en 1953, pero el sistema sobrevivió a su creador. Nikita Jrushchov denunció una parte de sus crímenes tres años después, sin desmontar el principio que los había hecho posibles: el monopolio político del Partido y su posición por encima de cualquier límite legal.
Durante décadas, aquella arquitectura continuó funcionando en los países de la órbita soviética. Hubo diferencias de grado, periodos de relativa apertura y dirigentes menos sanguinarios. No desaparecieron el partido único, la policía política, la censura, la cárcel para el disidente ni la subordinación de los tribunales. Cuando Hungría intentó apartarse del camino en 1956, entraron los carros de combate. Cuando Checoslovaquia ensayó en 1968 un socialismo menos opresivo, volvieron a entrar. El margen de reforma terminaba allí donde comenzaba el monopolio soviético.
Tampoco la desaparición de la URSS en 1991 enterró por completo el modelo. Su arquitectura esencial permanece en los Estados gobernados todavía por partidos comunistas o nacidos de esa tradición.
China ha combinado el mercado, la inversión extranjera y el enriquecimiento privado con el monopolio político, la censura, la vigilancia tecnológica y la persecución de la disidencia. En Xinjiang, los testimonios sobre internamientos, adoctrinamiento y trabajo coercitivo recuerdan que la modernización económica no conduce necesariamente a la libertad. Puede proporcionar al Estado instrumentos más precisos para impedirla.
Corea del Norte llevó la lógica totalitaria hasta convertir el país en una prisión hereditaria, donde la responsabilidad puede transmitirse a la familia y el acceso a la información extranjera se castiga como una amenaza contra el Estado. Cuba continúa encarcelando, vigilando y hostigando a opositores, periodistas y activistas mientras mantiene intacto el monopolio político. Vietnam y Laos han permitido el comercio, la propiedad privada y la inversión exterior, pero no la disputa por el poder. La economía puede abrirse. El Partido, no.
No todos estos regímenes reproducen con idéntica intensidad el modelo soviético ni conservan el Gulag en su forma histórica. Afirmarlo permitiría discutir la comparación y olvidar el fondo. La continuidad está en algo más profundo: la inexistencia de límites efectivos frente al poder, la subordinación de los tribunales, el control de la información y la conversión del adversario político en enemigo del Estado. Allí donde el Partido se atribuye el derecho a determinar la verdad, cualquier discrepancia puede transformarse en delito.
Por eso, los libros de Castro Delgado, El Campesino y Tagüeña no son únicamente las memorias de tres comunistas españoles desengañados. Describen una técnica de dominación que ha sabido cambiar de uniforme. Ya no siempre necesita minas heladas, vagones sellados ni confesiones arrancadas durante la madrugada. Puede servirse de una cámara, un expediente, la expulsión de una universidad, la pérdida del empleo, una condena ejemplar o la certeza de que cualquier conversación está siendo escuchada.
Los instrumentos se han modernizado. La regla permanece.
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