Los reyes han bajado a Ceuta, abandonada como los naufragios, sola como una dama en la orilla, y ahora súbita y suciamente limpia, como la cocina del cuartel cuando venía el general. Yo me he acordado del general, el que fuera, que venía arrastrando sables, cornetas y constelaciones de metal, tintineando por delante de su sombra de palcos, guiones y bosques de laurel, y convertía todo nuestro ejército de mal sueño y gallinero de cantina en un ejército de barrenderos. El general luego se iba, claro, y la mierda volvía a crecer en el cuartel, engrandeciéndolo y enclaustrándolo como la hiedra de los castillos, y nuestro ejército volvía al mal dormir y al tabaco de serrín de la cantina, que ésa era nuestra única guerra, contra el sueño y la mierda. Aquel general, del que sólo recuerdo su presencia lejana y quizá invisible, como si sólo nos sobrevolara, su inminencia y su distancia por el patio de armas y las baterías recién mojadas, no nos aportaba nada, ni consuelo ni sentido ni solución, sólo un zafarrancho de cepillos, de marinería con jabón, de artillería contra las cucarachas. La verdad es que el rey Felipe, general de generales ante los soldados y la ciudadanía que van con escoba y sin esperanza (los militares en Ceuta están un poco así, como nosotros en la mili), hace bonito pero tampoco soluciona nada. Al menos, por sí solo.
Todos en Ceuta, desde la tropa a la ciudadanía pasando por los políticos, están entre barrer, desesperar y no dormir. Pero no es como cuando uno, armado de estropajo, betún, un cigarro descapullado y un glorioso cansancio o escepticismo, aguardaba al general. En Ceuta sí parecen sentirse consolados por la simbología de los reyes, que han venido directamente tras la Fiesta Nacional como montados en sus toisones de oro, en sus lienzos del Prado, en sus palcos a vela, en sus sellos como alfombras voladoras. Seguramente en Ceuta se sienten tan abandonados que hasta la simbología acompaña, sobre todo la simbología del Estado, del que ellos yo creo que se sienten un poco expósitos. Los reyes han bajado a Ceuta como la solitaria dama a la orilla de España, y es que seguramente también los reyes están solos y hasta abrumados, cargando toda la heráldica del Estado como maceros de ellos mismos, como naipes traídos a la vida con sus copones y espadines. Mientras el Gobierno de Sánchez no es que se inhiba sino que dinamita todo, de las instituciones a las fronteras, casi lo único que tienen en Ceuta para sentirse España es que vengan los reyes con su silueta de moneda, con su armiño de bandera, con sus constelaciones en los puños y su mano de madera, sagrada y descoyuntada como el pie de un crucificado.
Desde 2007, cuando fue don Juan Carlos ya un poco escorado de bribonería, como su velero, no iba un rey a Ceuta. Ceuta parecía que estaba ahí como farallón de moros, torre de legionarios como de migueletes y pontón de España, un poco a la deriva de la vida del país. Apenas sabíamos que allí se hacía una mili mitológica, casi cartaginesa, y el nombre de Ceuta nos sonaba a nuestra Siberia de arena, entre castigo y oasis, con aromas de bazar y cachivaches como de Rota (igual que Rota era una América en Cádiz, Ceuta era una especie de América en África, a la vez que un Cádiz en África). Ni los reyes, tan viajeros, parecían querer ir mucho por allí, no sé yo si por culpa de Marruecos o de una españolidad de secano y comodonería. Yo creo que nos estamos dando cuenta ahora de la importancia de Ceuta, que no es ya histórica sino democrática. Me refiero a que es Marruecos el que tiene un concepto mitológico de su existencia y su señorío, y por eso incluye territorios preexistentes al propio reino. Al contrario, la españolidad de Ceuta, como la de Melilla, es la prueba civilizatoria de que lo político es superior a lo geográfico y la ciudadanía es superior a la etnia, la cultura e incluso a la historia, que eso es justamente el Estado moderno, ciudadanía. También unos reyes que van a recalcar la ciudadanía de los habitantes de Ceuta son más modernos que los progres que están entre las tribus montunas y el sultanato de Sánchez.
Los reyes han bajado a Ceuta como la solitaria dama a la orilla de España, y es que seguramente también los reyes están solos y hasta abrumados, cargando toda la heráldica del Estado
Recalcar y defender la españolidad de Ceuta y Melilla es recalcar y defender la ciudadanía por encima de las supersticiones y la homogeneidad, de las tierras otorgadas por los dioses y de las banderas repartidas según los clanes o el folclore. Ceuta y Melilla son, en realidad, lo más moderno que tenemos entre antiguos reinos de gigantes y cabezudos, o los menos antiguos pero más cargantes nacionalismos de la etnia, la pela o la zanfoña. Puede parecer que no es cuestión de españolidad, pero sí lo es. Si hubieran entrado 80.000 personas por una playa de Barbate, incluidos agentes y soldados extranjeros, y, al mismo tiempo, hubiera amanecido un buque de guerra marroquí enfilando la barra del Guadalquivir, nadie hubiera dudado en llamar invasión a la invasión y ataque al ataque. Lo que ha hecho Sánchez es expulsar a Ceuta de España, considerarlo menos que Cádiz y hasta menos que El Perejil. Lo que ha hecho Sánchez, que ya excluyó a Cataluña del Estado para convertirlo en una especie de ínsula sin ley, es dejar sin su derecho a la seguridad y a la integridad territorial a una parte de España. Así que lo primero quizá es recordar que son España.
Los reyes han bajado a Ceuta, se han paseado, rodantes, por sus calles (la monarquía siempre parece moverse con ruedas, como carrozas, hasta cuando van a pie, que yo creo que lo más importante es que no se les noten las piernas, ni cuando andan por la calle ni cuando se sientan sobres sus plisados). Los reyes, sin más que llevar una bandera que ni siquiera se ve, que a lo mejor sólo nos sobrevuela, como el general que vino a mi cuartel, sin duda no van a arreglar nada, pero nos recuerdan y nos recalcan lo más obvio pero lo más importante (quizá la monarquía está para eso ya, únicamente). O sea, que Ceuta es España, no un pontón a la deriva ni un zócalo de legionarios ni un cementerio de radiocasetes. Yo no sé si a Feijóo, cuando se le acercó la embajadora marroquí, lenta, siseante y apabullante como una duna, le dio tiempo a decirle mucho, pero hubiera bastado con eso, que lo demás viene solo. Se irán los reyes, como aquel general mío, y volverán los cañizos a las playas y la incertidumbre a la noche, igual que volvía la pringue a nuestros peroles y el mal coñá a los sargentos. Los reyes señalan lo obvio, como en Navidad o en los discursos con académicos o guardiamarinas, pero eso no basta. Sigue haciendo falta alguien que gobierne, que es algo que no podemos pedirles a los símbolos, por mucho que consuelen a veces. La verdad es que hay que sentirse muy solo para que te consuelen los símbolos, como si fueran esos barcos de botella de los solitarios.
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