Opinión

EL GOLPE

El rey Felipe no lleva ballesta

El rey Felipe no lleva ballesta
El rey Felipe VI con la representación de El Independiente recibida este martes en el Palacio de la Zarzuela | Casa de S. M. el Rey

Pensé que el rey Felipe iba a aparecer al final de aquel camino con una ballesta. Cruzando el monte del Pardo, lleno de animales heráldicos vivos, de corzos, gamos, ciervos, todos como con la corona real de los blasones, con trenzado de oro en el pelaje, pastando en sus campos de sinople, lo que parecía es que la monarquía vive en su simbología como en sus tapices. Podríamos estar camino de la Zarzuela o quizá en un tapiz alegórico colgado en un salón con trono, arpa o árbol de Navidad. Entrar en el territorio de la monarquía es entrar en el territorio de la simbología. Yo creo que tienen todo el monte lleno de fauna de códice, y de distancias tramposas de laberinto, y de esperas iniciáticas, porque se trata de ir anillando un símbolo dentro de otro hasta llegar al rey, el último símbolo ahí como en un baulito, que la Zarzuela apenas parece un baulito. El monte, los animales, esos guardias civiles como guardabosques o esos guardabosques como guardias civiles, y el buen día de campo con su olor a acícula y pan caliente, a labranza parada por un día de fiesta; todo esto hacía esperar un rey verdaderamente con ballesta, como un rey godo, sangriento de jabalí. Pero uno empezaba a verlo todo como un tapiz simbólico y esperaba más encontrar un unicornio, un unicornio constitucional, que un rey de justa o de asado imperial aovado.

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La Zarzuela no es nada majestuosa, es casi como un pisito de Cuéntame donde los reyes toman sopa con abuela entre retratos también como de abuela. Los reyes y las princesas no dejan de parecer, sobre los aparadores, hijos y nietos de alguien, de cualquiera, con sus graduaciones y sus vacaciones, con las cabecitas de princesa sobre el hombro del padre como si sólo estuvieran disfrazadas de princesa. Yo siempre he dicho que la realeza no es un privilegio sino una condena, que es como si se obligara a una familia entera a ser, generación tras generación, inspectores de Hacienda o registradores de la propiedad (imaginen toda una dinastía de Rajoys). Esos retratos me hacían pensar en el drama de una familia que no puede evitar ser una familia normal sin poder ser una familia normal, siempre siendo mirada y paseada por extraños, como los que estábamos allí, en una casa que es y no es una casa.

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La salita en la que esperábamos ser recibidos era como esas salitas de los médicos con consulta en casa, ni privada ni pública. Con su sofá blanco, con sus cuadros abstractos, un poco terapéuticos ya, como una hipnosis previa; con su Quijote en edición como para facistol, con su libro de láminas del Prado, con un bufón de Velázquez mirando pasar España, las monarquías, las plebeyadas y la historia exactamente igual que desde el museo; en esa salita para esperar, para no estar, yo me sentía como en el médico antiguo. Antes del pudor de que el médico te mirara las tripas por aquella pantalla de rayos X, casi radiactiva, uno sentía el pudor de estar viéndole un poco también las tripas al médico. Estando en esa salita pensé que las tripas de nuestra monarquía ni siquiera tienen esos pesados muebles de estilo Remordimiento, como pasos de palio, de aquellos médicos particulares. Aquello estaba más cerca de la formica que del lujo, del protésico dental que del emperador. O sea, que nuestra monarquía es modesta. Al menos, la del rey Felipe. Creemos que la monarquía son sus galerías de tapices, espejos, relojes y alabarderos, y esa marina de tenedores que sacan en las cenas de gala, con el rey vestido como de almirante de tenedores. Pero eso no es la monarquía, sólo es decorado. La Zarzuela es un pisito y nuestra monarquía, con todos sus animales heráldicos, con toda su simbología abombada, como en una sopera, con toda su distancia protocolaria, se me hizo más sencilla y comprensible que nunca.

Su equilibrio era más bien el de una estatua sedente, una esfinge donde está grabada no una dinastía ni un privilegio ni una ideología, sino sólo la Constitución en piedra o en carne

Salimos al pasillo, el rey apareció tras una puerta como si empezara el Telediario, y nos fue dando la mano con un latigazo regio, que yo creo que está entrenado en dar la mano como otros están entrenados en lanzar la jabalina. Estábamos en ese salón que es como un salón de música, quizá el único salón que parece un cajoncito rococó, el salón para los discursos de Navidad, con belén de ebanista, con muebles de convento, con alfombra quemada de pasos, con tapices descoloridos que parecen más auténticos, como los billetes, y algún ujier, algún militar y algún encargado de protocolo que parecían ajedrecísticos. Mientras salíamos a hacer la foto en la escalinata, yo pensé que al otro lado de ese salón ya terminaba la monarquía y empezaba la familia, la sopa, la abuela. Pensé que en realidad toda la monarquía se jugaba en ese saloncito, como en un ajedrez, y más allá sólo están los hombres, las mujeres y los niños, a los que olvidamos cuando los vemos llevar la simbología del Estado muy pesada y despaciosamente, como un gran copón con oleaje, y por eso algunos los tienen por ángeles custodios.

Sentado con toda la representación de El Independiente, el rey se dejaba preguntar. Yo me entretenía humanizándolo, desmitificándolo, que por algo uno se tiene por republicano. Me fijaba en sus zapatos con borlón, casi escolares, en sus calcetines con algo heráldico o quizá simpático grabado, algo que podría ser una flor de lis o una bicicleta, quién sabe. Pero el rey no era el rey ni dejaba de ser rey por estar en ese cajoncito rococó o en esa cajita de rapé ni porque se le viera la suela o mucho calcetín, como si se le viera el camisón real. Hasta ese momento, ya digo, había sido rey con ballesta, rey protésico dental, rey doméstico en su pisito como de papel pintado, pero el rey era el rey, sobre todo, hablando. Le pinchamos, le preguntamos con descaro, yo le solté que me parecía un rey muy republicano y que la monarquía, tan literaria, era para mí como una pastorcilla petrarquista (él rio como un rey o quizá como un mosquetero del rey). El rey contestó a todo, se explayó incluso, nos desveló preocupaciones y nos manifestó esperanzas, pero nunca se movió de su sitio institucional y constitucional. No porque hiciera equilibrios, que eso significa más bien ir de un lado a otro, de rozar el porrazo a rozar el ridículo. Su equilibrio era más bien el de una estatua sedente, una esfinge donde está grabada no una dinastía ni un privilegio ni una ideología, sino sólo la Constitución en piedra o en carne. Y nada lo movía de ahí. Ni guasas ni trampas de los plumillas ni, claro, de la política.

Se fue uno de allí no sé si con ganas de cazar un pavo real, que no había, o de conocer más a ese hombre que era rey en un pisito, rey con consulta de estomatólogo, y luego simplemente rey. Yo sigo creyendo que es un rey muy republicano porque entiende y defiende la res pública, lo público, lo común, lo metaideológico, y sabe hacer pedagogía de ello. Y no sólo aventando tapices, como manteles de pícnic de Goya, ni campaneando con su simbología, ni cantándonos el villancico de la democracia cada año, entre espumillón de nata y ángeles berroqueños. No, sobre todo sabe hacerlo con palabras y con actitudes. Me fui de allí, creo, entendiendo mejor la monarquía, al menos ésta monarquía nuestra, que no es gente estatuada en la glorieta de sus cojines, ni con la pasamanería y los borlones del sable metidos en la sopa, ni con la democracia como su herencia particular, como si fuera un olivar. El rey no iba con ballesta, sólo con la Constitución y un larguísimo calcetín, quizá de rey, quizá de torero, quizá de musa petrarquista. Nos fuimos de allí desandando montes y simbologías, los corzos volvían a parecer corzos, los caminos volvían a parecer caminos y sólo el rey seguía pareciendo un unicornio.

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