El martes 27 de octubre, en plena precampaña del 29-N, dos candidatos se sentaron en el sofá de La "evuelta a discutir, ante las cámaras de la cadena que pagamos todos los contribuyentes, cuánto debería puntuar el sexo oral. «Es mucho más difícil encontrar a un tío que te coma bien el coño", explicó Irene Montero, exministra de Igualdad del Gobierno de España y actual eurodiputada. "¿Y comer culo? Lo pregunto en serio", pidió Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso. El plató rugía de risas. Esto no es una anécdota televisiva ni una gamberrada juvenil: es la fotografía exacta del régimen que nos gobierna, la degradación institucional elevada a política de Estado.

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Las democracias no solo mueren por golpes de fuerza o quiebras constitucionales; también se pudren desde dentro por el envilecimiento deliberado de sus formas.
Un sofá pagado con dinero público, carcajadas cómplices y el vocabulario más soez imaginable: ¿es esto todo lo que tienen que ofrecer a los españoles la izquierda que sostiene a Sánchez y la que lo sostuvo? Han confundido acercarse al pueblo con revolcarse en el barro, creyendo que al ciudadano medio se le conquista con la zafiedad cuando ya no se le puede convencer con la gestión.

Pero sería un error quedarse en la espuma del espectáculo, en los dos invitados o en el bufón que dirige el programa. En este naufragio del decoro público hay un único autor intelectual y responsable político: Pedro Sánchez.

En este naufragio del decoro público hay un único autor intelectual y responsable político: Pedro Sánchez

Todo lo que Sánchez ha tocado en estos años lo ha colonizado y lo ha degradado. Lo hizo con el Centro de Investigaciones Sociológicas, convertido en una oficina de cocina electoral; lo hizo con la Fiscalía General del Estado, con el Tribunal Constitucional, con el Parlamento y con cada contrapeso de la democracia. Y lo hizo, con una obscenidad que jamás debemos olvidar, con Radiotelevisión Española.

Para entender cómo hemos llegado a ver a Montero y Rufián convertidos en caricaturas en La 1, basta con acudir a la hemeroteca reciente. El fichaje millonario de David Broncano –28 millones de euros por dos temporadas– fue una operación personalísima de La Moncloa. La presidenta interina de RTVE, Elena Sánchez, se negó a refrendar el contrato y fue purgada sin contemplaciones. Su director de Contenidos, José Pablo López, no cayó por resistirse, sino todo lo contrario: era el valedor de la operación. Y medio año después, el 30 de octubre de 2024, llegó el episodio más negro de nuestra historia parlamentaria reciente: un día después de que la DANA arrasara Valencia, con el país contando muertos –el balance oficial acabaría en 232–, el Gobierno y sus socios suspendieron toda la actividad del Congreso, incluida la sesión de control al Ejecutivo, excepto el pleno extraordinario con el que, por 175 votos a favor y uno en contra, con la oposición ausente, convalidaron el decretazo con el que asaltaron definitivamente el Consejo de Administración de RTVE.

No había tiempo para legislar sobre la tragedia, pero sí para repartirse los sillones de la televisión pública. El propio López resultó recompensado con uno de ellos: el Congreso lo eligió consejero del nuevo Consejo. Aquel asalto sin escrúpulos entre las riadas de Valencia tenía un propósito, y el resultado es el que hoy padecemos en pantalla: una televisión estatal entregada por las mañanas al sectarismo propagandístico para blindar al Ejecutivo, y por las noches a la más absoluta vulgaridad para anestesiar al personal.

En cualquier democracia seria de nuestro entorno –imaginemos por un instante una escena idéntica en la BBC británica o en la televisión pública francesa–, un espectáculo semejante protagonizado por representantes públicos habría provocado un terremoto político, ceses inmediatos en la corporación y el repudio unánime de las instituciones. En la España de Sánchez se celebra como una hazaña de modernidad. No es modernidad; es decadencia. Cuando un Gobierno destruye el prestigio de las infraestructuras, coloniza los tribunales y convierte la televisión de todos en un lodazal, lo que demuele es la dignidad misma de la nación.