Elecciones Generales 29N

Opinión

El ocaso de la extrema izquierda

Ione Belarra, Irene Montero y Gabriel Rufián
Ione Belarra, Irene Montero y Gabriel Rufián | Eduardo Parra/EP

Lo más asombroso de la extrema izquierda española no es su incapacidad para llegar a acuerdos, sino que todavía crea que hay mucha gente que les quiera votar.

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Hace falta tener mucha fe para creer que de estos partidos y estos líderes pueda salir algo más que un apaño para mantener privilegios propios. Por no hablar del ridículo que están haciendo algunas de sus figuras más icónicas.

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Decía este jueves Ada Colau (en teoría, líder del llamado Frente Amplio) en Catalunya Radio que el miércoles llamó a ERC -no especifica a quién- y "no se quisieron ni sentar a hablar". Pero ella, siempre dispuesta al sacrificio, se reafirma en su compromiso: "Hasta el último minuto del viernes -día en que se cierra el plazo para presentar las listas- defenderé esta coalición para parar al fascismo". Eso, parar al fascismo, es lo que pretendía Pablo Iglesias cuando se presentó por Madrid y Díaz Ayuso sacó mayoría absoluta. Aunque fue la última gran ciudad en caer ante las tropas de Franco, para algunos aventados de la extrema izquierda, en eso coinciden con los independentistas, Madrid es la cuna del fascismo, es una ciudad fascista por naturaleza.

Colau llora por las esquinas porque está compuesta y sin coalición. La culpa de la displicencia de ERC la tiene Irene Montero, que se adelantó el lunes firmando un pacto con ERC: Podemos no se presentará en Cataluña, aunque allí tiene muy poco que rascar, y pedirá a los suyos que voten por los independentistas catalanes, a cambio de que Rufián -que sí, de nuevo, encabezará la lista de ERC al Congreso- haga mítines con ella fuera de Cataluña. Cree Montero que la mera presencia de Rufián en sus actos públicos le dará a ella los votos que ahora no tiene. El que no se conforma es porque no quiere.

Esta izquierda, que ya no quiere ser alternativa, no habla de ideas, sino de puestos de salida en las listas

A diferencia de Colau, que necesita un empleo urgentemente (ha tenido que dejar el piso donde vivía porque no tiene para pagar el alquiler, según dice ella misma), a Montero no le hace falta liquidez, ni vivienda, ya que sigue conservando el chaletazo de Galapagar. Tiene, por tanto, más capacidad de aguante Montero que Colau a la que, además, ha ganado por la mano con su pacto con Rufián. Dice Pablo Iglesias que ese pacto es lo que la gente estaba pidiendo, que ahora ya hay un liderazgo claro en la izquierda a la izquierda del PSOE. Un liderazgo que nace no de los votos de la gente en unas primarias abiertas -como reclamaba la propia Montero- sino de un apaño entre bambalinas, hecho con el fin de que ERC se saque la espina de 2023, elecciones que le ganaron los Comunes, aunque por un escaso margen de votos, en Cataluña.

No entiendo esa pasión que se ha desatado por Rufián, algo que tiene que ver con ciertos periodistas madrileños que le adoran y con las redes sociales que le ríen las gracias. No sólo es que haya dudas sobre los votos que podría sacar en Andalucía o en Murcia, pongamos por caso. Es que en Cataluña, una lista encabezada por una tal Aina Vidal sacó 30.000 votos más que la encabezada por él en las no tan lejanas elecciones generales de 2023.

Rufián, el de las frases rotundas, dijo no hace mucho tiempo: "O nos juntamos o nos matarán por separado". Otro que va de víctima. En fin, esa afirmación apuntaba a que el líder de ERC estaba dispuesto a todo con tal de juntar a las izquierdas para evitar que algún malandrín de Vox o del PP le pusiera en alguna lista negra.

Pues no. Al final, Rufián se ha quedado en ERC y ha dejado al Frente Amplio con dos palmos de narices.

La unidad, ya lo sé, es difícil. Sobre todo cuando hay tantas siglas y tantos intereses que casar: IU, Movimiento Sumar, Más Madrid, Comuns, Compromis, Chunta, Mes,... A los que hay que añadir a Adelante Andalucía, que va por su lado y que no quiere ni oír hablar del Frente Amplio.

En su crónica del jueves, no sin cierto candor, Paula Chouza decía en El País: "Como siempre, los escollos están en los puestos de salida y en las cabeza de lista". O sea, que esto no va de ideas, de cambiar el mundo, de luchar contra el fascismo, sino de puestos que determinen quiénes van a seguir en el machito y quiénes van a quedar a la intemperie.

El drama es que ahora, a diferencia de lo que ocurrió en 2023, hay muy poquitos puestos de salida, muy poquitos sillones asegurados. Por tanto, la lucha por conseguirlos es aún más cruenta, más desalmada.

Para terminar de liarla, Rufián ya ha dicho que en Euskadi él apoyará a Bildu y en Galicia, al Bloque. Para que no haya dudas. Eso, justo cuando Ione Belarra está abogando por un acuerdo en Galicia y en el País Vasco -entre otras regiones- para que haya listas de unidad de la izquierda. Así que se podría dar la circunstancia de que Irene Montero apoyara al mismo tiempo la lista de Otegi y otra del candidato del Frente Amplio, que competerían por el mismo electorado en listas diferentes. ¡Qué ejemplo de coherencia!

Esta extrema izquierda ya no tiene nada que ver con aquellos jóvenes que venían a cambiar el mundo, a quitarle la hegemonía al PSOE. Ahora, además de no ser ya tan jóvenes, porque siguen siendo los mismos, se conforman con ser la muleta de Sánchez, sus socios pobres.

Ante este panorama tan poco edificante, tan carente del más mínimo decoro, provoca ternura cuando Maíllo (el veterano líder de IU) afirma que no quiere trocear las candidaturas, como le pide Ione Belarra, porque "el Frente Amplio es un proyecto de país". Afortunadamente, ese modelo no lo verá nuestra generación.

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