Víctima. ¡Cómo nos gusta esta palabra! O, mejor, cómo nos gusta sentirnos víctimas. Sobre todo, a algunos.
La izquierda adora el victimismo. Ada Colau es un ejemplo. Fue víctima de una separación que la obligó a dejar un piso en el que vivía de alquiler porque ya no podía pagarlo; también fue víctima de un acoso sexual cuando era alcaldesa (unos individuos le hicieron insinuaciones machistas)... En fin, es, sobre todo, víctima del capitalismo. Hasta José Miguel Monzón (más conocido como El Gran Wyoming) ha bromeado con la causa que le ha llevado a jubilarse –tiene 71 años– diciendo que lo hace para que si llega Vox al poder no le quiten la jubilación. El pobre Wyoming –un 'gran tenedor', según la ley de vivienda, ya que posee más de 10 inmuebles– se presenta como víctima preventiva de los recortes de Abascal. ¿No sienten pena por él?
El martes, durante la sesión de la Diputación Permanente, el Congreso se convirtió en un templo del victimismo. Aunque todos los grupos comenzaron sus intervenciones solidarizándose con las familias de los muertos y heridos en el accidente de Urda, las verdaderas víctimas, el victimismo que se hizo verbo fue el victimismo político.
Llamó la atención la empatía que mostró Mertxe Aizpurúa hacia las víctimas. Ella, que es la portavoz de Bildu, partido que todavía no ha condenado los crímenes de ETA. Y es que hay víctimas que han tenido la desgracia de estar en el peor sitio posible en el peor momento posible y otras víctimas que... a lo mejor se lo merecían.
Horas después de la dimisión del ministro, el PSOE tenía preparada la consigna: "No todos somos iguales". Tras el paripé, la campaña hundida cobró vida
Aizpurúa –que fue la única que no pidió la dimisión del ministro de Transportes– fue la portavoz a la que Óscar Puente le echó más flores por ser, en su opinión, la única que de verdad estaba interesada en saber lo que ocurrió el día de la catástrofe.
Ione Belarra –Podemos– pidió renacionalizar Renfe y Adif –por si no estuvieran ya suficientemente nacionalizadas– y echó mano del testimonio de uno de los heridos en el accidente ferroviario para explicar lo sucedido: "Somos víctimas de un capitalismo que quiere ir demasiado deprisa". El problema es que a todos nos gusta llegar a Sevilla en la mitad de tiempo de lo que tardaríamos en automóvil, y hacerlo en el AVE no debería suponer ningún riesgo. La solución, querida Ione, no es volver a ese tren que iba "muy despacio" y que cantó Miguel Ríos en su Vuelvo a Granada.
Patxi López, portavoz del PSOE, utilizó sus quince minutos de gloria para defender la continuidad del ministro, porque, argumentó, es el que sabe y el mejor candidato para devolver la confianza en los trenes, y también, cómo no, para arremeter contra el PP, al que acusó de "utilizar a las víctimas" para pedirles a los sindicatos que desconvoquen la huelga general del 11-N. ¡Eso es intolerable!, exclamó. Todavía no sabía el pobre Patxi que Puente iba a presentar la dimisión unos minutos después de su encendida defensa.
Pero la víctima de verdad, la víctima por antonomasia, fue el ministro. Puente ya había dicho en la rueda de prensa que dio en la sede del ministerio de Transportes el viernes 30 de octubre que sabía "el calvario" que le esperaba si continuaba en el cargo. La auténtica víctima del accidente de Urda, tras los más de 60 muertos que ya se contabilizaban y las decenas de heridos, algunos de ellos muy graves, como consecuencia del choque del AVE con el tren Iryo, no eran ellos sino él, que tenía que soportar las críticas y descalificaciones de la oposición mientras se sacrificaba por el "proyecto político" que encabeza Pedro Sánchez.
Lo que era una percepción circunscrita al propio ministro y a su fieles hasta el martes a las 21:15 horas, se convirtió en un dogma para el partido, sus socios de gobierno y los medios autodenominados progresistas, tras el anunció de Puente de que había tomado la decisión de dimitir.
La dimisión, una decisión más que lógica, inaplazable y justificada, se convirtió por arte de birlibirloque en un acto de sacrificio. ¡A partir de ese momento sí que Puente podía presentarse como una víctima indiscutible! Los mismos que le había pedido la dimisión en el Congreso se abrazaron a él casi pidiéndole perdón. Gabriel Rufián le dijo al oído: "Has sido un gran ministro". Le faltó decirle: "Me arrepiento de lo que he dicho, pensaba que no ibas a dimitir".
El whatsapp, se supone que filtrado por el ministro, que le envió Puente al presidente del Gobierno desde el Congreso de los Diputados mientras intervenía en la Diputación Permanente habla por sí solo de la autocomplacencia del ministro: "Espero que no te lo tomes como una traición, sino con un acto de generosidad". ¡Generosidad!. Gracias, Óscar, tu siempre tan generoso.
La sucesión de hechos que se produjo a continuación me lleva a pensar que todo fue un montaje, una farsa destinada a reanimar la campaña del PSOE, hundida tras la tragedia de Urda.
A las pocas horas de presentar su dimisión, Puente colgó en su cuenta de X un chiste de Forges, en el que uno de los personajes de la viñeta afirma: "Todos los políticos son iguales", y el otro, responde: "Eso es lo que ustedes quisieran". No es esta la reacción de un político hundido por la asunción de responsabilidades, sino de alguien que ha hecho de su gesto una bandera electoral.
En efecto, a partir del miércoles todos los ministros y líderes del PSOE que tuvieron un micrófono o una cámara cerca dijeron lo mismo: "No todos somos iguales". Era el slogan fabricado por los expertos en comunicación política –tanto internos de Moncloa, como externos, caso de Iván Redondo– que, después del accidente, se dedicaron a estrujarse el cerebro para, como dice Sánchez, "hacer de la necesidad virtud".
Así que, de tener la campaña arruinada y la expectativa de voto hundida, ahora Sánchez y el PSOE se van a agarrar al ejemplo de Puente, esa víctima, un mártir, de las aves carroñeras de la derecha, para levantar el estandarte de la dignidad, de la asunción de responsabilidades... a diferencia de lo que hace el PP. No por casualidad, el primer acto tras la tragedia ferroviaria lo ha montado el equipo de campaña del PSOE en Valencia, donde Sánchez le sacará lustre a la comparación de Puente con Carlos Mazón.
No hay ni una gota de sinceridad en la dimisión de Puente, ni en el lamento por las víctimas de la Dana o del accidente de Urda. Sólo cálculo político.
La verdad es que da bastante asco.
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