El populismo y el autoritarismo no son lo mismo, aunque tengan elementos comunes. El autoritarismo desprecia la democracia, como si fuera la manifestación de una debilidad del sistema. La nación, la raza o el partido están por encima de cualquier consideración. La libertad, la participación política e incluso la moral se supeditan a esos conceptos, que siempre son interpretados por un líder cuya posición como oráculo no se discute.

Pero tanto el populismo como el autoritarismo necesitan de las masas. Las grandes concentraciones sustituyen al Parlamento y sirven para legitimar al líder sin necesitad de perder el tiempo en elecciones. En eso coinciden Franco y Mussolini, Hitler y Stalin, Maduro y Kim Jong-un.

Calificar de populista a Podemos no es un insulto, ya que el propio Pablo Iglesias reivindica esa consideración como esencia de su partido, cuya ideología se corresponde con el «populismo de izquierdas».

El populismo necesita deslegitimar al sistema. El grito que dio cohesión al movimiento 15-M (germen de Podemos), fue «no nos representan», dirigido a los grandes partidos y al Congreso de los Diputados.

En ese Congreso hay ahora 71 diputados ligados a Podemos, que representan al 21% de los votantes. Los grandes partidos (PP y PSOE), pese a su desgaste fruto de la corrupción, aún suman a más del 55% , y es ese desequilibrio el que Podemos trata de compensar recurriendo a prácticas netamente populistas.

La intervención del pasado jueves de Iglesias en el Congreso no tenía por objeto fundamental atacar al PSOE o el PP, sino la deslegitimación del sistema. Resumo algunas de sus frases:

-«Hay más delincuentes potenciales en la Cámara que allá afuera».

-«Me debo al honor de mi patria y a los ciudadanos de mi país, no de esta Cámara».

-Citando al fundador del PSOE, Pablo Iglesias: «Merecer el odio de las oligarquías será la mayor de nuestras honras».

-«Lo que no consiguieron con las urnas lo van a conseguir mediante el abstencionazo«.

-«Nosotros no somos una izquierda de su orden».

La diputada de En Marea Alexandra Fernández habló de «golpe parlamentario», mientras que Alberto Garzón (IU) calificó como «fraude democrático del PSOE» el cambio de posición de los socialistas en relación a la investidura de Mariano Rajoy.

Dice Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: «Lograron convencer al pueblo de que las mayorías parlamentarias eran espurias y no se corresponden necesariamente con las realidades del país».

La convocatoria de Rodea el Congreso coincidiendo con la segunda votación que culminará en la investidura de Rajoy tiene por objeto, en primer lugar, cuestionar la legalidad democrática del próximo Gobierno; y, por otro lado, mostrar que «el pueblo» no es el que vota a los partidos, sino el que se manifiesta en la calle.

Además, Iglesias ha utilizado su discurso en la Cámara como altavoz movilizador de cara a la sesión del sábado. Cuanta más gente asista, mejor. No es casual que el grueso de las organizaciones convocantes respalde a Iglesias frente a Íñigo Errejón en la pugna interna por el liderazgo en Podemos.

El peligro del populismo, a corto plazo, no es tanto que pueda ganar unas elecciones (cosa bastante difícil, aunque ya lo ha hecho en algunas ciudades), sino en que ensancha la brecha entre la mayoría de la población, que valora la democracia, y los que la desprecian porque, argumentan, no sirve para «representar al pueblo». Es decir, en que es un factor de confrontación que utiliza «el odio» como instrumento.

En el fondo, la pugna interna en Podemos no es más que la lucha entre los que quieren sustituir al PSOE como el partido hegemónico de la izquierda y los que quieren el poder para derribar al sistema.