Hacer frente a la aniquilación o abandonar su hogar. Esa es la decisión a la que se enfrentan los residentes asediados del este de Alepo. Mientras se preparan para lo que pueda venir, otros como Amal Abdulá miran hacia atrás y recuerdan el día que tuvieron que enfrentarse a esa misma realidad. Ya han pasado cuatro años, este es su testimonio:

«Fue a mediados de julio de 2012 cuando las autoridades nos dijeron que debíamos evacuar nuestro barrio en el este de Alepo o atenernos a las consecuencias. Había vivido en Alepo toda mi vida; allí la vida era hermosa. Las personas se ayudaban entre sí, había libertad y la economía estaba en pleno apogeo. Tenía 32 años, vivía con mis padres y hermanos, y trabajaba en una tienda en un centro comercial. Pero entonces empezó la guerra y todo cambió; la vida que teníamos se desvaneció.

Cuando las autoridades nos dijeron que debíamos abandonar nuestro barrio, Salahedine, algunas personas lo creyeron, otras pensaron: «No, no nos van a bombardear». Muchos no querían salir de su propiedad, otros no sabían dónde ir. Mi familia y yo nos trasladamos al barrio de Kalase, en el centro de Alepo, donde teníamos parientes, pero mi padre decidió quedarse solo.

De vez en cuando volvía a Salahedine a ver a mi padre y a recoger algo de ropa, pero era arriesgado. Había bombardeos y combates terrestres, por las calles circulaban pocos coches y no había electricidad, ni agua ni comunicaciones.

Al Kalase, por el contrario, era un barrio tranquilo y, en un primer momento, reinaba la paz. Es un barrio en el corazón de Alepo, cerca de la ciudadela y el mercado principal de verduras. Aunque no fuera un lugar totalmente pacífico (oíamos helicópteros y aviones en el cielo) esas semanas pudimos vivir más o menos de manera normal. Nos socializamos con la gente, celebrábamos reuniones familiares en casa de mi tía y hasta pude ir al dentista.

La noche del 1 de agosto, mi primo y yo estábamos volviendo a casa cuando de repente cayó una bomba cerca. Vi el destello y oí la explosión. Fuimos arrastrados al interior de un edificio por unos desconocidos, pero decidimos huir hacia la casa de un pariente cerca de allí. Cuando estábamos corriendo, una segunda bomba cayó entre dos edificios. En la calle cundía el pánico: la gente corría y gritaba, y había heridos en el suelo. Una vez más, gente desconocida nos arrastró al interior de un apartamento y nos refugiamos en el primer piso.

La gente encendía velas. Me senté en un sofá a esperar. Mis familiares me llamaron cinco o seis veces seguidas, preguntándome dónde estaba y contándome que la situación estaba empeorando.

Al cabo de un segundo vi una luz intensa y escuché una fuerte explosión. Estaba totalmente consciente y gritaba, pero no sentía ningún dolor. La mujer que hacía un momento había estado de pie junto a mí, ahora estaba en el suelo, muerta. Me envolvieron en una manta y me llevaron abajo. Oí a gente llamando a una ambulancia.

En la ambulancia, había muchos hombres a mi alrededor haciéndome preguntas. ¿Cómo me llamaba? ¿Quién era mi familia? ¿Dónde estaba mi teléfono móvil? No encontraron mi teléfono, pero logré decirles el número de mi hermana. Cuando cogió el teléfono y escuchó mi nombre, pensó que estaba muerta. Pero no lo estaba, sólo estaba gravemente herida.

En el hospital de campo de Abdul Aziz, me dieron un anestésico y trataron de detener la hemorragia. La intensidad de la explosión me había lanzado contra la pared y me había roto el hueso del codo. Tenía la pierna casi cortada por la metralla y tenía heridas en la mano, el brazo, el pecho, las costillas y el abdomen.

Amal. Medicos Sin Fronteras

Ilustración de Natasha Lewer. Natasha Lewer

Me trasladaron a un hospital público de Al Razi. Fue un viaje agitado y peligroso: había bombardeos y yo todavía sangraba. Toda la zona estaba siendo bombardeada. Me llevaron directamente a la sala de operaciones y la última cosa que recuerdo fue al cirujano pidiéndome que recitara un verso del Corán mientras la anestesia hacía efecto. Me operaron durante 10 horas -desde las 10 de la noche hasta las 8 de la mañana siguiente- y estuve inconsciente durante cinco días.

Cuando me dieron de alta del hospital, no había ningún lugar seguro a donde ir. Tenía una lesión ósea grave, pero el problema principal era el miedo. Cada vez que oía aviones en el cielo, el dolor empeoraba.

Cada día y cada noche oíamos bombas. Una bala perdida aterrizó en el jardín e hirió a mi hermana. No había electricidad ni comunicaciones. Yo seguía visualizando la escena del día en que me hirieron. Después de un mes, nos las arreglamos para salir de la ciudad y escapar a Jordania.

Durante los cuatro años posteriores al accidente, me han operado 20 veces para reparar la lesión de la pierna, el brazo y la mano. Después de un año de injertos óseos y atención de seguimiento en el hospital de cirugía reconstructiva de MSF en Amán, estoy casi lista para el alta hospitalaria. Camino con muletas, pero tengo una articulación artificial en la mano, por lo que ahora puedo moverla libremente.

Ahora miro lo que está sucediendo en Alepo (los bombardeos y el cerco) y sufro por las personas que se han quedado allí. Recuerdo qué es vivir en peligro, cuando incluso moverse por los alrededores resulta demasiado arriesgado. Si pudiera hacer que nadie más en Alepo tuviera que pasar por lo que yo he pasado…

Mi única aspiración es ser como cualquier chica normal, tener una vida como la que tenía antes. A veces me siento triste cuando la gente me pregunta: «¿Qué te ha pasado?», pero éste es mi destino y tengo que aceptarlo. Me siento afortunada por haber tenido tan buena atención médica y sólo espero poder recuperarme completamente».

*Los nombres han sido cambiados a petición de la paciente.