El último de los dirigentes franquistas de la Guerra Civil murió con 101 años después de haber sido el segundo hombre más poderoso de la dictadura. Su relevancia política fue tan intensa como efímera, y su extraordinaria longevidad, prolija y confusa. Está el Serrano Suñer hombre fuerte de la incipiente dictadura; y está el apestado aunque tolerado personaje de la aristocracia franquista. Lo primero apenas duró seis años; lo segundo, 60.

En la cúspide fue el hombre que unificó Falange con tradicionalistas y carlistas, el germanófilo y amigo de los nazis, el antimonárquico que cerró la restauración borbónica con la redacción jurídica del Estado Franquista. Con el tiempo, denunciaría la traición del Movimiento Nacional a los principios de la Falange de su adorado José Antonio, se presentaría como el hombre que salvó a España del Tercer Reich y después valedor de don Juan de Borbón en el exilio.

Cinco años como el hombre más poderoso de España al lado de Franco, frente a sesenta como abogado y en las columnas de las páginas de ABC.

Para redondear el aura de uno de los personajes más singulares de la dictadura, Suñer era el cuñado de Franco, el Cuñadísimo, según el apodo de sus años de gloria en el poder; un parentesco que fue precisamente el que aupó al «joven e inexperto político» a las alturas del Estado Franquista, tal y como recordaría, amargamente, Francisco Franco Salgado-Araujo, el primo del dictador.

Su vida tuvo evidentes ingredientes novelescos, desde su detención por las fuerzas republicanas en Madrid en 1936, su estancia en la cárcel Modelo, donde se salvó milagrosamente de ser fusilado después de ver caer a balazos a sus amigos, y su posterior fuga. Lo esencial, sin embargo, es que cuando apareció en el cuartel general de Francisco Franco en Salamanca en 1937, el ya Generalísimo, su cuñado, lo acogió como uno de sus más estrechos colaboradores.

Como decía Salgado Araujo, era político, porque antes, durante la Segunda República, tras sacar plaza como abogado del estado, había sido parlamentario e íntimo amigo del fundador de Falange José Antonio Primo de Rivera, sin llegar a militar en el partido que luego capitalizaría.

Inexperto, porque, aunque diputado, no tenía la más mínima experiencia de gobierno. Sin embargo, en Salamanca llegó a la jefatura política del partido único FET y las JONS del bando nacional sin haber cumplido los 40, aunque su secretario general fuera Raimundo Fernández Cuesta. Fue uno de los principales artífices de la unificación de las fuerzas falangistas con los tradicionalistas y carlistas y las JONS de Onésimo Redondo, el partido único que controló de forma omnímoda a partir de entonces.

Apuntaló los pilares del nuevo orden político en España: el Estado Franquista

Después, apuntaló los pilares de un nuevo orden político en España, el Estado Franquista surgido tras la Guerra Civil, primero con la unificación y después con el decreto que aplastó cualquier posibilidad de restaurar la monarquía anterior a la Segunda República. Luego, vendrían ya, en su madurez, los viajes a Estoril, las horas con el exiliado don Juan de Borbón, y sus preferencias monárquicas.

Al enterarse Franco de aquellos viajes, ya en 1964, cuando se había convertido en el incómodo pariente, despacharía con desdén a su antigua mano derecha:

«Ramón no tiene allí la menor influencia pues conocen de sobra sus antecedentes republicanos y su afición a cambiar de chaqueta y ponerse al sol que más calienta. Sus antecedentes son de sobra conocidos por don Juan y por toda la opinión nacional».

Lo cierto es que más allá de los cenáculos de la crítica alta clase franquista, y de tener un puesto permanente e inservible en las Cortes orgánicas, su relevancia era nula. El rencor entre ambos era manifiesto, sus relaciones desde su cese en 1942, gélidas.

El episodio es uno de tantos con los que se confronta la realidad de su biografía política: Serrano Suñer fue el falangista filonazi de la primera dictadura, el hombre que apostó por la victoria del Tercer Reich, el que decidió enviar voluntarios al frente oriental junto a la Wehrmacht, la División Azul , y el primer consejero de Franco contra la restauración borbónica en el despegue de la dictadura.

Mussolini veía a Suñer como «el puntal más fuerte del Eje en el régimen de Franco»

Con anterioridad a los viajes a Berlín, Suñer encontró en Mussolini un ejemplo para la España que quería construir. Según Paul Preston, tras la visita a Roma de Franco y Serrano en 1939, éste expresó que el Duce era «uno de los pocos genios que la Historia crea cada dos o tres mil años». La admiración fue mutua: Ciano y Musssolini veían a Suñer como «el puntal más fuerte del Eje en el régimen de Franco», tal y como le comunicó al embajador alemán en Italia, y un partidario extremo.

Durante una entrevista con el periodista Heleno Saña, Suñer diría que: «Ya estallada la II Guerra Mundial, yo les decía a los italianos que debíamos desear la victoria del Eje, porque era el bastión para la defensa de Europa contra la amenaza soviética, pero que teníamos que tomar ya medidas para evitar ser avasallados por los excesos de germanismo después de la victoria».

En 1945, cuando ya había sido apartado fulminantemente de la actividad política, Serrano escribió a Franco una célebre carta que quedó como testamento político de su breve e intensa carrera. Argumentos que incluiría y desarrollaría con amplitud en parte en sus dos libros de memorias.

Amistad con los nazis parta evitar males mayores

En ella ofrecía al Caudillo, una vez que la guerra había terminado, una nueva orientación del régimen hacia un modelo de gobierno de concentración nacional en el que hubiera intelectuales liberales «no rojos» que dieran prestigio en el exterior ante el aislamiento internacional al que España se enfrentaba tras ser denegada su entrada en las nuevas Naciones Unidas. Se dice que Franco escribió en el borde de la página un lacónico «je, je», aunque, según la versión de Serrano, lo mandó llamar para decirle que le había causado una profunda impresión.

En la misma misiva, Serrano reconocía su amistad con los nazis y su decidida germanofilia, pero comenzaba a moldear la versión de la necesaria amistad con el Tercer Reich para evitar males mayores a España:

«Yo fui resueltamente germanófilo, y, aunque ello fuera físicamente posible, jamás cometería la villanía de negar la sinceridad de mis sentimientos. Mi amistad hacia los pueblos hoy vencidos fue inequívoca, leal y digna. Leal amigo de ellos pero con el sentido responsable y la dignidad de un verdadero Ministro de España» (Entre el silencio y la propaganda, la historia como fue (Memorias), Serrano Suñer, 1977).

Todo lo desarrollaría en su primer libro, Entre Hendaya y Gibraltar (1947), en el que relataría con detalle las negociaciones de la crucial entrevista entre Hitler y Franco en la localidad francesa y en la que siempre aseguró que se firmó un último protocolo por el cual España aceptaba entrar en la guerra. El documento saldría a la luz años después en los archivos de EEUU, que disponían de la copia de los del Tercer Reich aunque la copia española hubiera desaparecido.

Serrano siempre se atribuiría, sin embargo, la ardua responsabilidad de haber apaciguado a los nazis en detrimento de Franco, que siempre expresó, en cambio, que éste no hacía sino cumplir órdenes. El rencor por la espinosa cuestión fue mutuo e intenso.

Viajó a Alemania y amasó amistades con los jerarcas nazis Himmler y Von Ribbentrop

Desde luego, Suñer no habría pasado a la historia por los artículos y ensayos en la prensa cuando abandonó la vida política, a pesar de ser elogiados por Azorín, si no fuera porque fue el hombre del régimen que viajó a Alemania a estrechar y amasar amistades con los jerarcas nazis del Tercer Reich como Heinrich Himmler y Joachim Von Ribbentrop.

El embajador británico en España Samuel Hoare temía a Suñer y su deriva hacia los nazis y celebró con entusiasmo incluso desmedido su cese y el posterior nombramiento de Francisco Gómez-Jordana.

Las últimas líneas que dedicó en su carta a Franco se refirieron a la progresiva desnaturalización de la Falange:

«La Falange debe ser hoy honrosamente licenciada con la conciencia de haber servido a España en su momento. La Falange en sus mejores días tiene una historia de honor que ha de ser respetada. No se puede ahora inventar una Falange» (Entre el silencio y la propaganda, la historia como fue (Memorias), Serrano Suñer, 1977).

Serrano Suñer enarbolaba la bandera de los camisas viejas de Falange sin ser uno de ellos: los militantes de antes de la Guerra Civil, frente a los que consideraba oportunistas y aduladores del adulterado partido convertido en el Movimiento Nacional. Aunque amigo íntimo de José Antonio y de Dionisio Ridruejo, auténticos camisas viejas, y su intención durante los años en los que fue el jefe del Movimiento y ministro de Gobernación de atraer a Franco a la causa falangista, nunca lo logró, aunque su papel fue decisivo en la unificación que habría de fulminar al partido de José Antonio Primo de Rivera.

Su trayectoria estuvo tan plagada de contradicciones, incongruencias y laberínticas transformaciones como lo fue la propia dictadura que se empezó a gestar con el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, que él mismo configuró definitivamente en su etapa inicial.