Monarquía y tradición son términos análogos. De ahí que la Casa del Rey haya acudido puntualmente a la cita con uno de los hábitos sociales más antiguos y hoy en día un tanto devaluados, como es la felicitación navideña. Antes en tarjeta de papel, hoy vía e-mail, la Familia Real ha expresado sus mejores deseos a los españoles y a un largo elenco de personalidades, instituciones y miembros del cuerpo diplomático.

Y lo ha hecho, primero, en castellano, y luego en inglés, lo que también constituye una arraigada costumbre en el joven monarca. Su firma manuscrita -Felipe R (rey)-, la de la Reina -LetiziaR- y la de sus hijas -Leonor, Princesa de Asturias- y Sofía, Infanta de España, rubrican el escueto mensaje: “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2017. Merry Christmas and Happy New Year 2017”. Un mensaje tan breve como progresivamente laico, respecto del del año pasado, en que Felipe VI escribía de su puño y letra: “Cada día hay un motivo para la esperanza y la armonía en nuestros corazones. Que los ideales de la Navidad iluminen siempre ese camino”.

La Navidad pasada los Reyes sorprendieron además con un único y novedoso primer plano de sus hijas, posando sonrientes y abrazadas. Esta vez, Don Felipe y Doña Letizia vuelven a exhibir, como el primer año de su reinado, una fotografía de familia. Si la de 2014 reproducía la imagen institucional del día de la proclamación, la de 2016 incluye un posado informal de los cuatro miembros de la Familia Real, tomada a finales de noviembre en los jardines del Palacio de La Zarzuela, si bien no se distingue ningún elemento paisajístico.

La felicitación religiosa de los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía.

La felicitación religiosa de los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía.

Los otros dos miembros de la Familia Real, esto es, los Reyes Juan Carlos y Sofía, envían su propia felicitación acudiendo, fieles también a su propia tradición, a la reproducción de una joya artística de Patrimonio, de carácter religioso. Esta vez, un relieve en madera de La Adoración de los Pastores, obra de Juan Martínez Montañés, de 1609, ubicado en el Monasterio sevillano de San Isidoro del Campo.