Felipe VI ha vuelto a casa por Navidad. Valga esta frase hecha para contraponer la magnificente imagen que el rey trasladó en la Nochebuena pasada desde el salón del Trono del Palacio Real, con la mucho más sobria que este sábado llevó hasta el cuarto de estar de los españoles. Porque en el tercer mensaje navideño de su reinado, el monarca volvía a La Zarzuela para pronunciar su discurso más importante del año. Pero no lo hacía, como el año de su proclamación, para hablar desde una salita del palacio especialmente decorada para la ocasión, sino para hacerlo desde su propio despacho. Un despacho clásico, revestido de madera y de fotografías institucionales y familiares, cuyo único trono se advertía vacío, al otro lado de la mesa, con las huellas, bien visibles en su piel, de las horas de trabajo.

El autodenominado ‘primer rey constitucional’ abría a los españoles las puertas de un pequeño recinto por el que han desfilado repetidas veces los portavoces parlamentarios a lo largo de este pasado año de bloqueo político. Y desde allí volvía a dirigirse anoche a todos los partidos, para llamarles al «diálogo», al «entendimiento» y al impulso de «los consensos basicos».

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Apenas un Misterio navideño en un extremo de la estantería -fuera de foco durante casi toda la emisión- y un centro de flores de Pascua sobre la alfombra, para enmarcar la fecha. Nada de planos largos que distrajeran de la figura de un jefe de Estado encorbatado y barba recortada que no dudaba en hablar, además y sobre todo, del principal problema al que, tras el desbloqueo político, se enfrenta ahora España: «No son admisibles ni actitudes ni comportamientos que ignoren o desprecien los derechos que tienen y que comparten todos los españoles para la organización de la vida en común», rompió a decir Felipe VI en relación con el independentismo catalán y su pretendido referéndum, para añadir aún: «Vulnerar las normas que garantizan nuestra democracia y libertad sólo lleva, primero, a tensiones y enfrentamientos estériles que no resuelven nada, y luego, al empobrecimiento moral y material de la sociedad».

La sobriedad del marco parecía agrandar sus palabras, con las que insistió en su despedida: «No son tiempos para fracturas, para divisiones internas, sino para poner el acento en aquello que nos une, construyendo sobre nuestra diversidad»; son tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas, donde nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas. Tiempos para la unión, para trabajar todos juntos, desde cualquier lugar de nuestro país».

Ya no vivimos tiempos», insistió el Monarca, «para encerrarnos en nosotros mismos»

Y es que, si en algo puso el foco el nuevo rey es en que esos nuevos tiempos ya han llegado, y que el reto nacional no reside tanto en enfangarse en cuestiones territoriales como en apostar por la educación de las nuevas generaciones de españoles. Ésa fue, de hecho, su propia y personal apuesta institucional en esta Nochebuena. El sucesor de Juan Carlos I advirtió a políticos y ciudadanos que España debe, no ya asumir, sino adelantarse a una «nueva era» marcada por «los avances de la tecnología». «Nunca antes en la Historia de la Humanidad y en un espacio de tiempo tan corto se habían producido cambios tan grandes. Hoy sabemos que no se trata solo de una revolución tecnológica, es algo mucho más profundo. Es un nuevo modelo del mundo que traspasa fronteras, sociedades, generaciones y creencias». «Ya no vivimos tiempos», insistió, «para encerrarnos en nosotros mismos, sino para abrirnos al mundo».

El monarca, que abrió su discurso con una mención a la Reina y a sus hijas, y un recuerdo para las víctimas de las recientes inundaciones, abundó en ese optimismo que viene tratando de contagiar en todos sus discursos. Anoche lo hizo subrayando las pruebas de «determinación» con que la sociedad española ha respondido frente a la crisis; o los «ejemplos de solidaridad» ante «cualquier emergencia». «Una sociedad que mantenga estas actitudes y estos valores (habló de la familia) no puede tenerle miedo al futuro». «Creo en una España consciente, solidaria, firme en sus valores, alejada del pesimismo, de la desilusión o el desencanto», afirmó, en una sentencia que viene siendo estribillo en sus discursos.

Eso sí, pidió a los españoles una tarea muy similar a la de los políticos en aras de la «convivencia»: «Respeto y consideración a las ideas distintas a las nuestras. La intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena, no pueden caber en la España de hoy». Para no faltar a la costumbre, el jefe del Estado se despidió con una «muy feliz Navidad» en las demás lenguas españolas: «Eguberri no, Bon Nadal, Boas festas».