El documento organizativo presentado esta semana por Pablo Iglesias plantea dar voz y voto dentro del partido a los mayores de 14 años. Lo hace en el artículo 4, donde establece que la Asamblea Ciudadana es el órgano “compuesto por el conjunto de todas las personas inscritas en Podemos”, y que para inscribirse “bastará ser mayor de 14 años, mostrar libremente disposición a participar en la construcción de este proyecto y aceptar el Código Ético”. De imponerse la opción del sector oficialista, los mayores de 14 pasarían a tener los mismos derechos que el resto de inscritos: elegir secretario general y Consejo Ciudadano, aprobar las alianzas electorales, los pactos, los programas, los documentos éticos, las listas…

La propuesta de Iglesias va más allá de lo planteado hasta ahora por quienes defienden ampliar el derecho al voto, una corriente que tradicionalmente ha reclamado la rebaja de los 18 a los 16 años basándose en tres argumentos: equilibrar un censo cada vez más envejecido, fomentar la participación política de los adolescentes y equiparar derechos civiles y responsabilidades. Con 16 años un joven se puede casar, emanciparse, trabajar o pagar impuestos, pero no puede votar. Esa reivindicación, ya clásica, pasó dos veces por el Congreso de los Diputados en 2016 impulsada por ERC, aunque terminó desestimada con los votos en contra del PP, Ciudadanos y el PNV.

España, por tanto, no se unirá aún a Chipre y Austria, los únicos países europeos en los que el límite para votar se establece en 16 años junto a Eslovenia, aunque en el país centroeuropeo la medida afecta sólo a aquellos adolescentes que desempeñan trabajos remunerados. Iglesias, sin embargo, propone una ampliación con plenos poderes desconocida hasta la fecha y que despierta incertidumbre. Por un lado, se ha percibido como una maniobra para facilitar el objetivo de alcanzar antes del año 2020 la cifra del millón de inscritos y 100.000 militantes. Por otro, surge la duda más lógica: ¿Está un niño de 14 años preparado para tomar decisiones políticas?

Sorprendente, pero ‘interesante’

El catedrático de Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) responde con otra pregunta: “¿Lo están los adultos? Hay sectores juveniles bastante politizados y hay otros que pasan de todo, como en cualquier franja de edad”. Benedicto, experto en sociología política y participación juvenil, afirma que la propuesta de Iglesias le sorprendió “en un primer momento”, pero “cuando reflexionas un poco, me parece muy interesante”.

Puede ser muy interesante si luego se analiza y no se usa con un determinado fin”

“Puede ser muy interesante si luego se analiza”, puntualiza: “Si se extraen los datos sobre cuántos se han inscrito, cuántos han participado… y no se usa con un determinado fin”. El experto coloca el foco sobre una virtud: “Hay un requisito previo, que es que sea el chaval el que se interese”. No es, en definitiva, un derecho otorgado como el voto, si no un derecho reclamado, en el que la inquietud política y la motivación social se le presupone al adolescente que solicita el registro.

En la formación morada argumentan, en la misma línea, que al asociacionismo en España es libre a partir de los 14 años y aluden al funcionamiento del resto de partidos. En el PSOE la afiliación a las Juventudes Socialistas se abre a partir de los 14 años, aunque el voto en las primarias se reserva a los mayores de 16, la misma edad con la que se permite el acceso a las Nuevas Generaciones del PP. En Podemos, sin embargo, la figura de las juventudes no existe y la del inscrito lo engloba todo. De la misma manera, desde el sector próximo a Pablo Iglesias defienden la necesidad de involucrar activamente a la juventud en la vida política, de la que clásicamente ha permanecido apartada, por lejanía, por desapego y por la propia exclusión que propician los límites de edad.

¿De dónde viene la apatía?

“La apatía de la juventud tiene mucho que ver con un tipo de política que no tiene nada que ver con sus vidas y que está hecha a su espalda”, defiende Benedicto, que sin embargo cuestiona que la concesión del derecho al voto sea el paso inicial adecuado para la integración adolescente en la vida política: “El derecho a voto no debe ser ni el principio ni el final del camino. Si no va acompañado de nada más, no soluciona los problemas de implicación”.

En este sentido, resulta esclarecedor el artículo La construcción de los imaginarios colectivos sobre jóvenes, participación y política en España, publicado en diciembre de 2015 por el Instituto de la Juventud (Injuve, dependiente del ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad) y en el que se abordaba la percepción que históricamente se ha mantenido respecto a la pasiva relación de los jóvenes con la actualidad y la participación política.

La pérdida de peso demográfico de la juventud ha afectado negativamente a su ‘marginación política’

En la publicación, que firmó Benedicto junto a la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, María Luz Morán, se detallaban “ciertos factores estructurales” que explican esta extendida percepción de “marginación sociopolítica”. Por un lado, “los jóvenes han perdido un considerable peso demográfico, lo que implica que ya no sean un grupo prioritario para las políticas sociales”, y por el otro, “en los márgenes de la vida social, y afectados también por la escasa implicación cívica que permite nuestro sistema democrático, las oportunidades para ejercer sus derechos y deberes son muy escasas”.

“Si no hay nada alrededor del joven que le impulse hacia la acción comprometida y la política se considera un ámbito de responsabilidad de los adultos, es lógico concluir que se estaba construyendo una ciudadanía despolitizada, en la que la mayoría de los jóvenes apuestan voluntariamente por excluirse de los asuntos colectivos”, relata el texto. “Se trataba, en suma, de una autoexclusión”. Es la tesis que defienden también los partidos que abogan por la reducción de la edad del voto a los 16 años: si los jóvenes no tienen la opción de participar, no participarán.

Cae el asociacionismo

En cualquier caso, el mismo artículo pone de relevancia que, pese a no poder votar, en aquellos ámbitos donde los adolescentes sí tienen poder de actuación… tampoco lo ejercen. “Si atendemos a los datos que se proporcionan tanto en esta obra como en otras investigaciones, el asociacionismo juvenil nunca ha tenido una importancia cuantitativa destacada”, señala. “A lo largo de los 90 y principios del 2000 la pertenencia a asociaciones oscilaba entre el 36% y el 39%, porcentaje que desciende bruscamente en la primera década del siglo XXI, de acuerdo con el Informe Juventud en España 2012, que sitúa la tasa de asociacionismo juvenil en el 22%”, detalla. Los datos para actividades de voluntariado o altruistas son más bajos todavía, en torno al 10%, y las de las asociaciones dirigidas a la transformación social se sitúan entre el 2 y el 5%.

La nueva tendencia es dibujar al joven como emblema y salvador del sistema democrático, frente al ‘peligro’ de la tercera edad

Y eso, pese a que la presunta vinculación entre juventud y política se ha intensificado tras el movimiento del 15-M. O eso se ha dicho. El joven, como apunta Iglesias al pretender ampliar la edad de decisión hasta los 14 años, es el nuevo emblema y salvador del sistema democrático, frente a la senectud que suele emplearse, en términos electorales, de forma peyorativa. El voto de la tercera edad es prejuicioso, egoísta y desinformado, en contraposición al del joven, que no parece serlo en absoluto.

“Del joven desenganchado de la política, con un alto grado de desafección institucional y sólo preocupado por enfrentarse a la crisis se pasa, casi sin solución de continuidad, al relato de una ‘generación indignada’ con un elevado potencial de politización y movilización colectiva, y que plantea en el espacio público nuevas formas de hacer y entender la política”, avanza en esta línea el citado estudio.

Extremos

“No hay que caer ni en una exageración ni en otra”, señala Benedicto, que admite que el 15-M dio paso a un proceso de “repolitización crítica”, que sin embargo choca una y otra vez contra una realidad sociológica: los jóvenes son menos y, además, votan menos. La abstención entre el grupo de edad de entre 18 y 30 años es, con diferencia, la más alta de todo el espectro electoral, y la intención de no acudir a las urnas superó en los meses previos al 20-D el 50%.

Un efecto, según el experto, que se arrastra a partir del déficit de cultura democrática que se produce en las escuelas: “Deben unirse muchos procesos, entre ellos el educativo. Sólo se aprende a participar participando y eso, desgraciadamente, en nuestras escuelas no pasa. Es un terreno muy poco explorado”. Unas escuelas que, además, arrojan una última duda sobre la conveniencia de la decisión política a los 14 años: si se examinan los planes de estudios de las asignaturas de Ciencias Sociales y Geografía e Historia, hasta esa edad los niños estudian las edades históricas, los grandes imperios y los movimientos de población, pero apenas nada sobre la historia de España, pasada y reciente.