Es la mejor fórmula para no repetir lo ocurrido. Para no cometer injusticias, poder convivir y saber olvidar. Se llama memoria y en Euskadi han comenzado a construirla desde dos orillas. ‘Dos memorias’ hilvanadas de testimonios y hechos, que aspiran a hacer justicia con todos, y que avanzan de forma paralela. Ambas se han propuesto documentar con rigor lo que sucedió, sellar para siempre lo que lo provocó y abrir un tiempo nuevo para vivir en paz. Cada una de ellas se elabora con sus matices, sus subrayados y sus luces y sombras. A un lado la que engarzan las instituciones vascas en el Instituto Gogora, al otro la que documenta el Ministerio del Interior en el Centro Memorial de Vitoria. Ambas abordan el dolor más reciente, el de ETA. Gogora también lo hace con el más lejano, el de la Guerra Civil y el Centro Memorial con el presente, el yihadista.

Una memoria compleja de esculpir y que requiere no sólo de voluntad y reconocimientos, sino también de tiempo. Muestra de todo ello es lo vivido en el último mes en el País Vasco, donde mientras todos los partidos, incluido el PP, se unían -80 años después- para honrar a las víctimas de la Guerra Civil ante un ‘Columbario de la Dignidad’ y descanso a los restos de 27 víctimas de la guerra, pocas jornadas antes, en el Parlamento Vasco, se volvía a evidenciar que la unidad en torno a una memoria, un relato consensuado sobre la violencia más reciente, tendrá que esperar. El PP renunciaba a formar parte de una ponencia sobre Memoria y Convivencia aduciendo que se rebajaba la exigencia de deslegitimación de la violencia a la izquierda abertzale.

La memoria ‘oficial’ del terrorismo en el País Vasco corre a cargo del Instituto Gogora, del Gobierno Vasco, y el Centro Memorial, del Gobierno de España.

Relatos en los que los conceptos juegan un papel determinante. «Inclusiva» con todas las víctimas y experiencias vividas, es el que predomina en el prisma sobre el que se levanta la memoria del Gobierno vasco y «justa con las víctimas», el que lo hace en la del Memorial. El pasado jueves una nueva perspectiva, la de Elkarrekin Podemos, se incorporaba oficialmente al Instituto Gogora, del que ahora pasará a formar parte.

Y mientras unos y otros redactan cómo se contará la historia oficial de lo ocurrido, el País Vasco volvió a constatar que aún hace falta tiempo. Quizá más de lo deseado. Diferencias en torno a la celebración de un minuto de silencio por una víctima volvían a enrarecer el clima político en Lasarte, las pintadas acusando de «Asesino» al PNV -atacando una de sus sedes- o las concentraciones de Sortu ante varias comisarías para acusar de torturadora a la Ertzaintza nos trasladaban a escenas del pasado. A este inquietante dejà vu se sumaban las acusaciones de «chivato» y «mentiroso» lanzadas desde el sector más duro de la izquierda abertzale a Arnaldo Otegi por insinuar su deseo de retornar a las armas, «nos pone en el punto de mira», denunciaban. Torturas, puntos de mira, pintadas y chivatos.

Relatos con prioridades y matices diversos

Es en este contexto en el que las ‘dos memorias’ del terrorismo de ETA se construyen en Euskadi. Por el momento no son iguales. Del relato de sus máximos responsables se concluye que mientras una prioriza los consensos alcanzados en pos de una memoria «inclusiva», la otra fija en primer lugar las graves carencias en lo relativo al reconocimiento de daño causado que aún persisten. Mientras una reitera que es hora de relegar las diferencias y «convertir en noticia» lo que nos une, la otra reivindica que no se deje ni un resquicio sin cerrar ante una justificación del pasado terrorista de ETA como remedio para vacunarse y que nadie tenga la tentación de volver a enarbolar la bandera de la banda terrorista. Dos focos para una misma memoria.

«El desacuerdo en esta materia debería ser la noticia. Llevamos muchos años poniendo en valor la diferencia, cuando ahora se generan espacios de encuentro permanentemente, uno tras otro. Lo que hoy debe ser noticia son precisamente esos consensos que se están alcanzando», asegura Aintzane Ezenarro, directora del Instituto Gogora. Este centro aspira a «preservar y transmitir» la memoria de las «experiencias traumáticas» y violentas del último siglo, lo que abarcan desde la Guerra Civil hasta la dictadura Franquista, ETA y los «contraterrorismos ilícitos». Ezenarro pone como ejemplo los numerosos actos que desarrolla Gogora, como el celebrado en uno de los municipios más agitados en los años de violencia etarra, Mondragón, donde cientos de personas escucharon los testimonios de víctimas de ETA «sin crispación». «Diría que en Euskadi se están dando más espacios de acuerdo que en otros muchos lugares».

La responsable de Gogora apela a poner en valor los consensos, el del Centro Memorial subraya la carencia de quienes aún no condenan a ETA

A lo largo de sus más de dos años de actividad, Gogora ha desarrollado actividades en favor de la memoria, tanto la «histórica», relativa a la Guerra Civil, como la más reciente, la vinculada a ETA desde 1960 y al terrorismo de Estado. Apuesta por una memoria que no pueda emplearse ni para excluir, ni para equiparar acontecimientos y menos aún para legitimar ningún terrorismo o conculcación de derechos. Una de las herramientas más valiosas con las que trabaja son los testimonios grabados de 120 víctimas del terrorismo, -a través del programa Gertu-, de las alrededor de 300 familias víctimas del terrorismo que existen en Euskadi, y con cuyas experiencias no sólo se organizan actividades de sensibilización sino también actos en centros educativos vascos.

Una memoria sin “reconstrucciones ideológicas”

El otro hacedor de memoria es el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, que dirige el periodista Florencio Domínguez, experto en ETA. En el patronato de la institución, presidida por el Rey, también está presente el Gobierno Vasco y el de Navarra. Adscrito al Estado, establece como su objetivo prioritario «preservar y difundir los valores democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo». Domínguez asegura que la memoria en la que ellos trabajan va asociada a «la verdad histórica». Afirma que en este proceso en ningún caso se trata de hacer «una reconstrucción creativa del pasado» o de adaptar lo ocurrido «a una visión del presente. Insiste en el rigor documental e investigador como la premisa esencial para dar forma a una memoria colectiva. En el caso del Centro Memorial esta tarea está asignada al Instituto de historia Social Valentín de Foronda «para dar soporte acreditativo y solvente a todo lo que se haga, sin reconstrucciones ideológicas», asegura Domínguez.

Debemos dar soporte acreditativo y solvente a todo lo que hagamos, sin reconstrucciones ideológicas»

En este centro, cuya sede se encuentra aún en construcción en el antiguo Banco de España de Vitoria, y cuyas puertas al público se abrirán, probablemente en 2018, albergará una de las bases de datos más amplias de la historia de ETA. Además del material de particulares, asociaciones de víctimas y diferentes entidades que ya lo han cedido, el Centro Memorial albergará el material de ETA incautado por la policía francesa en los últimos treinta años.

Además del análisis de ETA, también incluye entre sus tareas el estudio y documentación de otras manifestaciones terrorista como los GAL, la Triple A, el Batallón Vasco Español o los GRAPO y una lacra más reciente, el yihadismo.

El riesgo de no cerrar bien ‘la herida’

Domínguez afirma que en la elaboración de esa memoria una de las mayores dificultades es la resistencia de amplios sectores de la izquierda abertzale «a adoptar una mínima autocrítica a la actuación de ETA, de su trayectoria, eso es una grave carencia». «Eso imposibilita que pueda haber un marco compartido para afrontar ese pasado». En su opinión, la realidad social que vive el País Vasco hace necesario poder contar con una memoria rigurosa de lo sucedido. Recuerda que es necesario actuar de manera activa para extender una visión crítica de lo sucedido, sin dejarse llevar. «Actualmente, en Euskadi conviven generaciones, como las menores de 25 años, que no han tenido una vivencia del terrorismo de ETA, y las más mayores, que sí la han tenido, pero que quieren desentenderse, quieren olvidar».

Si no cerramos bien la puerta en el futuro una generación podrá coger la bandera de razones que dejó ETA»

Respecto a la necesidad de aferrarse al paso del tiempo como el mejor impulso para consensuar una memoria, tanto Ezenarro como Domínguez, consideran que es mejor adelantarse. En el caso de la responsable del Instituto Gogora, señala que el tiempo no siempre es garantía de poder acordar un relato. «Basta con hacerse una pregunta: ¿ha pasado tiempo suficiente desde la Guerra Civil y el Franquismo como para que tengamos un discurso mínimo del Estado español sobre lo ocurrió y que lo que sucedió estuvo mal?». Añade que en el País Vasco, en un plazo mucho más corto de tiempo, ya se han dado pasos «para compartir una reflexión crítica respecto a lo que ha ocurrido».

Por su parte, para el director del Centro Memorial la máxima prioridad debe pasar por dejar bien asentado en la sociedad «la idea de que no hubo ninguna justificación para el terrorismo». Domínguez advierte de que si se deja al albur del tiempo esta tarea «estaremos dejando una puerta abierta en la que, quizá no a corto plazo pero sí a futuro, una generación nueva pueda recuperar esa bandera de razones que dejó ETA».