El primer asalto del populismo en Europa en 2017 se libra en las urnas holandesas este miércoles 15 de marzo. Todas las miradas se concentran en Geert Wilders, un político cuya ideología encaja como un molde perfecto en ese populismo que, según el politólogo holandés Cas Mudde, concibe la política como “la expresión de la voluntad del pueblo”. Wilders incluso ha puesto nombre a los representantes de ese pueblo: Ingrid y Henk, la pareja modelo a quien dedica todos sus esfuerzos para que Holanda vuelva a ser de los holandeses.

Su éxito daría vigor a su aliada, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, que aspira al Eliseo en las elecciones del 23 de abril y el 7 de mayo. Tienen ya precedentes en América, con la conquista de la Casa Blanca por Donald Trump, y en Europa (Polonia, Hungría y el Brexit).

“Cuando miro lo que pasa en América, y en otros países de Europa, me doy cuenta de que no sólo Polonia parece haberse vuelto loca. Tenemos a Marine Le Pen en Francia, a Geert Wilders en Holanda, a Viktor Orban en Hungría… Hay una tendencia comparable a lo que pasaba en Europa en los años 30”, afirmaba el veterano periodista polaco Adam Michnik, editor de Gazeta Wyborcza, esta semana en un encuentro sobre La amenaza de los populismos a la democracia europea organizado por la Fundación Carlos de Amberes.

Wilders (Venlo, 1963) lidera el Partido de la Libertad (PVV, en sus siglas en holandés) desde que lo creó en 2006 y es su único miembro. En esta campaña especialmente domina el debate político, a pesar de que apenas comparece en actos públicos, debido a cuestiones de seguridad.

Amenazado de muerte desde hace años, vive vigilado las 24 horas del día a costa del Estado, y sólo ve a su esposa, una diplomática húngara, una vez a la semana. Es el candidato aislado que se comunica a través de Twitter con “un pueblo” que le siente en muchos casos más cercano que los políticos tradicionales. Aunque se presenta como un “outsider”, lleva en el Parlamento holandés casi dos décadas. Es el cuarto diputado más longevo.

Los asesinatos del político ultraderechista Pim Fortuyn, en 2002, y el cineasta Theo van Gogh, en 2004, han marcado su trayectoria y explican su radical anti islamismo. Fortuyn, que ya hablaba de declarar la guerra al islam tras el 11-S, fue asesinado en plena campaña electoral en 2002 por un activista contrario a sus postulados.

Aquel crimen conmovió los cimientos de los pacíficos Países Bajos. Wilders recogió su testigo y se fue apartando del Partido de la Libertad y la Democracia (VVD), donde dio sus primeros pasos en política. Escribía los discursos de Frits Bolkestein, que comenzó a cuestionar el multiculturalismo. En 2004 un holandés de origen marroquí acabó con la vida del cineasta Theo van Gogh, autor de Sumisión, documental crítico con el Islam. Con estas redes teje su feroz anti islamismo Wilders, lo que le llevó a romper definitivamente con el VVD por su tibieza en temas migratorios.

Wilders se reclama heredero de los valores liberales… sus políticas serían la única manera que la tolerancia y la libertad sobrevivan”

Según Guillermo Graíño, profesor de Teoría Política en la Universidad Francisco de Vitoria, “las elecciones en Holanda pueden tener cierta carga simbólica porque el país representa todo lo contrario de lo que asociamos al populismo: libertad, tolerancia… Pero Wilders, y Fortuyn antes, se reclaman en herederos de estos valores: sus políticas serían, así, la única manera de hacer que la tolerancia y la libertad sobrevivan”.

Meindert Fennema, autor de Geert Wilders. El aprendiz de mago, explica que “la clave de su éxito es que moderniza el discurso de la derecha radical, y combina el nacionalismo con la defensa de los derechos de los homosexuales y de las mujeres, con una posición claramente antisemita”.

El politólogo holandés destaca que el manifiesto de Wilders, que se titula Holanda, de nuevo nuestra y apenas ocupa un folio, defiende “prohibir el Corán, cerrar las mezquitas y salir de la Unión Europea y del euro”, si bien recuerda que Wilders nunca ha superado el 20% de los votos, “y no lo hará tampoco esta vez”. Desislamización, antieuropeísmo y proteccionismo antiglobalización son sus pilares, sin detenerse a dar detalles sobre cómo poner en marcha sus políticas. Populismo en estado puro.

Según el último sondeo de Ipsos, el partido que lidera Wilders (PVV) obtendría 23 escaños y sería la segunda fuerza más votada por detrás del Partido de la Libertad (VVD) del primer ministro Mark Rutte (La Haya, 1967), que lograría 26 escaños (ahora 41). Ahora gobierna con los laboristas (PVdA) que tendrían 11 diputados (partían de 38).

El Parlamento cuenta con 150 escaños y la mayoría son 76, de modo que varios partidos habrán de negociar un pacto para gobernar. Las conversaciones entre los grupos políticos están a cargo del llamado “informador”, que antes era el vicepresidente del Consejo de Estado (asesores del rey) y ahora es designado por el Parlamento. Debido al sistema electoral proporcional y de circunscripción única se calcula que esta vez entren en la Cámara esta unos 14 partidos. Algunos de los que se presentan son tan singulares como el Partido de los mayores de 50 o el de los No Votantes.

“Holanda es un clásico ejemplo de democracia consociativa, donde los gobiernos se forman con amplias coaliciones de pequeños partidos. En sistemas así se pueden ganar las elecciones con un 22% de apoyo, pero es imposible formar gobierno sin sumar más partidos. Como nadie quiere pactar con el PVV, es imposible que toque poder”, señala Graíño.  “La ventaja de este llamado cordón sanitario es que así se impide que gobierne. El riesgo es que Wilders se convierte así en el principal actor de la oposición, y si fracasa el gobierno, su éxito sería mayor”, afirma el politólogo Pablo Simón, editor de Politikon y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid.

El riesgo del ‘cordón sanitario’ es que se convierte en el principal actor de oposición y si fracasa el gobierno, su éxito sería mayor”

Sin embargo, el mensaje populista cala en los partidos tradicionales. Rutte ha endurecido sustancialmente su discurso sobre inmigración en la campaña para atraer a los votantes dubitativos de Wilders. Defiende que quienes vivan en los Países Bajos han de adaptarse al país. “Si no te gusta como se vive aquí, vete. Puedes elegir”, dijo en un mensaje inconcebible en los años del multiculturalismo monocorde.

“Rutte ha basado su campaña en la confrontación con Wilders. Dice al electorado: ‘Yo soy el orden establecido frente al desgobierno que representa Wilders”, destaca Pablo Simón. Hay quienes como Steven Adolf, ex corresponsal en España de De Volkskrant y ahora en el semanario Elsevier, no se fían de que el actual primer ministro no tienda la mano finalmente a Wilders. “Rutte se presenta como un Wilders light. Puede que luego no cumpla su palabra y pacte. No sería la primera vez”, afirma Steven Adolf, desde Ámsterdam.

El intercambio de tuits entre Rutte y Wilders sobre el denominado cordón sanitario para impedir que gobierne retrata bien cómo maneja el líder populista esta red social. Rutte decía: “Cero por ciento, Geert. Cero. No va a pasar”. Y contestaba Wilders: “Son los votantes los que deciden, Mark, al cien por cien. Y nadie en este país te cree ya”.

El voto a Wilders no se explica en términos económicos solamente. Tampoco si atendemos solo al nivel educativo, o la distribución geográfica. Es una combinación de factores en los que la cuestión identitaria desempeña un papel clave. Los datos económicos aislados pueden despistar. El 82% de los holandeses en edad laboral tienen empleo, mientras que en Alemania es un 68%. La renta per cápita es de 53.000 dólares, un 38% más que la española.

Los holandeses no se comparan con los griegos, sino con los holandeses de hace una década, o con lo que creen que eran ellos hace una década”

Sin embargo, la calidad de los empleos empeora, el país ha pasado por ocho años de ajustes tras la crisis, y tienen dificultades de acceso al crédito, según informaba el Financial Times. “Si las cosas van bien o no es relativo. Los holandeses no se comparan con los griegos, sino con los holandeses de hace una década, o con lo que creen que eran los holandeses hace una década”, decía el politólogo Cas Mudde al FT.

“Los votantes de Wilders son jóvenes y están muy preocupados por la identidad cultural de los Países Bajos. Es un voto protesta con una importante dimensión cultural. Entienden que el cosmopolitismo hace que nos disolvamos como sociedad. Nace un eje nuevo: abierto/cerrado… La izquierda y la derecha clásica tienen menos importancia y estos nuevos partidos crecen, aunque no los reemplacen totalmente”, explica Pablo Simón.

Para Steven Adolf se trata de un voto contra la élite. “Muchos de los que le van a apoyar no están de acuerdo con todo lo que dice pero quieren un cambio. Piensan, como los que respaldan a Trump, que hace falta alguien así para romper los mecanismos de siempre”. En palabras del polaco Adam Michnik, “los que votan a los populistas se sentían abandonados por el Estado, No se trata sólo de redistribución de la riqueza, sino de redistribución del prestigio y de la dignidad”.

Wilders ha puesto en el centro del debate la cuestión migratoria, algo que era prácticamente un tabú en los Países Bajos. No se trata tanto de que sean muchos los inmigrantes -un 12,1 % de la población en 2015; un 5% de origen musulmán- sino de que entran en el reparto de los beneficios sociales, que son cada vez menos, y de si se integran o no en la cultura holandesa. La percepción de los holandeses es que los inmigrantes musulmanes son un 19%, y es cierto que el número global casi se ha duplicado en dos décadas de un 7,5% en 1996 al 12,1% en 2015, según datos oficiales.

“Lo que no había en los Países Bajos era un debate sobre el modelo de integración. Se daba por hecho que el modelo liberal era un todo vale. Era un tabú. Ahora se lo plantean. Wilders no da soluciones, salvo cerrar fronteras, pero políticamente no se pueden negar los conflictos”, mantiene Adriaan Kühn, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco de Vitoria y de origen germano-holandés.

A Wilders no le interesa gobernar, sino estar en la oposición, desde ahí ya consigue que los otros cambien su política”

Kühn destaca la habilidad de Wilders para fijar la agenda política, hasta incluso rentabilizar su condición de amenazado y perseguido. Como Mark Singer sostiene en el caso de Trump, Kühn defiende que a Wilders “no le interesa gobernar, le interesa más la oposición, y además ya tiene resultados porque Rutte cambia su política. Logra cambios en la agenda desde la oposición”. Es a lo que se refiere Mudde cuando habla de un “Zeitgeist populista” y de la contaminación populista del mainstream político.

El éxito de Wilders, aunque no llegue a primer ministro, se interpretaría también en clave francesa. Y a Marine Le Pen, que tiene un programa más elaborado que el manifiesto del líder holandés, sí le gustaría gobernar. “Si Wilders consigue buenos resultados, puede animar el voto hacia Marine Le Pen en Francia, aunque allí la dinámica es distinta por las dos vueltas más la tercera que son las legislativas de junio”, señala Simón.

Un Trudeau holandés

Si de Wilders se ha dicho que es el Trump holandés, en sus antípodas está quien puede convertirse en el líder del principal partido de la izquierda del país, el carismático y jovencísimo ecologista Jesse Klaver (Roosendaal, 1986), una versión europea de Justin Trudeau. Es el representante del cosmopolitismo abierto que confronta con el nacionalismo cerrado. Según el sondeo de Ipsos, puede conseguir 14 escaños de los cuatro actuales.

“La Izquierda Verde ha hecho una campaña a la americana en torno a Klaver, joven, atractivo, de origen marroquí, y con la imagen del yerno perfecto. Ha logrado que su mensaje cale hondo en muchos jóvenes. Sigue el lema de Michelle Obama: ‘Cuando ellos atacan por debajo, nosotros nos elevamos'”, señala Meindert Fennema.

Jesse Klaver, al igual que Justin Trudeau en Canadá, puede ser el germen de esa alternativa al populismo. En un reciente artículo en Project Syndicate, el historiador y periodista holandés Ian Buruma, autor de Asesinato en Amsterdam: la muerte de Theo van Gogh y los límites de la tolerancia, se lamentaba de esa falta de opciones frente a los populistas.

Sostiene Buruma: “Hasta ahora, en Europa y Estados Unidos, los demagogos sólo han podido ofrecer sueños: recuperar nuestro país, hacerlo grande otra vez, etcétera. Para evitar que esos sueños se conviertan en pesadillas políticas, se necesita algo más que experiencia tecnocrática o llamamientos al civismo y la moderación. A los furiosos no se los puede convencer con luminosas razones: hay que ofrecerles una visión alternativa… Hoy el problema en todo el mundo es que esa alternativa no está a la vista. Ya pasaron más de dos siglos desde la Revolución Francesa, y ‘libertad, igualdad, fraternidad’ ya no es sino una consigna histórica. Pero tal vez haya llegado el momento de actualizarla”. Es la hora de los líderes del cosmopolitismo abierto que mira hacia arriba.