Tan reciente como habitual, la escena ya es un clásico laboral contemporáneo. El móvil siempre encendido y la mirada furtiva que se dirige a la luz que avisa de las notificaciones. Todo el rato. Las órdenes ya no se dan sólo en despachos ni se gritan de mesa a mesa. Puede ser un whatsapp antes de cenar o un mail para cerrar el día. Ni siquiera tienen que ser órdenes. «Mañana atento a…», «Tenemos pendiente que…». La tecnología permite avances obvios pero también facilita situaciones que se han colado en nuestro día a día sin preguntar: la tensión mantenida, el estado de alerta, el foco constante.

Algunos supieron marcar sus barreras, la mayoría no. Un estudio elaborado en España por Edenred e Ipsos hace dos años ya advertía de que al 65% de los trabajadores se les requiere fuera de sus horarios de trabajo y que la gran mayoría de estas situaciones se producen debido a la digitalización. Hoy ese número ha crecido y los expertos recuerdan que de su mano lo han hecho otros dos fenómenos: el estrés laboral y los problemas de conciliación que se derivan de él.

La literatura académica al respecto es profusa y la sintetiza bien un estudio presentado en 2016 por investigadores holandeses de las universidades de Rotterdam y Nijmegen que relacionaba el uso del smartphone fuera de horas laborables con el comportamiento familiar de los trabajadores que colaboraron con la investigación. Recordaba el trabajo que «se considera que las nuevas tecnologías de la comunicación, incluyendo a los smartphones, diluyen las fronteras entre el trabajo y la vida familiar», y recordaba que estas herramientas «también permiten a los trabajadores extender su jornada». «Por todo esto, los empleados pueden elegir deliberadamente entre cuándo y dónde quieren trabajar: en la oficina tradicional, en casa o, prácticamente, en cualquier lugar y en cualquier momento», planteaba.

España estudia seguir a Francia

Generalmente suele ser lo último, hasta el punto de que el Gobierno español planea regular estas relaciones entre trabajador y empresa. Así se lo reconoció esta misma semana a través de una respuesta escrita al diputado del PDeCat Carles Campuzano: «La Secretaría de Estado de Empleo está estudiando la posibilidad de una regulación que reconozca el derecho de los trabajadores a la desconexión digital de su empresa una vez finalizada su jornada laboral». El lunes, el PSOE llevó el tema al Congreso en forma de proposición no de ley, siguiendo un camino abierto antes por En Comú Podem.

De concretarse esta intención aún primitiva, España seguiría el camino marcado por Francia, que incluyó este asunto en la polémica reforma laboral que entró en vigor el pasado 1 de enero. Lo incluyó, eso sí, de refilón, porque la intervención directa del Estado es como poco complicada en un asunto que afecta a comunicaciones privadas, a grupos en aplicaciones de mensajería instantánea con compañeros del trabajo, a profesiones casi incomparables…

La regulación francesa se limita exclusivamente a reconocer la posibilidad de que las empresas de más de 50 trabajadores puedan negociar este tema con los empleados e incluirlo en sus convenios laborales. Ni castiga, ni premia ni obliga a nada, pero sitúa el debate por primera vez a nivel público y político.

Es una muy buena iniciativa llamar la atención sobre esto. Se ha de regular», defiende José María Peiró

«Es una muy buena iniciativa llamar la atención sobre esto. Se ha de regular», defiende José María Peiró, representante del Consejo General de la Psicología de España (CGCOP) en los grupos de trabajo de la Federación Europea de Asociaciones de Psicólogos (EFPA, por sus siglas en inglés). «Salvo que firme un compromiso a estarlo, cuando uno trabaja por cuenta ajena debe tener el derecho a no estar siempre localizable porque el descanso es la única manera de recuperarnos. Si no se descansa nunca, y esto al trabajador le angustia, entonces es cuando se quema y puede dejar su puesto debido al burnout«.

Terreno difuso

El problema radica en cómo se aplica la regulación. «El instrumento adecuado probablemente no sea la regulación legal porque depende en gran medida del tipo de trabajo y de los sectores de actividad. La regulación debería venir de la mano de la negociación colectiva en la empresa o en el ámbito sectorial», valora Ana Godino, socia del despacho especializado en Derecho Laboral Sagardoy, que recuerda que el trabajador «ya tiene comprometida una determinada jornada y horario que debe cumplir y que puede exigir que se respete por el empresario de modo que no haya atención a cuestiones de trabajo cuando finaliza».

La Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo ya se han pronunciado antes a favor de los trabajadores

Y es que aun sin leyes concretas en este sentido los tribunales ya se han pronunciado al respecto en algunas ocasiones. La Audiencia Nacional declaró nulas hace ya 20 años las instrucciones de una empresa que obligaba a mantener una «conexión ininterrumpida» con la compañía y los clientes a través de teléfono móvil por entender que la demanda sobrepasaba «las facultades normales y regulares de la empresa cuando se solicita en horas no coincidentes con la jornada de trabajo asignada». 

«Más recientemente, el Tribunal Supremo ha anulado una cláusula por la que se obliga a comunicar un número de teléfono y/o correo electrónico para contactar con el empleado fuera de su horario», recuerda Godino, para quien «no cabe duda de que en el futuro habrá más pronunciamientos sobre el uso de las tecnologías fuera del tiempo de jornada laboral y su consideración como trabajo efectivo».

El móvil y el estrés

Porque, básicamente, lo es. «La proliferación tecnológica es un hecho y el ámbito laboral está inundado, hay muy pocos espacios que escapen a esto», expone Peiró, que confirma que «hay una relación» entre esta circunstancia y el incremento del estrés laboral, un fenómeno que se ha producido clásicamente debido a dos situaciones. Primero, que una persona perciba «que no tiene capacidades o recursos para dar respuesta a las demandas que se le exigen». Segundo, que «pese a tener los recursos y el esfuerzo, el desequilibrio se produzca cuando, al alcanzar los objetivos, no se le reconozcan después».

La hiperconectividad añade una tercera vía, cada vez más común: «Un exceso de demanda de disponibilidad, cuando no va acompañado de unas contraprestaciones, también supone una causa de estrés», analiza el psicólogo, que sin embargo admite que no en todas las profesiones ni en todos los ámbitos es posible controlar estas situaciones: «¿Puede un autónomo desconectar por completo y descubrir al día siguiente que ha perdido cuatro oportunidades de negocio?».