Política

“Azaña conocía y validó el fraude en las elecciones de 1936”

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“Azaña conocía y validó el fraude en las elecciones de 1936”
Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García.

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García. Mario Viciosa

Resumen:

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García son profesores titulares del Área de Historia en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Ambos han publicado conjuntamente un estudio exhaustivo sobre las condiciones en que se celebraron las últimas elecciones en la República, en febrero de 1936, y documentan de forma minuciosa la dimensión y las consecuencias del fraude promovido por las fuerzas del Frente Popular, fraude que fue conocido y, a pesar de todo, validado por las Cortes con la anuencia del gobierno de Manuel Azaña.

El libro ( 1936 Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Ed. Espasa) descubre pormenores desconocidos hasta ahora sobre ese período convulso de la Historia de España y ha levantado una gran polémica.

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García son profesores titulares del Área de Historia en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ambos han publicado conjuntamente un estudio exhaustivo sobre las condiciones en que se celebraron las últimas elecciones en la República, en febrero de 1936, y documentan de forma minuciosa la dimensión y las consecuencias del fraude promovido por las fuerzas del Frente Popular, fraude que fue conocido y, a pesar de todo, validado por las Cortes con la anuencia del gobierno de Manuel Azaña. El libro ( 1936 Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Ed. Espasa) descubre pormenores desconocidos hasta ahora sobre ese período convulso de la Historia de España y ha levantado una gran polémica.

Pregunta.- ¿Son ustedes los historiadores del PP?

Roberto Villa.- En absoluto. Nosotros somos historiadores a secas. Votamos como los biólogos, como los médicos, como los maestros. Y si tuviéramos que ponernos un calificativo detrás sería “políticos”. Somos en todo caso historiadores políticos porque hacemos Historia Política.

P.- He leído que les adjudican ese cartel.

Manuel Álvarez Tardío.- Por una razón muy sencilla y es porque en España, o se es historiador dentro de unos límites de “corrección” o, si estás fuera de esos límites, si te atreves a contar las cosas como crees que de verdad sucedieron, hay que buscarte un calificativo. A veces es “historiador del PP”, a veces es “historiador de la derecha”, otras veces es “revisionista”. Siempre hay que buscar un calificativo.

P.- Un calificativo descalificativo…

M.A.T.- Sí, despectivo, una forma de descalificar de tal manera que, dentro de la comunidad y dentro del “orden correcto”, uno es un historiador profesional pero fuera de él es alguien a quien hay que ponerle un calificativo.

P.- Por lo tanto, concluyo que vuestro libro no ha gustado a “la autoridad”.

R.V.- Hay de todo. Las reacciones han sido muy plurales, ha habido muchísima gente a la que le ha gustado mucho el libro, que ha sido para ellos un descubrimiento, y otra gente que se imaginaba ciertas cosas que nosotros hemos demostrado. Javier Tusell había abierto ya un camino bastante importante y otros estudios provinciales habían señalado alguna cosa. Pero este libro ha servido para ratificar y conocer mejor todo lo que ocurrió en los últimos meses previos a la guerra civil.

M.A.T.- Hay que decir que la Historia política, la Historia narrativa, basada en fuentes, en hechos concretos, lleva mucho tiempo en decadencia dentro de lo que llamaríamos la historiografía “oficial”. Y cuando tú publicas un libro en el que lo que haces es narrar una historia de acontecimientos políticos de tal forma que vas descubriendo la verdad a través del relato y del orden cronológico y construyes un relato verosímil y fundado, pues es muy difícil de desmontar. Y yo creo que buena parte de las reacciones más, digamos histéricas, tiene que ver con una cierta impotencia ante el libro.

P.- ¿Qué dice el libro de nuevo que no hayan dicho anteriores investigaciones?

M.A.T.- El lector se va a quedar impresionado porque dice muchas cosas. Pero hay algunas que son muy importantes. Una, la que más ha llamado la atención, es que, cuando se está llevando a cabo el recuento electoral, que en aquella época duraba varios días, el gobierno que ha presidido las elecciones y que tiene que garantizar el orden en aquel recuento, que ha prohibido las manifestaciones y que ha dado órdenes de que el recuento se haga dentro de la legalidad, se ve acorralado y se marcha. Huye. Y llega Azaña al poder. ¿Qué cuenta el libro? Pues el libro cuenta por primera vez por qué se va ese gobierno. El libro descubre también que Azaña llega al poder de forma legal, porque le nombra el presidente de la República pero cuando todavía no ha acabado el recuento. Parte de las reacciones histéricas que hemos tenido tienen que ver con tratar de ocultar ese hecho que había pasado desapercibido: que Azaña no llega al poder porque el recuento haya acabado: No, el recuento no ha terminado.

Existían posibilidades muy reales de que el recuento electoral hubiera podido decantarse a favor del bloque de centro-derecha. Pero eso lo cortocircuita el fraude.

P.- Ni las elecciones tampoco porque había una segunda vuelta.

M.A.T.- Claro, claro, ni las elecciones tampoco. Y un segundo aspecto que cuenta el libro y que no se conocía es qué pasa después de que Azaña llega al gobierno en la tarde del día 19 de febrero de 1936. Las siguientes 36-48 horas son cruciales para el recuento. Pero durante esas horas cruciales nosotros demostramos en este libro que la movilización violenta no disminuye sino que crece. Y que el final del recuento se ve sometido a una tensión y a una presión que impide en algunos sitios que haya garantías. Y el tercer punto del libro que es la parte capital y la que más ha llamado la atención es el relato de cómo se produce el fraude.

R.V.- Efectivamente. En estas elecciones a diferencia de las anteriores [en 1933] lo que ocurre después de que Azaña llegue al poder es que las autoridades provinciales que habían sido previamente dirigentes locales del Frente Popular toman directamente los gobiernos civiles y las diputaciones y se hacen con la documentación electoral que en ese momento ya había llegado allí. Esto ocurre en determinadas provincias que son provincias que tienen la capacidad evidente de producir un vuelco electoral porque el resultado está muy apretado,  que tienen la capacidad de decantar la mayoría hacia un bloque o hacia el otro y esto es lo que hace que finalmente el Frente Popular consiga en una primera vuelta una mayoría absoluta  que hace que el resto de las elecciones ya no tenga trascendencia. Es decir, cuando llega la segunda vuelta el Frente Popular ya se ha asegurado la mayoría. [*]

*La ley Electoral de 1933 establecía que en aquellas circunscripciones en las que un candidato no hubiera alcanzado el 40% de los sufragios se debía celebrar una segunda vuelta.

P.- Se la ha asegurado fraudulentamente.

R.V.- Efectivamente.

M.A.T.- Y ahí está el problema. Nosotros demostramos que hay un volumen de actas y de escaños no muy grande pero decisivo. Por eso hemos insistido mucho estos días en que no es un fraude masivo, que afecte ni mucho menos a todas las provincias pero sí que es decisivo. Porque hay que explicar que en aquella época los españoles confeccionaban su propia lista al ir a votar y decidían a qué candidato le daban su voto. Cuando se hacía el recuento, el candidato -no una lista, sino un candidato- que se llevaba el puesto era el candidato que más votos había sacado y así sucesivamente hacia abajo. Entonces, un pequeña modificación en la diferencia de votos podía significar…

R.V.- … pues que todo el cupo de las mayorías  fuese hacia una candidatura completa u otra. Entonces, en cada provincia el que ganaba, aunque sólo fuera por un voto, en la práctica podía llevarse hasta el 75% de los puestos; el que quedaba el segundo, el 25% y el resto, nada. Con lo cual, una pequeña diferencia decantaba una gran cantidad de escaños a favor de un bloque u otro. Y esa es la clave de por qué el fraude en la primera vuelta, sin necesitar una gran cantidad de votos -aunque el volumen, con todo, que nosotros detectamos es muy importante- el resultado se convierte en completamente decisivo. Pero antes de ese suceso, es decir, antes de que los dirigentes locales del Frente Popular usurparan la autoridad en esas provincias, el resultado electoral estaba completamente abierto. Y, de hecho, tremendamente apretado, es decir, que existían posibilidades muy reales, porque además las provincias que quedaban eran provincias bastante conservadoras, donde había ganado el centro derecha en 1933, posibilidades muy reales de que el recuento hubiera podido decantarse del otro lado, del bloque de centro-derecha. Pero eso se cortocircuita, lo cortocircuita el fraude.

Una vez que se abren las Cortes, se revisan esas actas “sucias” pero esas actas las valida la mayoría del Frente Popular con la anuencia completa del gobierno.

P.- ¿Pero Azaña tiene una responsabilidad directa en permitir el fraude, su continuación y su aceptación final?

R. V.- Azaña y su gobierno, por decirlo de alguna manera, no dirigen el fraude, no impulsan a los dirigentes locales a hacer eso. Ahora bien, aunque ellos no lo centralizan, no lo controlan, sin embargo lo permiten y luego lo validan en las Cortes. Es decir que, una vez que se abren las Cortes y se revisan esas actas, que son unas actas “sucias”, esas actas las valida la mayoría del Frente Popular con la anuencia completa del gobierno. Solamente se cuestionan, como se puede ver en el último capítulo, las actas conservadoras en otras provincias, que son las que se anulan.

P.- Eso sucede en Cuenca y Granada.

R.V.- Y ahí se puede hablar perfectamente en esas elecciones de un fraude no sólo decisivo sino verdaderamente masivo. Dos provincias muy conservadoras que tres meses después pasan a ser provincias donde gana la izquierda. En Granada llevándose todos los escaños, 13 de 13, el 100%…

M.A.T.- … y donde se retira la derecha ante la falta total de garantías… que es lo que les hace retirarse…

R.V.- … efectivamente.  Hay una falsificación  masiva de votos y  resulta que  el Frente Popular se lleva todos los votos que habían sido conservadores previamente a febrero, más los suyos, los que tenía. Y en Cuenca, que es una provincia totalmente conservadora, mucho más que Granada, donde la derecha había logrado una diferencia importante con el Frente Popular, ahora ganan las izquierdas también, con un fraude que afecta a la mayoría de los municipios de esa provincia.

En el caso de Cuenca hay una connivencia directa del Gobierno Civil a la hora no solo de amparar la violencia sino también de falsificar las actas

P.- El jefe de gobierno, Manuel Azaña, ¿era consciente de que había un fraude y de que se había producido en estos términos?

R.V.- Sí, rotundamente sí, porque además, todos estos acontecimientos que nosotros contamos están basados en las fuentes oficiales. Es decir, el gobernador civil le está contando al ministro de la Gobernación todo lo que está pasando en Granada y en Cuenca. Y las agresiones a candidatos de derechas y las violencias que ocurren, el propio gobernador las conoce y se las reconoce a la prensa, solamente que las reinterpreta a favor de sus propios intereses en términos de “popularidad”. Es decir, que en el caso de Granada, por ejemplo, que esto es tremendamente significativo e importante, cuando van los candidatos de la derecha a un pueblo, automáticamente “surgen” los altercados, cuando esos altercados están liderados por el propio alcalde del pueblo o por la propia guardia municipal. Es así, no hacen absolutamente nada por impedirlos. En el caso de Granada se puede decir que es negligencia pero en el caso de Cuenca ya hay una connivencia directa del Gobierno Civil a la hora, no solamente de amparar la violencia, sino también de falsificar las actas.

P.- ¿Es esa consciencia y esa validación posterior del fraude en las Cortes la que pone en duda el juicio político, digamos “canónico”, de la trayectoria y la figura de Azaña?

R.V.- Es más amplio, quiero decir que no se debe únicamente a eso.  Azaña es un personaje poliédrico. Por un lado es verdad que  ampara estos fraudes y no se opone. Pero, por otro lado, Azaña intenta proteger las actas de ciertos candidatos conservadores, sobre todo los más importantes. Él tiene un papel bastante fundamental a la hora de salvar el acta de Gil-Robles y sobre todo, la de Calvo-Sotelo en Orense, que podían haber sido totalmente invalidadas por la mayoría del Frente Popular. Ahora bien, también Azaña lo hace porque recibe presiones muy fuertes del presidente de la República [ Niceto Alcalá Zamora] que le dice esta frase, que es literal: “Si usted no hace nada por impedir que invaliden los escaños de los líderes de la oposición, habrá suprimido usted el régimen parlamentario”. El significado de esta frase es muy importante porque el régimen parlamentario viene precisamente de”parlamentar”, es decir, es una discusión, un intercambio. Si automáticamente descabezas a la oposición y la privas de sus líderes, obviamente el régimen parlamentario no puede funcionar.

El papel de Azaña no es el del estadista que nos han contado. Estaba obsesionado con que la democracia en España dependía de la intransigencia ante a lo que él llamaba la “claudicación típica del liberalismo español”

M.A.T.-  Yo creo que de todas formas el lector podrá ir sacando conclusiones pero la figura de Azaña aparece en el libro como lo que de verdad era y no responde a la idealización de Azaña. No es ese líder atrapado entre una derecha cavernaria, fascista o fascistizada, y una izquierda radicalizada, el hombre que encarna la única oportunidad de una España centrada y liberal y, en todo caso, obligado por esa derecha fascista y antirrepublicana a echarse en los brazos de la extrema izquierda. En el libro sale un Azaña que podía haber optado por no aliarse con la extrema izquierda y no quiso, primera decisión; sale un Azaña que hace algo que tiene una enorme trascendencia para el futuro de la República, que es aliarse en las elecciones con aquellos que están haciendo apología de la insurrección revolucionaria más importante y más sangrienta de todo el período republicano, con lo cual hay que entender a la oposición. Pero no a la oposición conservadora, hay que entender a buena parte de la España de centro, de la España liberal, de la España moderada, a la que la que la historiografía siempre ha mandado al trastero, como si no existiera. Buena parte de la reacción que está provocando este libro por aquellos que han tenido una reacción más histérica es porque nosotros contamos que había una España que identifica la alianza de la Izquierda Republicana de Azaña con la extrema izquierda como un peligro para el pluralismo, para la libertad, para los derechos de propiedad.  Y esa España no es tibia: se moviliza contra el Frente Popular.  Entonces, claro, el papel de Azaña no es el de un estadista como a veces nos han contado. Es un político que hace honor a lo que quienes le había estudiado mejor ya habían explicado: su obsesión con que la libertad y la democracia en España dependían de ser intransigente.

P.- ¿Intransigente frente a qué o frente a quién?

M.A.T.- Se mostraba inflexible frente a lo que él llamaba la “claudicación típica del liberalismo español”, frente a “la España reaccionaria”. Ellos  estaban obsesionados con esa idea: no al pactismo, no a la negociación. Era clarísimamente la imagen inversa de lo que va a pasar luego en la transición después del franquismo, aun con todas las diferencia económicas, sociales y demás. Azaña representa a un tipo de cultura republicana que hace honor y que está muy orgullosa de no ceder, de no transigir. Y consideran que el pacto, que la transigencia, es una forma de impedir la modernización del país.  Y eso tiene consecuencias políticas graves en un contexto convulso y de grandes enfrentamientos.

R.V.- Esto puede resultar sorprendente, pero es verdad que el Azaña que nosotros siempre hemos conocido ha sido el Azaña de los  “Cuadernos”  y el de “Paz,  piedad y perdón”. Ese Azaña  ha sido proyectado artificiosamente, a mi modo de ver, hacia atrás, hacia la República, como si fuera la misma persona. Pero el Azaña transigente, pactista, el que se da cuenta de las cosas, ese es el Azaña de los años 37, 38, 39, pero no es el Azaña del 36 ni del 35 ni del 34.  Es que Azaña en el año 34, hay que decirlo también, rompe toda relación institucional con el gobierno republicano de centro-derecha. Y aunque él no se suma abiertamente a la insurrección e incluso hace gestiones para evitarla, tampoco la deslegitima. Incluso después va a hacer todo lo posible por reenganchar al PSOE en la legalidad sin pedirle previamente -también lo contamos en el libro- que se encauce por las vías estrictamente legales y democráticas.

P.- Uno de los capítulos fundamentales en el libro es el relativo al Frente Popular.

R.V.- Y yo quisiera poner en valor esa aportación nuestra. Porque también hemos tenido una imagen bastante, yo no sé si idealizada, pero sí sesgada de lo que significó el Frente Popular. No se trató de una coalición frente al fascismo, de una reacción frente al fascismo. Absolutamente todo lo contrario. El  Frente Popular es una coalición en la que los republicanos de izquierda tratan de encauzar en la legalidad a un partido, al PSOE,  que no quiere ser encauzado por esa vía y que  no renuncia en ningún momento a la revolución. El PSOE está muy dividido y tiene tres sectores con lecturas distintas de lo que ha sido “Octubre” [la revolución de octubre de 1934]. Y lo que se puede decir rotundamente es que, a pesar de ser un partido plural por dentro e incluir tendencias diversas, entre ellas una legalista muy fuerte que es la de [Julián] Besteiro, la tendencia que está a punto de controlar el partido que es la caballerista [de Francisco Largo Caballero] está orgullosa de “Octubre”, y en la prietista, de Indalecio Prieto, él piensa que lo de octubre ha sido un fracaso y que no debe volver a repetirse, pero tampoco los prietistas ni los centristas abjuran en absoluto de “Octubre”. El que se da cuenta de eso es Sánchez Román, que es el socio más moderado de la coalición, al ver que el PSOE no se va a comprometer con las vías legales, él dice directamente “Esta coalición no tiene ningún sentido. Podemos ir a las elecciones juntos pero no podemos gobernar juntos ni tener una coalición parlamentaria”.

P.- Al margen del recuento final ¿como es posible que se admita que en pleno proceso electoral se expulse a los alcaldes legítimos, se expulse a los concejales, algunos gobernadores se vean forzados a abandonar sus cargos y tomen el poder las masas?

R.V.- En la cultura política republicana esto era la revolución, era parte del repertorio de lo que ellos llaman la revolución.  No se trata de un traspaso de poderes normal ni tampoco es que los alcaldes y los gobernadores resignen por sí mismos el cargo. Es la toma del poder, es ir al edificio oficial y tomarlo directamente.

Las izquierdas, al tiempo que piden la amnistía para sus presos, reclaman responsabilidades políticas y penales al gobierno de 1934  y a las Fuerzas del Orden por la represión de “Octubre”

P.- ¿En nombre de qué?

R.V.- En este caso, en nombre del Frente Popular que es la entidad que ellos ven como vencedora definitivamente de unas elecciones que ellos se han planteado como un plebiscito.

M.A.T.- Ellos, los candidatos del Frente Popular habían advertido durante la campaña electoral, y  coinciden en distintos grados, en que van a ganar para sacar a sus presos, que son los que estaban en la cárcel condenados por la revolución de octubre del 34. Esto para ellos es muy importante, la conciliación en torno al programa de la amnistía. Y cuando ya entienden que han ganado y Azaña llega al gobierno, los presos empiezan a salir de las cárceles sin que ni siquiera se hubiera aprobado la amnistía, con lo cual se llega a una situación verdaderamente sorprendente.  Esto lo contamos nosotros pero no se había contado, una amnistía que Azaña reconoce en privado que no tenía que aprobar en ese momento porque había que esperar a que se reuniera el nuevo parlamento después de las elecciones. Pero, de forma un tanto extraña, se la aprueba el órgano permanente de las Cortes [la Diputación Permanente] ¡pero se la aprueba la CEDA! La derecha católica, que tiene mayoría en ese órgano, le apoya la amnistía. Y para entender en qué contexto estamos, hay que recordar que Largo Caballero pide también la amnistía de todos los presos sociales porque considera que todos ellos, por uno u otro motivo, tienen un fondo político. Es decir que si uno roba, o asesina, o hace cualquier otra cosa, es por alguna razón, en última instancia, de clase o política.  Hay un aspecto que es fundamental y es que en la campaña las izquierdas, al mismo tiempo que reclaman la amnistía para sus presos, piden el encausamiento del gobierno de 1934, del jefe del gobierno, [Alejandro] Lerroux, de sus ministros y hasta de Gil-Robles, reclaman responsabilidades políticas y penales por la represión de la revolución de octubre y el encausamiento también de las Fuerzas del Orden que participaron en la represión de la rebelión en defensa del orden constitucional. Un escenario endiablado. Y luego está lo de los ayuntamientos. En octubre del 34 había habido ayuntamientos que habían sido suspendidos por el gobierno entonces del Partido Republicano Radical. Y para los socialistas la victoria electoral, cuando ellos consideran que ya han ganado, significa ocupar los ayuntamientos.

P.- Espere, espere, éstas eran unas elecciones a Cortes, no eran unas elecciones locales. Y, si yo no he entendido mal, el Frente Popular da por hecha una victoria que aún no se ha acreditado. Y con esa victoria inexistente en la mano, ¿se produce una movilización y se toman los ayuntamientos, los gobiernos civiles y las diputaciones?

M.A.T.- Eso es. No en todos los sitios, pero en algunos sitios se hace de forma decisiva para alterar el recuento.

R.V.- Pero la ocupación de los edificios oficiales fue en toda España, gobiernos civiles, los ayuntamientos importantes y una gran cantidad de ayuntamientos rurales también.

P.- ¿Esto es lo que se entendería como próximo a una revolución?

R.V.- Sí, podría entenderse así aunque también había pasado otras veces en la Historia de España. Lo explicamos muy bien en el libro: estas elecciones desde la perspectiva habitual podrían parecer unas elecciones normales, parlamentarias. Pero para ellos el significado de estas elecciones es que eran puramente plebiscitarias. De ellas iba a salir el partido o el grupo de partidos que iban a administrar la República de una vez por todas y para siempre, sin alternancia.

M.A.T.- Ellos pensaban que, como la derecha y el centro-derecha republicano habían ganado las elecciones de 1933 esa había sido una circunstancia desafortunada, porque los enemigos de la República habían estado controlando la República y no querían que eso volviera a repetirse. Y ellos tienen la idea de que la verdadera democracia sólo puede ser una democracia gobernada por quienes representan las esencias de la República. Eso es algo que viene ya desde el año 1931. Cuando ellos, salvo el centro-derecha republicano, elaboran la Constitución lo hacen con la idea, muy diferente de la que dominó en el año 1978, de trasladar a la Constitución un programa de partido. Para ellos, la Constitución es un instrumento de transformación del país y, por tanto, no hay espacio para distintos programas de partido. Desde ese planteamiento, no es que estén ganando las elecciones sino recuperando lo que nunca tenían que haber perdido.

Los miembros del Frente Popular construyen una imagen esperpéntica del adversario convertido en enemigo para justificar su idea de que no puede ocupar el poder y que, si lo ocupa, es un peligro para la democracia. La democracia está en propiedad de sus fundadores.

P.- Pero las elecciones de 1933 las perdieron por los votos. Por lo tanto ¿qué hay de democrático en este planteamiento?

M.A.T.- Bueno, es que ellos tienen un concepto de democracia en el que pesa más la idea de exclusión del adversario y de la democracia como un instrumento de transformación radical del país que no la democracia como un conjunto de reglas  y de formalidades jurídicas imprescindibles para hacer posible la alternancia. Eso está en la cultura de la izquierda republicana, está en Manuel Azaña, en Álvaro de Albornoz, en Marcelino Domingo, ellos tienen una idea muy precisa de que España no ha encontrado el camino de la modernización porque las antiguas élites liberales han sido pactistas, han sido transigentes, han cedido. Y ellos no quieren ceder y, por tanto, no ceder significa estar orgullosos de una idea de democracia que deje muy poco espacio  a la alternancia, poco espacio para que el enemigo se rearme a través de la democracia y pueda ocupar el poder. Pero sobre todo, como suele ocurrir en España a menudo, a nuestro centro-izquierda y a la izquierda les costaba entender que la democracia es una competición ordenada jurídicamente por el poder. Y no esperaban de ninguna manera que la derecha católica construyera un partido grande, un partido que se movilizara como lo hizo y ganara o por lo menos demostrara una gran fuerza electoral. Y eso les desconcierta profundamente y entonces construyen una imagen esperpéntica del adversario convertido en enemigo para justificar su idea de que no puede ocupar el poder y que, si lo ocupa, es un peligro para la democracia. La democracia está en propiedad de sus fundadores.

P.- ¿Entonces la ocupación del poder por el centro-derecha es vivida como una usurpación?

R.V.- Sí porque, en su consideración de la democracia, el sufragio universal está para ratificar la República de izquierdas o la República con las esencias de las izquierdas. Para nada más. Esto de todas maneras, no es una cosa de los años 30, ya está muy presente en el Sexenio revolucionario del siglo XIX.

M.A.T.- Es verdad que hay un sector del mundo conservador que no acepta los presupuestos de la democracia representativa, hay incluso un sector del mundo conservador posibilista que no es especialmente democristiano o liberal en los términos en que llegará a serlo el mundo conservador después de la Segunda Guerra Mundial pero, igual que no hay una única izquierda sino muchas izquierdas, tampoco  hay un bloque que sea una única derecha sino que hay muchas derechas y hay un centro-derecha  republicano y un centro-derecha católico. Pero ellos construyen una imagen esperpéntica del adversario que engloba a buena parte del centro y del centro-derecha. Y esa imagen esperpéntica ha sobrevivido con el paso del tiempo y buena parte del impacto que está teniendo el libro tiene que ver con que nosotros no contribuimos a mantener viva esa imagen del centro-derecha.

P.- Ustedes dicen que la caracterización como “movimiento fascista” de los partidos del centro-derecha no se corresponde con la realidad.

R.V.  M.A.T.-  Aquí vamos a ser rotundos: no. El uso del concepto “fascismo” para calificar  a todo el espacio de centro-derecha es simplemente un invento, una popularización de la izquierda del PSOE y del Partido Comunista sobre todo. Para ellos el fascismo es la reacción, el fascismo es la España reaccionaria en bloque, era una denominación para encasillar un espacio político que es enorme y muy plural bajo un solo concepto peyorativo y agrupar a toda la izquierda contra él. Pero, así como en la izquierda está surgiendo y  ganando fuerza una extrema izquierda que anteriormente había sido irrelevante a la izquierda del PSOE, en la derecha no va a ser hasta mucho después de estas elecciones del 36 cuando una extrema derecha va a cobrar presencia en la calle y va a tener una actividad importante. De hecho, el único partido específicamente fascista, que es Falange Española, se queda completamente fuera de la coalición de centro-derecha. Pero es verdad que incluso la mayor parte de la historiografía sigue anclada en que la CEDA era un partido antirrepublicano que suponía una amenaza para la República, lo cual no se corresponde con la realidad, eso es indiscutible. La CEDA es un partido posibilista, que se adapta a las circunstancias y que compite dentro del marco democrático. Y es un partido legalista que, aunque no acepta la Constitución tal como está, la acata y trata de reformarla utilizando los procedimientos  parlamentarios.

El centro-derecha republicano y los cedistas no tienen un protagonismo en la acción de la violencia, no la inician. Ese es un papel que va a ir tomando Falange pero será posterior a estas elecciones, es decir, en los meses previos a a la guerra civil.

P.- ¿La violencia que se ejerce en esos días de las elecciones se reparte por igual entre la derecha y la izquierda?

R.V.- Depende. En estas elecciones no. Nosotros no hemos encontrado en los días 16, 17, 18,19 y 20 grupos de conservadores que asalten por ejemplo una Casa del Pueblo o manifestaciones de conservadores delante del Gobierno Civil para presionar por los resultados…

M.A.T.- … o enfrentamientos de jóvenes derechistas con la Guardia Civil con la Guardia de Asalto. No, durante el recuento no hay una violencia equiparable. Pero en el período anterior, durante la campaña hay una violencia más extendida pero también hay datos muy significativos. Por ejemplo, que el partido que mayor número de mítines tiene reventados de forma intimidatoria o violenta es la CEDA. Y luego, cuando ya lleva Azaña varios días  en el Gobierno y antes de que se celebre la segunda vuelta, la violencia que va a ir surgiendo, la violencia más pistoleril, es una violencia en la que ya va a ir apareciendo Falange, por ejemplo en Sevilla, donde ya aparecen los pistoleros falangistas. Pero estos no habían tenido hasta ese momento un gran protagonismo comparado con determinados grupos de la izquierda. En todo caso, el centro-derecha republicano y los cedistas no tienen un protagonismo en la acción de la violencia, no la inician. Ese es un papel que en el mundo conservador lo va a ir tomando Falange pero la gran eclosión de la violencia falangista será posterior a estas elecciones, es decir, en los meses previos a a la guerra civil.

P.- Este libro está literalmente blindado con datos y notas a pie de página. ¿Lo han hecho ustedes así en previsión de la que se les podía venir encima?

R.V.- No, ni mucho menos. La buena Historia tiene que ser así. Un buen historiador, para serlo, tiene que tener un aparato empírico que sirva para ilustrar lo que dice. Nosotros siempre trabajamos así.

M.A.T.- Y sobre todo, hemos considerado muy, muy importante, que para contar las cosas tal y como fueron, tal y como las vemos a través de las fuentes, que era fundamental no privar al lector de toda esa riqueza. Incluso corriendo el riesgo de que el lector diga”¡dios mío, cuánta información!”. Pero, con toda esa información a su alcance el lector comprobará que no estamos elucubrando.

Rechazamos cualquier instrumentación del libro, tanto la que intente aprovecharlo para hacer apología del franquismo como cualquier otra manipulación que tergiverse la finalidad científica de nuestra investigación.

P.- ¿Esta investigación rompe el relato dominante de muchos años sobre este período histórico?

M.A.T.-  Bueno, la verdad es que hay un relato dominante en el mundo de izquierdas que había acabado inundando incluso a sectores que no eran de izquierdas y nosotros a lo que contribuimos es a romper ese relato dominante si ése es un relato maniqueo y de simplificación que proyecta el fascismo y el antifascismo hacia la República. Este libro destruye esa imagen simplista, aunque solo sea porque, como he dicho antes, en el libro aparece una España centrada, moderada, liberal, que no está pensando que tiene que coaligarse con la extrema izquierda para defender la democracia. El libro sí supone un antes y un después en la reconstrucción de la complejidad de ese momento. Y eso desacraliza los relatos y los discursos más partidistas, más de combate.

R.V.- Las cosas como son: este período es muy difícil de estudiar porque es el mito referencial para una parte de nuestra izquierda y negar eso es negar que existe la luz. Es decir, tú puedes perfectamente estudiar el fraude en la Restauración durante la monarquía liberal y no  tiene ningún tipo de implicación política. Si tú estudias el fraude y el caciquismo nadie te pregunta si estás legitimando la dictadura de Primo de Rivera. Hay un columnista que se preguntaba el otro día que por qué no se estudiaba el fraude en otros momentos y en cambio se decidía estudiarlo aquí. Bueno, lo que hay que decirle es que el fraude se ha estudiado en todos los períodos de nuestra Historia.  Así que ¿cuál es el problema, por qué cuando estudias este período tienes estas reacciones tan furibundas? Y, sin embargo, si estudias la violencia en los años 20, como parece que eso, desde el código de la izquierda, deslegitima la monarquía constitucional, no plantea ningún problema. Pero si ellos interpretan que esto deslegitima algo o incide negativamente en eso que llamamos “discurso dominante”, no hay que estudiarlo ¿no?. Entonces, debe de ser que hay periodos y momentos que no deben ser estudiados si se compadecen mal con el relato partidista. Porque el debate sobre lo que pasa después no es el debate sobre las elecciones, que es lo que nosotros hemos estudiado. Y queremos decir también que rechazamos cualquier instrumentación del libro, tanto la que intente aprovecharlo para hacer apología del franquismo como cualquier otra manipulación que tergiverse la finalidad científica de nuestra investigación. Eso que quede muy claro