Lucharon a muerte por el título de hijo predilecto de Esperanza Aguirre. En ese combate sólo podía quedar uno y ese uno fue Ignacio González hasta que el pasado miércoles la Guardia Civil llamó a la puerta de su casa para llevárselo detenido. El ahora reo en la cárcel de Estremera (Madrid), Francisco Granados, ha debido brindar con sus compañeros de módulo por la caída del que fue su archienemigo, una relación tóxica gestada en el entorno de la ex presidenta de la Comunidad de Madrid donde no había sitio para los débiles.

Madrid, con Esperanza Aguirre al frente, se convirtió en la irreductible aldea gala del universo popular. Pero mientras que a ella parecía bastarle con el ejercicio del poder en toda la extensión de la palabra, a sus más estrechos colaboradores aquello se les debió quedar pequeño si se confirman las acusaciones, gravísimas, que penden sobre ambos.

González llegó al «aguirrismo» cuando éste no existía

González llegó al «aguirrismo» incluso cuando éste no existía, en la década de los años noventa como funcionario del ayuntamiento de Madrid donde Aguirre fue concejala de Medio Ambiente. Más tarde, en 1996, se lo llevó de subsecretario al Ministerio de Educación, siendo ella ministra en el primer gobierno de José María Aznar. Luego pasan unos años separados mientras el madrileño se ocupa de la secretaría de Estado de Administración Pública y, más tarde, de la delegación del Gobierno para la Extranjería e Inmigración en el periodo en que fue titular de Interior Ángel Acebes.

Se vuelven a encontrar en 2003, cuando Aguirre, tras el nunca esclarecido tamayazo, le llama a su lado como portavoz del ejecutivo autonómico. Ignacio se convierte en Nacho, alguien sin el que no puede entenderse toda la cosmogonía de ese aguirrismo que se hace también con el control imprescindible del partido en la región. Entran a saco contra la que había sido la norma en el PP madrileño: poner al frente a un árbitro neutral que moderara el complejo mundo de las familias políticas que había en su seno.

Esperanza Aguirre e Ignacio González aterrizan en la Comunidad e inician el asedio al partido

Rodrigo Rato, Alberto Ruiz-Gallardón y José María Álvarez del Manzano tienen su cuota de poder interna frente a un Pío García Escudero, siempre enfrentado a Aguirre, que lleva las riendas del partido en la región. Cuando la baronesa llega al gobierno de la Comunidad de Madrid dinamita ese sistema. Ya no hay contrapesos de poder. Todo el partido es Aguirre y, si no, que se lo digan a Gallardón y al que fue su mano derecha, Manolo Cobo, cuando hicieron amago de presentar años más tarde su candidatura a liderar el partido. Aquello no fue una derrota, fue una humillación en toda regla.

Y es en estas operaciones donde González demuestra ser un todoterreno al servicio de su jefa de filas. Tanto en el gobierno regional como en el partido resulta un valor seguro, fiable. Pero, en estas, aparece Granados. El ex alcalde es un tipo encantador, abierto, con desparpajo, que divierte mucho a Aguirre. Que además hubiera arrebatado al PSOE la alcaldía de Valdemoro era un dato a tener en cuenta para una líder que sólo quiere triunfadores y luchadores en su entorno. Granados es nombrado nada menos que secretario general del PP de Madrid, lo que le convierte en la tercera pata del taburete sobre el que se sostiene el sector afín a Aguirre. Y como hacen muchos otros líderes políticos, ésta no sólo es consciente de la competencia que hay entre ambos sino que la fomenta.

El fulgurante ascenso de Granados provoca el inicio de las hostilidades

Pero los que conocen a Aguirre no dudan en afirmar que «el que siempre ha sido su favorito, su mano derecha, su colaborador imprescindible, su amigo, es Ignacio González». De ahí su reacción tras conocer la retahíla de delitos de los que se le acusa y esa noche en calabozos que aún hoy se prolonga.

La deletérea rivalidad es la mejor manera de que ninguno baje la guardia. Pero los acontecimientos posteriores van mucho más allá de una sana confrontación política conforme Granados sube por el escalafón del gobierno autonómico hasta convertirse en consejero de la Presidencia y, por tanto, en «número tres» del ejecutivo autonómico. El odio acaba instalado de tal forma que Granados usa presuntamente los medios de que dispone como consejero de Justicia e Interior para montar lo que Manuel Cobo llamó «una gestapillo», un sistema de espionaje interno del que fueron víctimas además de González y el propio Cobo otro consejero caído en desgracia entre el fuego cruzado, Alfredo Prada.

La ex presidenta sabía del enfrentamiento entre ambos

Un antiguo colaborador del que fuera responsable de Economía de la Comunidad, Antonio Beteta, testigo imparcial de aquella lucha, recuerda con espanto «el ambiente irrespirable que había en la Puerta del Sol. Políticamente no he visto otra cosa». De hecho, en cuanto tuvo ocasión salió de allí para huir de las esquirlas de las bombas que, de tanto en tanto, se tiraban uno contra otro.

La famosa «gestapillo» que Cobo denuncia en las páginas de El País es el detonante oficial de la salida de Granados del gobierno regional tras las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2011. Para más escarnio, González asume las tareas de la consejería de Presidencia. Es la primera caída en desgracia de Granados. Se dice que Aguirre le ofrece la portavocía del PP en la Asamblea, que rechaza, para alejarle de González, claro ganador de la contienda aunque no le haya podido colocar al frente de Caja Madrid. Además, en el entorno de González no dejan de maliciarse sobre el papel del ex alcalde para mantener vivo el caso del todavía no resuelto ático de Estepona (Málaga).

El súbito cese de Granados en el PP de Madrid destapó todo tipo de especulaciones

La segunda depuración es mucho más difícil de explicar. No deja de existir la sospecha de que acaso llegaron a oídos de Aguirre rumores sobre las actividades de Granados con el conseguidor de la Púnica, David Marjaliza, de su etapa de alcalde de Valdemoro. Otros dirigentes del PP apuntaron en su día a que un despechado Granados «había comenzado a acercarse peligrosamente a la planta séptima de Génova», donde están los despachos de Mariano Rajoy y de María Dolores de Cospedal, que fue consejera de Transportes de la Comunidad precisamente en sustitución del de Valdemoro, y no había peor traición que esa para un aguirrista.

Sea como fuera, el 23 de noviembre de 2011 la baronesa decidió cortarle la cabeza como secretario general del PP, responsabilidad que también asumió González. Alegó la presidenta como críptico motivo «falta de confianza» en él, sin más concreciones. Lo hizo en el transcurso de una ejecutiva regional con Granados sentado a su izquierda, aunque ya avisado de que era un cadáver político y quedaba a la intemperie.

González ya tenía el camino expedito, por ello ahora resultaría paradójico que acabara jugando al mus con su antiguo compañero de armas.