El 20 de abril de 1917, un nutrido grupo de obreros recorría vociferante las calles del centro de Petrogrado (la actual San Petersburgo), procedentes del distrito de Vyborg. «Abajo la guerra», «Abajo Miliukov» y «Abajo el Gobierno Provisional» eran algunos de los lemas más repetidos a su paso. En las banderolas rojas de los manifestantes, en gran parte bolcheviques, se podía leer también: «Todo el poder para los soviets».

De repente, su paso se ve bloqueado por un grupo de simpatizantes del ministro ruso de Exteriores, Pável Miliukov, que organizan una suerte de contramanifestación. En ese instante, «volvieron a aparecer las armas de fuego que no se habían visto desde el mes de febrero y los manifestantes que no las llevaban iban armados con porras», describe Catherine Merridale en su obra El tren de Lenin: los orígenes de la revolución rusa. La posibilidad de que aquella crisis desembocara en una guerra civil alcanzó su culmen cuando se supo que el gobernador militar de Petrogrado, Lavr Kornílov, había ordenado el traslado de varios cañones hacia la Plaza del Palacio.

El detonante de aquel tenso episodio había sido la emisión dos días antes por parte de Miliukov de una nota diplomática. En ella el ministro del Gobierno Provisional prometía a las potencias aliadas (Francia, Reino Unido e Italia), inmersas en la Primera Guerra Mundial, que Rusia proseguiría su participación en la guerra hasta la victoria final, al tiempo que reforzaba su pretensión de “observar plenamente” las obligaciones contraídas en virtud de los tratados existentes, lo que equivalía a reclamar la anexión de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos.

Como escribiría Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, en el diario comunista Pravda: «Esta nota ha tenido la repercusión de una bomba».

El problema de la participación de Rusia en la guerra se había convertido por entonces en un asunto ineludible. Apenas habían transcurrido dos meses desde que la llamada Revolución de Febrero había puesto fin al reinado de la familia Romanov, desatando grandes esperanzas entre gran parte de la población del país.

Miliukov defendía que Rusia se mantuviera en la guerra y aspiraba a la anexión de Constantinopla

Estas ilusiones, no obstante, fueron perdiendo fuerza con el paso de las semanas. Tras las primeras medidas adoptadas por el nuevo régimen, la guerra volvió a situarse en un primer plano de las reclamaciones populares. Como resalta Merridale, «la gente de la calle había hecho la revolución para obtener paz, empleo y pan. En cuanto la euforia de haber derrocado un régimen odioso empezó a disiparse, los problemas que habían impulsado a la gente a arriesgar la vida en aras de la libertad volvieron a replantearse».

Para el nuevo gobierno ruso el asunto no tenía una fácil solución. Desde su advenimiento, los países aliados en la guerra habían tomado una serie de medidas para convencerle de que no firmara la paz de forma unilateral. Además, en el Ejecutivo ruso, presidido por el Príncipe Gueorgui Yevguénievich Lvov,  y en el Soviet de Petrogrado -que conformaban la dualidad de poderes del nuevo régimen-, la mayoría de las voces era contraria a esa posibilidad, ya que podía dar la opción a las potencias centrales (Alemania y Austria) de concentrar sus esfuerzos contra Reino Unido y Francia y, una vez derrotadas éstas, dirigir toda su potencia militar contra Rusia.

Ante esa tesitura, se impuso la opción de promover la firma de la paz entre todos los contendientes y, mientras tanto, mantenerse en la guerra, adoptando una actitud defensiva y renunciando a cualquier tipo de aspiraciones territoriales.

Ese debía ser el mensaje de la nota emitida por Miliukov el 18 de abril. Pero el líder y fundador del Partido Democrático Constitucional (el KD, cuyos miembros eran conocidos como kadetes) era un firme convencido de que Rusia debía mantener sus compromisos con los aliados y mantener su aspiración de anexionarse Constantinopla y controlar así el pasillo marítimo que conecta el Mar Negro con el Mar Mediterráneo, una eterna aspiración del imperialismo ruso. Su insistencia en esta idea le había valido el mote de «Miliukov de los Dardanelos».

El estallido de la crisis, una vez que la nota de Miliukov vio la luz, situó al Gobierno y al Soviet en una compleja tesitura. Mientras varios delegados del Soviet trataban de calmar la situación en las calles, los dos poderes políticos del país negociaban el modo de enfriar los ánimos para lo que, finalmente, acordaron emitir una nota de rectificación, que es publicada el día 22. Ese mismo día, la tranquilidad parece imponerse al fin en las calles de Petrogrado.

Para Lenin, aquellas tensiones sociales suponían todo un regalo. Según el testimonio de un socialista crítico con el líder bolchevique, «no cesaba de cacarear lleno de satisfacción, dándose cuenta de pronto de lo bien que pintaba todo aquello para su campaña».

Las Tesis de Abril

Lenin había regresado al país hacía tan sólo unas semanas desde su exilio en Suiza. Con él traía un mensaje sorprendentemente radical, plasmado en los días posteriores en las llamadas Tesis de Abril. En ellas propugnaba la necesidad de dar paso a la segunda fase de la revolución, que debía consistir en la conquista del poder por parte del proletariado y el campesinado.

El prestigioso líder revolucionario no ahorraba en críticas al Gobierno Provisional, al que acusaba de traidor, así como al Soviet de Petrogrado, por su cooperación con la burguesía. Rechazaba igualmente las tesis defensistas que pretendían mantener a Rusia en guerra y se posicionaba a favor de la firma inmediata de la paz.

Su actitud radical encontró pronto la oposición de los sectores más moderados del socialismo y, de hecho, sus tesis fueron rechazadas por el Comité de San Petersburgo del Partido Bolchevique. Sus mensajes de aquellos días fueron tachados de «los desvaríos de un demente».

Pero su mensaje, poco a poco, fue calando en algunos sectores del Partido Bolchevique fuera de la capital. Y los tensos episodios de abril no hicieron sino reforzar la mayor parte de sus planteamientos. En la VII Conferencia Nacional del Partido Bolchevique, que se celebra entre el 24 y el 29 de abril, sus tesis son aprobadas. «Reconciliado con Lenin, reconciliado consigo mismo, el Partido Bolchevique, el único capaz ahora de proponer a las masas lo que desean, ha trazado ya el camino de la revolución», indica Francisco Díez del Corral en su obra La revolución rusa.

Los bolcheviques aparecieron como el único partido que defendía los deseos del pueblo

Esa sensación de que nadie más que los bolcheviques podría asumir la representación del pueblo se agudizaría en los días posteriores. La actitud de Miliukov había abierto una profunda desconfianza entre el gobierno y el Soviet. El propio Nikolái Semiónovich Chjeidze, presidente del Soviet de Petrogrado, llegó a definir al ministro de Asuntos Exteriores como «el genio malo de la revolución».

En tales circunstancias, su dimisión era sólo cuestión de días, como acabó sucediendo finalmente a principios de mayo. En esta tesitura, el Príncipe Lvov insistió en la necesidad de que los partidos socialistas se implicaran en el gobierno. Finalmente, seis socialistas pasaron a conformar un gobierno de coalición con los partidos burgueses, rompiendo así la promesa que habían hecho en los inicios de la revolución.

La imagen de los mencheviques  y los socialistas moderados quedaba así dañada a ojos del pueblo. Y más aún cuando, con el paso de los meses, el nuevo Gobierno se mostrara incapaz de dar una respuesta satisfactoria al problema de la guerra. El camino se mostraba cada vez más despejado para que Lenin asumiera el liderazgo de la revolución.

De este modo, Miliukov, uno de los principales referentes políticos de la burguesía liberal, acabó sembrando, con su actitud belicista, el terreno para que apenas seis meses después Rusia se convirtiera en el primer régimen comunista de la historia.

El propio Lenin reconocería tiempo después la importancia de las jornada de julio en su éxito final, al mostrarle sobre el terreno el sentido y las posibilidades de la insurrección popular. Como apunta Del Corral, «en cierto modo, si 1905 fue el ensayo general de 1917, abril fue el primer acto de octubre».