Dice que ya ha perdonado, que no odia a sus captores y que sólo cuando lo ha hecho se ha sentido verdaderamente liberado. Se comprometió a hacerlo sólo unas horas después de ver la luz y salir del zulo donde había permanecido cautivo casi año y medio. Lo hizo ante su cuñado, salesiano, en el mismo cuartel de Intxaurrondo mientras recuperaba la libertad que le había arrebatado ETA; “estoy tocado, pero no loco, creo que como cristiano no me resultará difícil perdonar”. Sí lo fue.

En realidad ha necesitado quince de los 20 años transcurridos desde aquel 1 de julio de 1997. El nuevo José Antonio Ortega Lara (Montuenga, Burgos, 1958), el que ha dejado atrás el secuestro, lo explica con claridad en sus charlas públicas. Afirma que el “don del perdón” reporta una liberación para quienes odian: “Sólo cuando lo he hecho, cuando he perdonado, he comenzado a vivir de nuevo”. El odio había afectado a su carácter, a su relación familiar y social, “es demoledor, te corroe por dentro”, dijo recientemente.

Sólo cuando he perdonado he comenzado a vivir de nuevo. El odio es demoledor, te corroe por dentro”

Este 1 de julio de 2017 volvió a revivirlo todo. Pero sin focos. No los quiere, el ruido mediático que le convierte en un mero secuestrado, en un ser cuya única virtud fue haber sido secuestrado y haber sobrevivido, no le interesa. “Está cansado de ese personaje”, aseguran quienes le rodean. Dos décadas después Ortega Lara cree haberse desprendido de aquella sombra y se reivindica como una persona con muchas más que aportar, con mensajes nuevos por defender y con propuestas para cambiar la sociedad española.

En 2008 abandonó el PP. Lo hizo desengañado, decepcionado y hay quien le ha escuchado decir que “traicionado”. Al igual que otros referentes del PP vasco de la época a los que ETA coaccionó y amenazó, como María San Gil o Santiago Abascal, ya no se sentía cómodo en el partido en el que había militado toda la vida. No al menos en el PP de Mariano Rajoy. Además de discrepar en materias como la política penitenciaria de los ‘populares’ y el modo en el que hacer frente a ETA, a Ortega Lara le irritaba la falta de contundencia ante las amenazas que a la unidad de España veía que avanzaban en Cataluña y que proclamaba la izquierda abertzale desde las instituciones. El estatuto de la Comunidad Valenciana fue la gota de colmó el vaso.  Por eso se sumó al proyecto de VOX, formación con la que recorre el país y da charlas.

Dejar atrás el personaje, el ‘secuestrado’

De profundas convicciones religiosas, Ortega Lara decidió cambiar en la nueva vida que le brindó la operación de liberación de la Guardia Civil. Se formó, estudió derecho, aprendió idiomas y dio largos paseos para reflexionar. Hoy en sus actos públicos habla de los clásicos, de la política penitenciaria, de la unidad de España o de la islamización de nuestro país. En su entorno subrayan la solvencia con la que lo hace y el nivel que han adquirido sus intervenciones. A punto de cumplir 59 años, ha optado por comprometerse por lo que cree que es necesario para dejar una España mejor a sus dos hijos.

Celoso de su vida familiar, hace años que evita conceder entrevistas. Todas acaban en su secuestro y eso empieza a incomodarle. Prefiere que le pregunten por la política antiterrorista, los nacionalismos, la unidad del país, la política de tercera edad o de la islamización de España.

Prefiere no hablar del secuestro, quiere dejarlo atrás y mostrarse como un hombre con mensaje y opinión política”.

Su caso es singular. Pese a haber sido víctima del mayor secuestro en la historia de ETA, en su entorno coinciden en afirmar que nunca dio muestras del llamado ‘Síndrome de Estocolmo’. “No se puede decir que quedara traumatizado, perturbado o algo así, para nada, si no te dijeran que le pasó lo que le paso ni lo notarías”, asegura un amigo.

Ortega Lara se enciende cuando se le habla de ETA y su entorno. Está convencido de que la política llevada a cabo “por este PP” en la lucha contra la banda y su entorno no es sino un seguimiento de “la hoja de ruta que marcó Zapatero”. Rechaza la presencia de la izquierda abertzale en las instituciones, “eso les da poder y financiación”, suele recordar, “¿para qué van a matar ahora si viven como burgueses, con despacho y moqueta y con grandes salarios?”. Su presencia en las instituciones la define como una “claudicación” más, como lo fue para él la liberación de uno de sus carceleros, Josu Uribetxebarria Bolinaga.

En su discurso político se percibe añoranza de los tiempos de José María Aznar. A la traición de principios que proclama suma la percepción de haberse sentido utilizado durante años. Su historia y su figura como un símbolo de la lucha contra el terrorismo que luego no se correspondían con las medidas gubernamentales.

En estos 20 años Ortega Lara ha estudiado derecho y se ha formado. Desengañado con el PP de Rajoy, ha evolucionado políticamente hacia Vox”.

De carácter tranquilo, “sin picos, es castellano”, dedica su tiempo a colaborar con varias organizaciones no gubernamentales, a impulsar la donación de sangre y a formarse en ámbitos como la filosofía. Su carácter metódico, el mismo que le permitió sobrellevar mejor su cautiverio, le ha permitido pasar del Ortega Lara del ‘zulo’, al José Antonio anterior al 16 de enero de 1996 cuando un comando terrorista le abordó en el garaje. El marido de Domitila, padre de dos hijos que trabajaba como funcionario de prisiones y al que la política le motivaba sin mayor aspiración que un aficionado. Hoy, veinte años después, José Antonio Ortega Lara ha decidido guardar el ‘personaje’ que ETA le forzó a ser, la víctima en la que lo convirtió y valerse de la autoridad que la amarga experiencia le concedió para no esconderse.