Aquel día España entera se echó a la calle para gritar su ira incontenible ante el último asesinato perpetrado por los terroristas de ETA después de haber intentado someter al Gobierno, entonces presidido por José María Aznar, a un chantaje inadmisible: le darían dos tiros al joven concejal del PP Miguel Ángel Blanco, secuestrado el 10 de julio si el Gobierno no se sometía a la exigencia terrorista de acercar los 600 presos etarras a las cárcles del País Vasco en el plazo de 48 horas. El Gobierno no cedió a semejante pretensión porque Aznar era muy consciente de que eso hubiera supuesto la derrota del Estado a manos de una banda de asesinos. Fueron 48 horas atroces en las que la incredulidad ante tan bárbara y desalmada amenaza convivía con un moderado optimismo por el posible efecto que pudiera hacer a los asesinos la reacción masiva que se produjo en todo el país en la que se pedía, se suplicaba, a los terroristas que no segaran la vida del joven Miguel Ángel. En Bilbao, y muy pocas horas antes de que se cumpliera el siniestro plazo dado por los asesinos, se produjo la mayor manifestación que nunca se había visto en el País Vasco. Aquello era un clamor infinito que reclamaba a un Miguel Ángel Blanco vivo. Pero, tal y como habían dicho, ese mismo día 12 de julio lo mataron, arrodillado, con las manos atadas a la espalda, en un  descampado de Lasarte, muy cerca de San Sebastián. Fue encontrado por un paseante y la noticia corrió por todas las esquinas de España con la velocidad de la yesca ardiendo.

Miguel Ángel Blanco no murió en el acto. Por eso su familia acudió al hospital con la esperanza de encontrarle con vida. Pero no había ninguna esperanza que albergar porque los dos tiros que le dio Gaztelu, alias Txapote , ayudado por José Luis Geresta y por Irantzu Gallastegui, eran mortales de necesidad.  Inmediatamente en toda España las protestas fueron masivas. En Ermua, la localidad en la que vivía el joven  concejal, una multitud se agolpó en las calles gritando una  y otra vez «¡asesinos, asesinos!». Y , por primera vez en la historia de la banda y de sus círculos de apoyo, la muchedumbre asaltó algunos locales de Batasuna, el partido político que representaba al terrorismo etarra y, entre el aplauso de las masas, los ertzainas que protegían las entradas de sus sedes se quitaron los pasamontañas con las que preservaban su identidad.  Aquella indignación, aquella ira, dominó el país durante todos los días siguientes.

Por primera vez en la historia de la banda, la muchedumbre asaltó locales de Batasuna

El 14 de julio estaba convocada una manifestación de protesta en Madrid a la que iban a asistir todos los líderes políticos españoles, incluidos los dirigentes nacionalistas vascos. Y a mí me llamaron para invitarme a que me dirigiera, en nombre de todos, a los españoles. Esa misma tarde, poco antes de salir de casa, yo escribí las palabras que quería decir en aquella ocasión terrible e imprimí dos copias: una para mí y otra para enseñarla al responsable que quisiera saber de antemano lo que allí se iba a decir. Y con mis dos copias del texto bajo el brazo salí de mi casa, que está entre la Plaza de Alonso Martínez y la de Rubén Darío porque tenía pensado coger el Metro para bajarme en la Puerta del Sol. Al salir a la calle vi auténticos ríos de gente dirigiéndose al Paseo de La Castellana y a la plaza de Cibeles.

Eran personas de toda clase y condición: viejos, menos viejos, jóvenes, padres con niños pequeños, familias enteras, hombres y mujeres solos, gentes elegantes y gentes humildes. Ya se veía que Madrid entero se estaba echando a la calle. Cuando me acerqué a la boca del Metro supe que las salidas de la Puerta del Sol estaban clausuradas porque la multitud que ya se había congregado allí impedía la salida de los usuarios del suburbano. Era evidente que sólo podría llegar andando pero el tiempo empezaba a apremiarme ya. Como había mucha Policía Nacional y Municipal en la zona, opté por dirigirme a un agente y contarle lo que necesitaba: estar en el estrado antes de que llegar a él la cabecera de la manifestación formada por los dirigentes políticos y sindicales de todos los partidos de España, incluidos los nacionalistas vascos. El policía lo entendió inmediatamente  y me subió a un coche en el que los asientos de atrás no estaban tapizados, como yo había visto siempre, sino que eran duros, de plástico. Y allí, cogida con fuerza a uno de los asideros del coche, emprendimos una carrera a toda velocidad, calle San Bernardo arriba, mientra sonaba interminable la sirena policial. No sé qué trayecto hicimos a partir de ahí pero sí sé que un instante después entrábamos por la calle Mayor hasta un punto en que el coche, por muy de la Policía que fuera, no podía avanzar más.  En ese punto el policía me entregó a  otro compañero que me dijo: «Cójase usted de mi cinturón». Y, cogida de su cinturón  y pegada a su espalda, pude atravesar la auténtica barrera humana que reventaba la Puerta del Sol y todas las calles aledañas. Nunca hasta ahora he tenido ocasión de decirlo pero hoy, 20 años después, doy las gracias a esos policías que me llevaron en volandas hasta mi destino en un día cargado de emoción de rabia, de pena y de pasión.

Era tal la multitud que era imposible el avance desde Colón hasta Sol

Ya estaba en el estrado con mis dos copias del texto. Y desde allí comprobé que lo mismo que me había sucedido a mí les había ocurrido a los políticos que debían encabezar la manifestación: que era tal la multitud, que hacía imposible el avance desde la plaza de Colón pasando por la plaza de Cibeles y la calle de Alcalá  hasta llegar a la puerta del Sol. Y la razón era que aquello no era una manifestación: era una gigantesca concentración de ciudadanos puestos en pie para gritar su cólera con una sola y potentísima voz. Por eso la cabecera salió del Casino de Madrid, a menos de 100 metros del estrado, y aún así, discurrió malamente por el estrecho pasillo que las fuerzas de seguridad habían conseguido abrir entre el gentío.

Fue difícil empezar a hablar, los ciudadanos querían que se les escuchara a ellos, querían que la banda terrorista supiera sin ningún género de duda que hasta aquí habíamos llegado y que nunca más a partir de ahora el  pueblo español iba a guardar silencio ante la sanguinaria actividad de los asesinos, que nunca más iba a tolerar con la cabeza baja los chantajes políticos y económicos a los que la banda se había acostumbrado durante décadas hasta hacer asumir a la sociedad que era inevitable ceder a ellos. Finalmente se hizo el silencio y pude dirigirme a aquel millón y  medio de personas aproximadamente, quizá más, que me escucharon por megafonía en todo el recorrido y que habían decidido juntarse en la calle para que su grito se oyera en el mundo, y con un eco redoblado, en las guaridas de los terroristas. Desde lo alto de aquel estrado yo percibí una fuerza, una potencia, imparable y una tensión electrizante, la que genera un pueblo en rebelión, levantado  y dispuesto a vencer.  Nunca más he vuelto a tener una impresión tan rotunda, tan apabullante. Detrás de mi, en escrupuloso silencio, estaban al completo los representantes de toda la historia de la democracia española, la historia política y la historia sindical. Y estaban también, encabezando la manifestación, portando la pancarta, y asistiendo al acto, el lehendakari Ardanza, el presidente del PNV   Xabier Arzalluz y el diputado Iñaki Anasagasti.

¡Vascos sí, ETA no!», se repitieron los gritos una y otra vez

Los tres políticos nacionalistas vascos escucharon nítidamente cómo cientos de miles de gargantas coreaban al unísono dos gritos que tenían una enorme carga política y emocional. Uno fue «¡No son vascos, son asesinos!» y el otro, mucho más importante desde el punto de vista político, fue «¡Vascos sí, ETA no!», que se repitieron una y otra vez a a lo largo de las horas. Los líderes nacionalistas del País Vasco se fueron, pues, de Madrid sabiendo que en la capital de España no se rechazaba su ideología nacionalista pero sí, y de manera irreversiblemente contundente, la traducción sanguinaria de esa ideología. Y que nunca más las cosas volverían a ser como habían sido hasta entonces. Lo cual, dicho sea de paso, creó en ellos una extraordinaria preocupación hasta el punto de que, a partir de aquel momento, empezaron a trabajar para rebajar la intensidad del sentimiento generado en toda España , incluido el País Vasco, ése que fue bautizado como el «espíritu de Ermua». Y eso fue porque sentían seriamente debilitado el futuro de la ideología nacionalista. Y tuvieron éxito en esa tarea de reconstrucción, hay que reconocerlo.

Al terminar ni intervención pedí cinco minutos de silencio, que se cumplieron  religiosamente, durante los cuales, desde un lugar lejano del estrado pero perfectamente audible, sonaron las notas del Toque de Silencio con las que una trompeta anónima cerró aquel acto lleno de un inmenso dolor, de una formidable potencia y de una luminosa certeza: las cosas nunca volverían a ser como habían sido porque los demócratas íbamos a ganar esta desgarradora batalla. Como así ha sido. Y me fui a mi casa llevando conmigo los dos ejemplares del texto porque nadie, absolutamente nadie, me pidió comprobar con antelación lo que yo pensaba decir. Creo que jamás en toda mi vida he sido objeto de una confianza tan abrumadora.