Es tiempo de preguntas, por ahora sin respuestas claras. No al menos en Euskadi. Mientras en unas plazas se hacen pasillos y se honra a asesinos que salen de prisión o se homenajea con pancartas y pintadas por doquier a etarras fallecidos mientras cumplían abultadas condenas, en otras se recuerda con flores a sus víctimas. Estas escenas del verano de 2017 muestran a una Euskadi sin ETA activa y que intenta recomponerse con los pedazos de una sociedad rota por décadas de violencia y que ahora está empeñada en convivir en paz.

En realidad lo lleva intentando desde hace seis años, desde aquella mañana de octubre de 2011 en la que las tres capuchas blancas de ETA dijeron que lo dejaban. Es tiempo de cerrar heridas, saldar cuentas, cobrar reparaciones y acordar un relato para el futuro. En Euskadi cerca de 377.000 jóvenes tienen hoy menos de 15 años y no han conocido a ETA, no han vivido su dramática historia, la conocen sólo de oídas, de historias domésticas y de relatos más o menos parciales en su escuela.

Demasiadas preguntas enfrentadas a una variedad de respuestas, dispares entre sí. El quién, el cómo, el dónde y el para qué condicionan no sólo a quien cuestiona, también al que responde. Por eso, en el País Vasco que llora al mismo tiempo a víctimas de ETA y baila aurreskus a etarras o el que reclama en una ventanilla justicia para las familias de atentados sin esclarecer y en otra reparación para quienes sufrieron abusos policiales, la batalla que hoy se libra es la del relato. La de acordar una verdad suficiente que legar a futuras generaciones y que haga justicia con las víctimas de la violencia.

En esta guerra del relato en la que está inmerso el País Vasco para cerrar medio siglo de violencia terrorista, se imponen los pulsos dialécticos. También los binomios conceptuales en busca de equiparaciones o en contra de ellas: vencedores y vencidos; víctimas del terrorismo y víctimas del Estado; una sola verdad, millones de relatos; recordar u olvidar; mismo dolor y distinto origen; justicia frente a venganza… Es en definitiva una pugna por escribir líneas en la memoria de la historia reciente que demanda matices, grises.

Y la batalla se libra en muchos frentes: el social, el político, el educativo, el cinematográfico e incluso el literario.

El relato ‘social’

La Euskadi de la calle, de los mercados y las tabernas parece querer olvidar cuanto antes. Pero no con amnesia, sino con justicia. Y no sólo para las víctimas de ETA, también para las víctimas de la violencia del Estado y de grupos de extrema derecha durante los años 80. Sin equiparación pero con igual reparación. Así se desprende del último Euskobarómetro en el que el 87% de los vascos pide justicia “para los dos bandos”. Y en el relato que se debe dejar sobre lo sucedido es mayoritaria la idea de que no deberá basarse en un planteamiento de “vencedores y vencidos”, según defienden tres de cada cuatro ciudadanos.

Junto a ello, a medida que pasa el tiempo la sociedad vasca eleva más el listón a lo que queda de ETA. El 73% de los vascos reclama a la banda que se implique en el esclarecimiento de los más de 300 atentados sin resolver, se arrepienta de su pasado y reconozca el daño causado. Incluso es mayoritaria, el 69% la población, la idea de exigir a ETA -como plantea el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido- que se disuelva antes de dar “ningún paso”. Un relato ‘social’ de lo sucedido que se completa con una visión muy dividida de las asociaciones de víctimas del terrorismo a las que 4 de cada 10 vascos ven como un obstáculo para “la paz definitiva”.

Hoy son residuales los apoyos a la banda, apenas un 1% muestra su apoyo a ETA y un 5% manifiesta una “justificación crítica” con el pasado de la organización. Existen cerca de 150.000 vascos que afirman haber cambiado de posición, del apoyo a ETA a su rechazo. Será el relato que intentarán hacer compatible con el de la inmensa mayoría, el 58% que defiende un rechazo total.
En este capítulo final que ahora se escribe en la sociedad vasca comienza a instalarse la idea de que no se puede cerrar la historia sin reclamar justicia. Crece el número de ciudadanos, el 33%, que considera que los etarras deben cumplir íntegramente las penas y que las medidas de reinserción deben otorgarse sólo a quienes no tengan delitos de sangre, así lo expresa el 23%.

El relato ‘político’

Será el relato oficial, el que probablemente reflejen los libros en las escuelas del País Vasco. Escribir el capítulo que relate lo sucedido desde finales de los años 50 y hasta 2011 no está siendo tarea nada fácil. Demasiado reciente, demasiadas cuestiones pendientes y demasiado dolor aún sin consuelo. Pero en el Parlamento Vasco y en el Gobierno Vasco hace tiempo que se han puesto a ello.

En el caso de Cámara de Vitoria con resultados más bien exiguos. La ponencia parlamentaria creada la pasada legislatura para consensuar un relato de lo sucedido y cerrar las heridas abiertas terminó por romperse. La resistencia de EH Bildu a aceptar un mínimo ético de condena de ETA provocó la salida de PSE, PP y UPyD. En este nuevo mandato se ha vuelto a intentar. Ahora la ponencia se denomina Memoria y Convivencia pero de nuevo las resistencias de unos y otros han impedido que arranque con buen pronóstico. El PP no participa en ella por la resistencia de EH Bildu a condenar a ETA y su historia. Por ahora, los radicales siguen siendo incapaces de proclamar, como les exigen PNV, PSE y PP desde la tribuna, que “matar estuvo mal”.

A todo ello se suma el rechazo que entre los populares provoca lo que consideran que son intentos de equiparación entre la violencia de ETA y la ejercida por los GAL o grupos como la Triple AAA o el Batallón vascoespañol. En este contexto también se sitúa la fractura sobre el relato de lo sucedido con el rechazo del PP a leyes aprobadas por el Parlamento, como la destinada a reparar a víctimas de abusos policiales registrados durante la Transición y los primeros años de la democracia.

Desde el Ejecutivo de Iñigo Urkullu también se trabaja para encauzar un relato ‘inclusivo’ que haga justicia a las víctimas de ETA pero también a las de la violencia del Estado. En este objetivo trabaja el que es su centro más relevante, el Instituto Gogora de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. Una institución que a su vez “rivaliza” en ese protagonismo por escribir renglones para la historia sobre lo ocurrido con el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo impulsado por el Gobierno Central.

Desde Gogora se trabaja un discurso inclusivo que abrace a todo tipo de víctimas y ‘violencias’ y se compromete a hacerlo sin “equiparaciones”. Su acción abarca no sólo el terrorismo sino también el periodo de la Guerra Civil. Lo hace con iniciativas como la ‘Plaza de la Memoria’ en la que invita a los propios ciudadanos a relatar con sus testimonios, grabados y luego archivados, sus experiencias “traumáticas” relacionadas con la violencia. Relatos que periódicamente se actualizan y se exhiben públicamente con fines pedagógicos.

El relato ‘de los libros’

Nunca antes se había escrito tanto sobre ETA y con tanta libertad. El final de la violencia terrorista ha provocado que se multipliquen las obras en los que a modo de ficción o de ensayo se aborda esta cuestión desde numerosos puntos de vista y desde ambos lados. Sin duda la de mayor impacto ha sido Patria, la obra de Fernando Aramburu, que ha rebasado ya los 400.000 ejemplares vendidos y que ha supuesto un punto de inflexión en las publicaciones sobre la materia. Su relato sobre las dos Euskadis, la que moría y la que alentaba la muerte, con una inmersión en todos los vértices sociales de los años más duros, se ha convertido en el relato de lo sucedido más aclamado por la sociedad española pero al que no le han faltado críticas desde amplios sectores del nacionalismo vasco.

En los últimos meses las librerías han puesto en sus estanterías libros sobre las negociaciones de ETA, de testimonios de víctimas y de etarras, sobre la estrategia de extorsión de ETA o dedicados al reflejo de la banda en el cine. También aquí se ha librado un pulso de relatos, literarios en este caso. En los próximos meses saldrán al mercado varias obras para relatar el papel jugado por la Guardia Civil en la lucha contra ETA.

En estos años, autores como el periodista Luis Aizpiolea (El fin de ETA), o el catedrático del País Vasco Francisco Llera (La estrategia del miedo), el catedrático de Historia, Santiago de Pablo (Creadores de sombras) o la doctora de sociología y su equipo de la Universidad de Deusto, Izaskun Sáez de la Fuente (Misivas del terror) comparten espacio con otros autores más afines a la izquierda abertzale. Es el caso de Harkaitz Cano, dos veces premio Euskadi, y que en su novela Twist recrea las últimas horas de tortura y posterior asesinato de Lasa y Zabala a manos de los GAL. Otro autor, Ramón Saizarbitoria ha abogado por trabajar por consensuar un mínimo en el relato, que sitúa en reconocer que no se puede matar por una idea. Es lo que busca sembrar en su obra, Martutene, en la que la historia de relaciones de pareja ambientada en Euskadi le permite introducir cuestiones como los malos tratos en Intxaurrondo, la situación de los presos, la kale borroka o la violencia como elemento determinante de una sociedad.

El relato ‘del cine’

No es un argumento nuevo. ETA ha estado presente en la filmografía española casi desde sus inicios. La cartelera de las últimas cuatro décadas acumula alrededor de 60 títulos en los que la banda terrorista está presente como argumento central o como telón de fondo. A ello se suma una veintena de documentales. La producción se ha intensificado desde 2011, con trece películas entre 2012 y 2016 con una gran variedad de enfoques que van desde las víctimas de ETA hasta la violencia del Estado, la historia de los etarras o el tratamiento en clave de humor de las negociaciones Estado-ETA.

Una evolución en el modo de abordar el terrorismo etarra y sus consecuencias muy alejada de la benevolencia sutil de los años 70, sin referencias a las víctimas. En los primeros años de la Transición, la imagen de ETA se trataba con tintes casi épicos, comprensivo como agente de lucha contra el franquismo (Operación Ogro, Comando Txikia o La fuga de Segovia). Se pasó años después a los primeros intentos por analizar el terror de ETA, La pelota vasca, como hizo Julio Medem en 2003, no sin críticas de los sectores más afines al PP. Tampoco faltaron cintas para abordar el papel del Estado (El Lobo o GAL).

Ahora la ambigüedad con la que en un tiempo se trató a ETA ha desaparecido. Hoy el posicionamiento es claro. Incluso desde los sectores más afines a la banda que también recurren al cine para introducir su relato sobre lo ocurrido.

Una visión cada vez más crítica con ETA que se ha acentuado desde su desarme pero que ha estado acompañada también de un florecimiento de un cine dispuesto a defender las ideas del entorno de la izquierda abertzale. El catedrático Santiago de Pablo aborda el tratamiento de ETA que ha hecho el cine. Asegura en su obra Creadores de Sombras que en estos momentos se libra una “batalla de relatos” en la que desde la izquierda abertzale se apuesta por promover filmes que diluyan su responsabilidad recurriendo a subrayar la violencia del Estado y repartir así la responsabilidad de medio siglo de terrorismo.

Señala además que también se intenta imponer una “justificación histórica” de la existencia de ETA. Es el caso de cintas como Cinco ventanas en la que cinco etarras narran su historia en la banda, sin condena ni crítica ninguna. O el florecimiento más reciente de trabajos que denuncian abiertamente las torturas o el papel del Estado en la ‘guerra sucia’ contra ETA.