Prometí tener mucho cuidado. “No te metas en líos ni digas por ahí que eres de Madrid”, me dijeron al salir, por mi bien, porque en casa saben que hablo mucho y corro poco. Cuando dije que me iba a Girona a cubrir el referéndum, la tierra de Puigdemont y de Guardiola, me preguntó una amiga por Whatsapp si ahora era corresponsal de guerra.

Así que al llegar a la capital del independentismo la víspera del 1-O, más sugestionada por las advertencias que por las estadísticas, ya me sentía sin querer un poco extranjera. “Girona es desacomplejadamente independentista”, según su alcaldesa, Marta Madrenas. Y así lo parecen demostrar las últimas elecciones de 2015, en las que Junts pel Sí y la CUP sumaron un 70% de los votos. “El procés es una prioridad”, dijo la edil del PDCat al llegar al cargo en 2015. Y basta pasear por las calles de este municipio catalán de unos 100.000 habitantes para comprobar que ha cumplido su palabra. Las farolas tienen carteles que invitan a votar con el mismo aire de oficialidad que los de cualquier campaña electoral y las únicas banderas de España en los edificios oficiales están en el Palacio de Justicia y el cuartel de la Guardia Civil. La que debería ondear en el Ayuntamiento por lo visto siempre está en la tintorería cuando alguien pregunta por ella. Es ya una broma local.

Sin embargo, la ciudad se prepara para un referéndum con más aires de Paseando a Miss Daisy que a Tierra y Libertad. Aina, de la Asociación de Padres y Madres de la Escola Joan Bruguera, me habla orgullosa de la reunión cívica que un grupo de padres (no llegan a la docena) han preparado para pasar el día. Lo más parecido a un altercado es un niño que llora en el tobogán porque se le ha explotado un globo. Son las tres de la tarde y hay ocho menores. Nadie se ha acercado a pedirles explicaciones o autorización. Me invitan a pasarme a los conciertos de la tarde.

Poco a poco, van llegando pese a la lluvia más familias con ánimo de quedarse a pasar allí la noche. Serán, entre adultos y niños, unos 40 (la escuela tiene unos 250 chicos matriculados). “Le estamos pidiendo a la gente que no se queda a dormir que venga a las 5 de la mañana para que vean tanta ciudadanía con las papeletas que no puedan impedirnos votar”, me explica uno de los voluntarios que ha venido con su pareja y sus hijos.

Cuando le digo que soy de Madrid me cuenta que estudió allí el último año de carrera “y se lo pasó muy bien, hay muy buena gente allí, pero en los últimos años las cosas han cambiado mucho”, añade. “No podemos más de la opresión”, puntualiza mientras alguien toca la guitarra. Una señora que pasará de los 80 años les trae a padres y niños una coca gigante para endulzarles la noche y les agradece su labor “por la democracia”. Asegura la anciana que va a dormir en el sillón y que a las cinco de la mañana será puntual a la cita.

Carteles a favor del referéndum en Girona, junto a otros que anuncian la llegada del circo.

Fuera del colegio presuntamente electoral, en el centro histórico de Girona, cuatro turistas franceses paran por el puente de hierro construido por Gustave Eiffel contemplando las impresionantes vistas al río y la catedral de Santa María. Al preguntarles por el referéndum responden a coro que ese es un asunto interno que debe resolver España. Ni que los hubiera mandado Juncker. Eso sí, aseguran que si Cataluña sale de España tendría también que abandonar la UE porque ellos luego no quieren líos con Córcega.

En el Puente de Piedra, dos señoras de unos 60 años piden apoyos para una causa con la que no cabe la equidistancia. Son de la Fundación de Oncología de Girona, que piden donativos para el día del cáncer de mama, pero también ellas terminan hablando del procès: “Espero que el 1-O gane la coherencia y la paz”, dice una. “Sí, sí, sobre todo la paz”, asiente su compañera. Las dos van a ir a votar, dicen, en blanco. “Lo que hace falta es diálogo, dilo en Madrid cuando vuelvas”, me dicen al marchar.

En la otra orilla me encuentro con Emma, una profesora de Sociales de primero de la ESO de 36 años que votará en el referéndum. Charlamos largo y tendido en una terraza. “Yo no sé qué pasará si logramos la independencia, pero peor que hoy seguro que no vamos a estar”, afirma indignada. Ella, que siempre ha votado a la CUP, irá mañana a votar acompañada de sus dos hijos “porque esto lo hago por ellos, por su libertad”, explica. No conoce a nadie que esté en contra del referéndum. “Tengo hasta una amiga del PP que también va a ir a votar, indignada con los ataques de Madrid de las últimas dos semanas”, asegura.

Niega Emma que haya ningún adoctrinamiento en los colegios: “En nuestro centro los profesores sólo hemos colgado una pancarta que pide Llibertat de Expresió, porque sentíamos que algo había que hacer, pero nada más”. También niega que haya ninguna situación de tensión en el día a día. Mientras hablamos, pasean a la orilla del río tres adolescentes con banderas de España colgadas al cuello. “¿Ves?”, dice Emma, “aquí nadie les dice nada. Cada uno piensa libremente lo que quiere. Ni somos cuatro ni somos radicales, somos miles y somos pacíficos”, concluye.

Muy cerquita de allí, en la Plaza de la Independencia, una estatua a dos soldados fusil en mano conmemora la expulsión de los franceses en 1809. La última guerra en la que toda España luchó en el mismo bando. Están envueltos en una bandera independentista. Junto a los pórticos de la plaza hay una pancarta colgada entre dos árboles que pone Votarem.

Allí están tomando un café dos jubiladas que muy amablemente me explican que son independentistas de toda la vida. Que toda Girona, bueno, “casi toda”, lo es. Al menos la Girona como Dios manda. El domingo van a madrugar para ir a votar pero tampoco mucho: “Lo justo”, dicen. “Por Whatsapp nos han pedido que vayamos antes de la 6, pero hasta las 10 de la mañana no creo que vaya porque tengo que levantar a mi madre de 86 años”. Del colegio electoral también se ha enterado por Whatsapp. Ellas, que se definen como ‘Pujolistas’ de toda la vida, ahora son muy de Puigdemont, “que para eso es de aquí. Y no es como los Pujol, que este no ha robado”, añaden. Ambas esperan que se llegue a la independencia pronto pero de forma negociada “y que se pueda seguir viajando por España tranquilamente, que a mí a España me gusta mucho… Fuimos a Madrid a ver El Rey León y nos encantó. ¡Y qué amable era allí la gente!”, dice mostrando su sorpresa.

Curiosamente, Girona, la provincia más independentista, sería la más perjudicada en caso de independencia, según un informe de la Asociación de Empresaris de Catalunya que alerta de la fuerte caída del PIB que salir de la UE supondría para un territorio que vive del turismo europeo y la exportación dentro del espacio Schengen. Pero eso a ellas no les preocupa a estas señoras. “Somos una región muy rica, pero nos fríen a impuestos”, comentan.

En la plaza de la Independencia, cuando se van las jubiladas no sin animarme a que vuelva a Girona a disfrutar del Ampurdá “cuando se pase el follón”, las adolescentes envueltas en las banderas de España que anes paseaban por el río se acercan a la pancarta, la arrancan y escapan corriendo. Una señora de pelo blanco, al verlo,  intenta correr detrás de ellas y les grita que son unas fachas. Las niñas, desde lejos, echan a reír y le gritan “Viva España”. Una mujer más joven, tal vez la hija, se lleva a la señora del pelo blanco del brazo del medio de la plaza, tratando de tranquilizarla.

Las niñas de las banderas tienen 13 y 15 años y son del barrio del Pont Mayor. Al preguntarles cómo se llaman, recitan sus nombres, Clara y Nerea, acompañándolas de sus dos apellidos muy rápidamente, como en el colegio. “¿No dicen todo el rato que no nos callemos? ¿Que reivindiquemos la libertad de expresión? Pues nosotras la usamos para decir que somos españolas y catalanas, pero sobre todo españolas. En el instituto nos comen la cabeza, pero a mí no me convencen. Españolas y a mucha honra”. Y se van a seguir buscando carteles del 1-O para arrancarlos a su paso.

No todo el mundo dice tan alto que se siente español. Jordi, un abogado de 44 años, en realidad no se llama así pero me pide que lo use de seudónimo porque “declararte públicamente en contra del referéndum te puede traer problemas”, lo explica hablando casi en un susurro. Hemos quedado en el lobby de un hotel porque prefería no ser visto en público. “Es triste esta clandestinidad, pero más triste sería perder mi trabajo”, explica. “En los últimos meses es hasta claustrofóbico, recibo cada día decenas de mensajes de Whatsapp de propaganda independentista de grupos de familia y trabajo y me tengo que callar porque si no eres el facha españolista. Mensajes contra el referéndum no recibo ninguno, nadie se atreve a reenviarlos masivamente. Y yo soy tan catalán como cualquiera, igual que mis padres y mis cuatro abuelos”, susurra. “Y como catalán siento que este Govern y este ayuntamiento me están estafando utilizando mis impuestos para un referéndum ilegal. El otro día probé a inscribir a mi bisabuelo con un DNI inventado y con fecha de nacimiento de 1873 en la web que anunciaba Puigdemont y le asignaron un colegio electoral para que fuera a votar. ¿De verdad se creen que esto es un referéndum?”.

Un globo con una urna en Girona.

Un globo dorado con una urna, sobre el río, en Girona.

Jordi dice sentirse muy solo. “Hay más gente que piensa como yo, pero no nos atrevemos a hablarlo en alto. Si hasta el Colegio de Abogados de Girona ha lanzado un manifiesto de apoyo al 1-O pidiendo voluntarios para asistir a quienes necesiten ayuda jurídica. ¿Y quién nos protege a los constitucionalistas? Diga lo que diga Madrid al día siguiente del referéndum no soluciona que si yo abro la boca pierdo mi empleo”. Jordi prefiere que no se declare el artículo 155, “al menos no explícitamente”, porque “dificultaría aún más la convivencia”.

Nada tiene que ver la realidad de Jordi con la que cuentan María y Josep (José, para su suegra). Esta pareja de Girona, ella maestra y él ingeniero, también sienten cierta claustrofobia pero la suya es por estar, todavía, dentro de España. “Madrid nos maltrata”, explica. Ambos reconocen que no se pueden declarar abiertamente independentistas con los padres de ella, que viven en Badajoz. “Si cuando vienen a casa les tengo que sintonizar 13 TV”, cuenta María a modo de explicación definitiva mientras coge en brazos su bebé de cinco meses. “Con ellos no hablamos de política para evitar líos en casa, pero tenemos amigos catalanes en contra de la independencia y lo discutimos de vez en cuando con total normalidad”.

La pareja irá a votar a favor de la independencia lo más pronto posible, en cuanto se despierten los niños. “Mi madre me dice que tenga cuidado, y es normal que tenga miedo porque pone la tele y parece que hubiera una especie de kale borroka catalana, cuando en realidad aquí todo está tranquilo”. Josep se declara liberal, y no teme que una posible independencia traiga problemas económicos a Cataluña. “¿Incertidumbre? Mucha”, reconoce. “¿Saldremos de la UE? ¿Se podrán pagar las pensiones? No lo sé, pero no podemos seguir toda la vida como el hámster atrapado en la rueda. No sé qué, pero la semana que viene algo habrá cambiado. O eso espero”, suspira. Para María el referéndum “es un golpe encima de la mesa para negociar con España alguna solución”.

Se van a casa a acostarse pronto, que mañana toca madrugar. Al caer la noche, Girona sigue llena de turistas y familias que pasean como si aquí, al menos a simple vista, la gente viviera feliz en vez de oprimida y ésta no fuera una ciudad que al amanecer aspirara a rebelarse contra el Estado. Como si para muchos de sus ciudadanos votar el 1-O no fuera más que un trámite porque de facto ya se hubieran independizado. Como si ya ni siquiera hiciera falta andarse con cuidado.