“Me obligan a hacer huelga” se lamenta Natalia -nombre ficticio- a las puertas del colegio donde pese a todo ha dejado a sus hijos. Quiere mantener ante ellos una apariencia de normalidad en todo lo que está sucediendo. Natalia es funcionaria de la Generalitat, trabaja en una de las sedes gubernamentales que el domingo se utilizaron como colegios electorales, y asegura antes que nada que condena la violencia. Pero acto seguido muestra su estupefacción por que el Gobierno catalán “invite” a sus trabajadores a secundar el paro. “Nos dejaron bien claro que no debíamos ir a trabajar, también que nos pagarían el día igualmente” explica esta letrada de la administración autonómica que señala la situación como absolutamente irregular.

Marta atiende tras la barra del bar que regentan sus padres en el polígono Carretera del Mig de Hospitalet de Llobregat, una zona industrial de pequeños talleres en el que la “parada de país” o huelga general, según las fuentes, ha tenido poca incidencia.

A las diez de la mañana, hora del desayuno, el bar está a rebosar como cualquier mañana normal. “Faltan algunos”, señala, “pero pensaba que faltarían muchos más”. El problema ha sido hoy llegar a los puestos de trabajo, con los transportes públicos limitados a un 30% de servicios mínimos en Cercanías de Renfe y un 25% en metro y autobús sólo durante las horas punta y las carreteras cortadas. “Vengo desde el Papiol y he llegado media hora tarde por los cortes de carreteras, he tenido que dar mucha vuelta, pero en el polígono la actividad es normal”. Eso sí, en la mitad de las naves la persiana a media altura muestra el temor a la llegada de piquetes, y casi nadie quiere salir en la foto.

Manuel, transportista, llegó anoche a Barcelona con su cargamento de aguas procedentes de Castellón. “Ayer no tuve problema, el problema será volver, porque las carreteras están cortadas”, se lamenta. Junto a él, tres trabajadores comentan con ironía el paro convocado por gobierno y patronales, además de CGT, UGT y CC.OO. “Nosotros somos autónomos, si no trabajamos no nos lo paga nadie”, señalan los responsables de uno de los talleres de la zona. Eso sí, añade uno “mi mujer, funcionaria, y los hijos -estudiantes universitarios- todos en casa”.

La universidad, las escuelas públicas, los hospitales y centros sanitarios y todos los centros de trabajo de la administración siguen el paro sin fisuras, así como las empresas de transporte. “En el metro pasaba un tren de cada tres y esta mañana íbamos como sardinas” se lamenta otro trabajador. De hecho, el transporte -público y privado- es, de calle, el ámbito más afectado por el “paro de país” con el que las entidades independentistas, el gobierno de la Generalitat, ayuntamientos con el de Barcelona al frente y algunas patronales pretenden mostrar su repulsa a la actuación de la Policía y la Guarda Civil el pasado domingo y su apoyo al proceso secesionista.

Las empresas de mensajería han cerrado hoy sus puertas, como las de transporte privado. Mohamed, repartidor de una empresa de repuestos, asegura que no ha podido completar su ruta esta mañana, cuando ha quedado atrapado en la Gran Vía a la altura de la Fira y la propia policía local ha facilitado que los vehículos dieran media vuelta para escapar de la ratonera en la que se ha convertido esta vía de acceso a Barcelona.

Entre el pequeño comercio el seguimiento es desigual y la huelga va, más que nunca, por barrios. En Via Júlia, en el distrito obrero de Nou Barris, prácticamente todo el comercio ha cerrado tras el paso de piquetes informativos a primera hora de la mañana. Otro tanto sucedía en Gracia, mientras el en Sarrià el seguimiento es mucho más desigual. Pequeños comercios, bares, panaderías, abrían sus puertas con normalidad esta mañana. Con la advertencia, eso sí, de que por la tarde, cuando se han convocado las grandes manifestaciones, bajarán la persiana.

En los grandes centros de trabajo, esos que marcan el termómetro de un paro, el seguimiento es también desigual. Mercabarna ha cerrado esta mañana sus puertas, mientras la fábricas de Seat o Nissan trabajan con normalidad. En centros medianos como BASF también se trabaja con normalidad, mientras otras empresas han optado por el paro.