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El independentismo arrasa en la antigua Cataluña carlista

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El independentismo arrasa en la antigua Cataluña carlista
Fachada del Ayuntamiento de Berga (CUP), sin la bandera española y con la estelada independentista.

Fachada del Ayuntamiento de Berga (CUP), sin la bandera española y con la estelada independentista. EUROPA PRESS

Resumen:

Los lugares en los que el carlismo tuvo más arraigo en el siglo XIX son los lugares en los que el independentismo tiene un éxito más indiscutible en 2017.

La relación entre estos dos datos, sin embargo, se ha sometido siempre a un debate historiográfico que casi 200 años después todavía sigue sin resolverse. Porque las dudas saltan a la vista: más allá del poder en Berga, ¿qué relación pueden guardar el militarismo religioso carlista con la profundamente anticlerical CUP, que propone convertir la catedral de Barcelona en una tienda de ultramarinos? ¿O con el presunto liberalismo del PDeCat?

Los académicos Josep Termes y Agustí Colomines escribieron en 2003 el libro Patriotes i resistents, en el que dibujaban a los carlistas del siglo XIX como los impulsores de un exitoso “proyecto hispánico con mentalidad catalanista”

Sin embargo, la corriente historiográfica mayoritaria desmiente la visión del carlismo como impulsor del catalanismo, y mucho menos como vanguardia del movimiento. El carlismo defendió los fueros, la especificidad catalana, igual que lo hizo en el País Vasco y Navarra, pero expertos como Pere Anguera y Jordi Canal han dedicado su trabajo durante décadas a situar correctamente esta cuestión. Con un argumento principal: el carlismo y el catalanismo convivieron en el tiempo, y no en armonía, sino en discusión constante.

Rafael Tristany fue uno de los más destacados militares carlistas durante las guerras del siglo XIX. En la Primera alcanzó el grado de teniente-coronel, y en la Segunda dirigió a un batallón de más de 3.000 hombres en nombre de la Tradición. Tristany había nacido en la pedanía de Ardévol, pero su apellido fue especialmente poderoso en el municipio ilerdense de Ivorra, un pequeño enclave que conserva su aspecto medieval en la comarca de la Segarra. Fue uno de los muchos lugares de la Cataluña interior en los que triunfó el carlismo, pero durante muchos años no se supo más de él. Eso fue así hasta el 27 de septiembre de 2015, cuando se convirtió en el municipio más arrolladoramente independentista de todos cuantos participaron en aquellas autonómicas. El 96,73% de sus vecinos confiaron en Junts pel Sí o la CUP. Sólo tres personas votaron al PP.

Cerca de Ivorra están Cervera, al sur, y Solsona, al norte. En ambos lugares protagonizaron sus principales escaramuzas durante la guerra los Tristany, no sólo Rafael. En Solsona se organizaron algunas de las guerrillas carlistas más activas. En los comicios del 27-S, Junts pel Sí se llevó el 65% de los votos. La segunda fuerza fue la CUP, con otro 9,37%. Entre las fuerzas constitucionalistas no sumaron ni 900 sufragios.

Siguiendo con la cadena, cerca de Solsona está Berga, que fue la capital política y organizativa del carlismo catalán. En 2017 la alcaldesa de Berga es Montse Venturós, de la CUP. La formación antisistema ganó las últimas municipales con el 34,19% de los votos y seis concejales. Superó a CIU por 58 papeletas. La tercera fuerza fue ERC. Los únicos partidos no independentistas en conseguir representación fueron el PSC e ICV, con un concejal. Montse Venturós, la alcaldesa cupera, se ha negado dos veces a comparecer ante un juez por desobedecer a la justicia y mantener en el balcón del ayuntamiento la bandera estelada.

Carlismo e independentismo

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En este viaje, ya gélido a estas alturas del año, desde Berga no hay más de 50 kilómetros hasta Vic, la capital de la comarca de Osona, que fue la más independentista en la ya de por sí homogénea consulta convocada por Artur Mas el 9 de noviembre de 2014. De Vic salieron, también en el siglo XIX, figuras como Jaime Balmes o Jacinto Verdaguer, cuyos valores adoptó el carlismo con fuerza.

El independentismo triunfa en los lugares donde triunfó el carlismo, pero los valores de ambos movimientos son opuestos

El patrón es claro. Los lugares en los que el carlismo tuvo más arraigo en el siglo XIX son los lugares en los que el independentismo tiene un éxito más indiscutible en 2017. La relación entre estos dos datos, sin embargo, se ha sometido siempre a un debate historiográfico que casi 200 años después todavía sigue sin resolverse. Porque las dudas saltan a la vista: más allá del poder en Berga, ¿qué relación pueden guardar el militarismo religioso carlista con la profundamente anticlerical CUP, que propone convertir la catedral de Barcelona en una tienda de ultramarinos? ¿O con el presunto liberalismo del PDeCat? A simple vista, muy poca, aunque el independentismo catalán lleva tiempo haciendo extraños compañeros de viaje.

Para entender el camino del carlismo al independentismo, o más bien para descubrir si existe, conviene empezar por el final. A día de hoy, los rescoldos del movimiento permanecen divididos. El Partit Carlí de Catalunya -que formó parte de la Asamblea de Cataluña que se originó en 1971 como oposición soberanista al último franquismo-, por ejemplo, defendió activamente en 2014 la celebración de la consulta del 9-N impulsada por Artur Mas.

La brecha catalana en el actual carlismo

Entonces, consideraron que “dentro del actual ordenamiento del Estado español”, Cataluña quedaría atrapada “en un callejón sin salida” fruto de “35 años de vigencia de la actual Constitución, el intento fallido de una reforma estatutaria y una ofensiva política, mediática, judicial y fiscal de expolio y recentralización”. En un comunicado, el Partit Carlí era contundente: “Por el derecho que nos corresponde como nación, aún más, por el nunca decaído derecho de resistencia y de insurrección, ha llegado el momento de decidir mediante una acción colectiva y democrática la constitución de Cataluña como Estado. Este estado, además, debe declararse independiente para poder abrir su vía dentro de Europa, en el concierto de los pueblos del mundo”.

El Partit Carlí y la Comunión Tradicionalista han defendido visiones completamente enfrentadas del actual proceso independentista

El Partit Carlí, no obstante, no representa a todo el carlismo. De hecho, sus principales ramas se congregan desde el año 1986 en la Comunión Tradicionalista Carlista. Y la posición de la CTC respecto al actual proceso independentista es tan clara como coherente con su adscripción: acudió a las elecciones europeas del año 2014 en coalición con la formación de extrema derecha Alternativa Española bajo el paraguas de la candidatura Impulso Social.

“Pretender la ruptura de la unidad de Las Españas, arraigada a lo largo de siglos de convivencia e intercambio entre todos los pueblos hispánicos, es un crimen de alta traición”, trasladó el partido en una nota de prensa antes del referéndum del 1-O. “El tradicional espíritu foral hispánico no tiene nada que ver con un régimen autonómico que lleva décadas premiando la deslealtad y allanando el camino a los partidos nacionalistas”, añadía.

El Estatut carlista de 1930

Las posiciones son tan divergentes como lo son las lecturas sobre el rol que el carlismo ha jugado históricamente en la construcción y el desarrollo del catalanismo político. Los académicos Josep Termes y Agustí Colomines escribieron en 2003 el libro Patriotes i resistents, en el que dibujaban a los carlistas del siglo XIX como los impulsores de un exitoso “proyecto hispánico con mentalidad catalanista”, como recoge el historiador Xavier Casals.

Y es verdad que el carlismo, o ya sus rescoldos, presentó en 1930 un proyecto de Estatut hoy olvidado entre el polvo, pero que habría dejado en nada al aprobado por el Parlament en 2006 y parcialmente tumbado después por el Tribunal Constitucional.

El proyecto de Estatut carlista reconocía el catalán como única lengua y preveía expandir sus fronteras hacia el sur y el mediterráneo

Decía aquel texto que se reconocería “la personalidad nacional de Cataluña, con todas las características individualizadoras”. También que “el territorio de Cataluña se entenderá constituido por el que forman ahora las llamadas ‘provincias’ catalanas, sin renunciar a la revisión de las fronteras que limitaban la antigua Cataluña estricta”, abriendo la puerta al concepto tan reclamado por el nacionalismo de los países catalanes.

Decía más cosas el proyecto de Estatut. Por ejemplo, que la única lengua oficial de Cataluña sería el catalán. Y que el castellano se utilizaría sólo para las comunicaciones con el Estado central, mientras no se pactase otra cosa. También hablaba de competencias: educación, gobierno municipal, obras públicas, comunicaciones, agricultura, beneficencia, sanidad, policía autonómica y recursos hidráulicos. También pedía “organizar dentro de Cataluña la administración de Justicia, sin recurso fuera de nuestra tierra”.

La disputada raíz del catalanismo político

Sin embargo, la corriente historiográfica mayoritaria desmiente la visión del carlismo como impulsor del catalanismo, y mucho menos como vanguardia del movimiento. El carlismo defendió los fueros, la especificidad catalana, igual que lo hizo en el País Vasco y Navarra, pero expertos como Pere Anguera y Jordi Canal han dedicado su trabajo durante décadas a situar correctamente esta cuestión. Con un argumento principal: el carlismo y el catalanismo convivieron en el tiempo, y no en armonía, sino en discusión constante.

Esto lo demuestra especialmente el trabajo del profesor Jordi Canal en su libro Banderas blancas, boinas rojas, en el que recoge los textos escritos en su día por Luis María de Llauder, referente del carlismo catalán y director-propietario del Correo Catalán, el principal periódico del movimiento a finales del XIX, pasadas las guerras, y con el catalanismo ya en pie.

No hemos hecho alarde de catalanismo, ni nos hemos asociado a este movimiento, algunas veces febril y por tanto atropellado’, escribían carlistas respetados en el s.XIX

“Nosotros, que somos tan catalanistas, por lo menos, como el que más, a quienes nadie puede ganarnos en amor a Cataluña y en el deseo de su enaltecimiento, que no hemos sido nunca amigos ni cómplices de los que incendiaron sus monumentos, destrozaron sus archivos y redujeron a Cataluña a la servidumbre liberal, antes los hemos combatido siempre, nosotros no hemos hecho alarde de catalanismo, ni nos hemos asociado a este movimiento, algunas veces febril y por lo tanto atropellado, de sus propagandas ni organismos, porque no hemos querido descender de nuestras posiciones ni ser arrastrados por el movimiento de aguas en el que se ahogarán tantas ilusiones”, profetizaba Llauder el 3 de marzo de 1895. El artículo encontró dura respuesta en los medios emblema del catalanismo, como la revista La Renaixensa, que publicó diversos artículos como contestación.

Como mucho, lo que existía en aquellos momentos eran dos catalanismos paralelos que evolucionaron por lugares diferentes. Y no fue el carlista, en absoluto, el que triunfó. Ni el que tiene traslado en la actualidad, pese a que algunos de sus representantes transitaran entre estos dos espacios a finales del XIX y principios del XX. Del triunfo del actual independentismo en los antiguos feudos carlistas se pueden deducir dos cosas. Una, que si el carlismo sigue vivo ya no es reconocible, hasta el extremo de convertirse en republicano. Y dos, que probablemente se deshizo, como en el resto de España, pese al intento de camuflarse junto a un movimiento, el catalanista, que ya le había sobrepasado.

Lo explica Jordi Canal en el capítulo de su libro sobre los mitos y lugares de memoria del nacionalismo catalán: “Afirmar (…) que algunos carlistas se pasaron al catalanismo político o al nacionalismo catalán no significa de ninguna manera que esta evolución fuese ni lógica, ni natural, ni necesaria, como se puede leer todavía en algunos libros de historia y en ensayos periodísticos”, dice el profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Y sentencia: “No nos hallamos ante un proceso inexorable ni tampoco ante una línea recta. Otros muchos carlistas no dieron este paso y algunos evolucionaron, por ejemplo, hacia posiciones anti-catalanistas o próximas al nacionalismo español”.