Sucede a menudo. El dolor los desplaza al rincón más oscuro de la memoria hasta olvidarlos. En realidad, no han desaparecido, siguen ahí, acurrucados y perdidos en el laberinto de los recuerdos negros. Sólo afloran cuando el paso del tiempo lo permite, cuando el alma ha sanado y la pena se ha convertido en una compañera de viaje llevadera. Para unos, en ese lugar viven enterradas sus miradas, sus palabras de cariño; otros sepultaron allí los proyectos que quedaron por hacer y que unos tiros, una bomba, les arrebató y hay quien prefirió esconder partes completas de su vida.

Es lo que queda tras el día en el que el terrorismo te rompe, te destroza. Todos lo hacen de modo similar. Los que sufrieron el de extrema derecha, el de extrema izquierda, el yihadista o el de aspiraciones nacionalistas. Son los trasteros de la tristeza. En España unas siglas lo han provocado en muchas más ocasiones que otras, pero todas, de igual modo han condenado al dolor y, en ocasiones al olvido, a la estigmatización social, a cientos de víctimas por las consecuencias de sus luchas inútiles.

Raúl López Romo ha escuchado demasiadas veces ese relato del día después, del día más triste en la vida de un hijo, de un padre, de una esposa… La historia de las víctimas de ETA se asemeja en muchos aspectos a la de las víctimas GAL, del Grapo o de la extrema derecha. El dolor no tiene ideología. Son historias de vida que deben ser contadas y rescatadas del olvido, suele recordar. Este investigador del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo ha logrado reunir decenas de testimonios de quienes sufrieron en primera persona el terrorismo. Propuso a decenas de ellas viajar a los recovecos más tristes de su memoria para que sus relatos no cayeran en el olvido y se las tragara la desmemoria de la sociedad.

La “atmósfera espiritual”

En Memorias del Terrorismo en España (Editorial Catarata) este doctor en Historia contemporánea por la UPV reúne 65 testimonios escritos en primera persona por las víctimas. Muchas de ellas jamás habían puesto por escrito lo vivido. Otros lo hicieron en privado, sin hacerlo público jamás. En el prólogo del libro, escrito por Florencio Domínguez, uno de los mayores expertos en terrorismo de nuestro país, define el objeto de la obra como un intento por trasladar a futuras generaciones lo que sucedió a través de las piezas más sencillas de puzzle del terrorismo: las víctimas.

Las historias y vivencias personales presentadas como el mejor camino para captar la “atmosfera espiritual” de los años más difíciles en España. Una colección de relatos personales que merecen la atención que durante décadas no tuvieron. Domínguez afirma que ahora es tiempo de observar con detenimiento las “historias que durante demasiado tiempo hemos mirado de lejos”.

Fueron años del “algo habrá hecho” o de tener que esconderse, vivir como “proscritos” en su propia ciudad en una suerte de “apartheid social” construido a base de saludos retirados, miradas incómodas o justificaciones imposibles. Algunos de ellos relatan la segunda o tercera victimización que quienes padecieron el terrorismo sufrieron por culpa de una sociedad anestesiada y temerosa y unas instituciones olvidadizas y desbordadas.

Olvido y tergiversación

“Creo que todos deberíamos hacer una reflexión para tratar de no ser sectarios y pensar que todas las víctimas del terrorismo son de los nuestros”, señala López Romo: “Aún quedan bastantes rescoldos. Cada uno se siente más cómodo con las víctimas con las que nos sentimos más cercanos ideológicamente, cuando en realidad todas son víctimas de intentos por conculcar la libertad”.

Asegura que el libro Memorias del Terrorismo en España es, de alguna manera, un intento por contribuir a ahuyentar el temor hoy más presente en muchas víctimas; el olvido y la tergiversación. “Muchas de ellas consideran que estamos en el tiempo del relato, de contar lo que ha sucedido. Sienten que si no lo hacen ellas otros lo harán en su lugar y quizá para tergiversar la realidad o para contarlo desde el punto de vista de los perpetradores para justificarlos”.

El autor subraya la enorme generosidad que muchas víctimas han demostrado participando en esta obra. Plasmar por escrito algunos de los recuerdos más dolorosos es un ejercicio complicado, “han vivido hechos muy trágicos y de algún modo supone revivirlos”

Marisol Chávarri. Hija del sargento de la policía local de Beasain, Miguel Chávarri. Asesinado en 1979. Caso sin resolver.

Desde entonces detesta los helicópteros. Cuando ve uno le viene el recuerdo del peor día de su vida, el 9 de marzo de 1979. Aquella mañana, la que tras discutir se había marchado de casa sin dar el habitual beso de despedida a su padre, le sacaron de clase. Fuera le esperaban el director y un compañero de su padre en la comisaría de Beasáin (Guipúzcoa). ETA acababa de matar al sargento de la policía local, Miguel Chávarri. Marisol tampoco se quita de la memoria las frases de su madre cuando la vio poco después, “¡qué nos han hecho, qué nos han hecho!”.

El asesinato fue doloroso, el duelo también. La mirada hacia el pasado muestra una etapa de su vida en la que sintió “frío y soledad hasta en lo más profundo”. La rabia aún aflora al recordar cómo en el certificado de defunción de su padre el motivo que se reflejó fue “shock traumático”. Ni rastro de referencias a los nueve tiros que le dispararon los terroristas. A su muerte le siguieron años de orfandad pero sobre todo de indiferencia social y de persecución de una sombra de culpabilidad con el “algo habrá hecho” tan extendido en la convulsa Euskadi de la Transición. Todo aquello terminó. La herida ha cicatrizado y lo ha hecho sin odio, “no conduce a nada, te amarga el carácter y la vida”.

José María Silveti. Ex concejal y juntero de UCD en Guipúzcoa.

Lo que le daba la vida era el mar, la pesca. Lo que cerca estuvo de quitársela fue la política. Ser arrantzale, (pescador) y político en la Getaria de finales de los 70 no era una combinación frecuente. Declararse abiertamente vasco y español en la tierra de Juan Sebastián Elcano, aún menos. A José María Silveti ETA le intentó matar hasta en dos ocasiones. No lo logró pese a que la banda y su entorno no cejaron en su empeño. Un acoso que llegó a extremos insospechados. Como el día en el que tras la muerte de su madre unos desconocidos acudieron al cementerio de pueblo y quemaron las coronas que con los colores de la bandera española le habían depositado en el funeral.

Ser presidente de la cofradía de pescadores de uno de los puertos más emblemáticos de la costa guipuzcoana le dotó de cierta relevancia. Los radicales lo aprovecharon para disfrazar su coacción en forma de conflicto laboral, “arregla lo de la pesca, me decían”. Desde el entorno de HB los insultos de “chivato” y “fascista” comenzaron a ser habituales para José María.

El acoso les llevó incluso a quemar las coronas de flores tras la muerte de su madre. Llevaban flores rojas y amarillas.

Todo se complicó cuando decidió dar el paso y meterse en política. Lo hizo en UCD acompañando a Jaime Mayor Oreja en la primera plancha por Guipúzcoa de las autonómicas de 1979. Un día, cinco encapuchados le fueron a buscar a la cofradía de pescadores. No estaba. Hubo quien lo lamentó y quien estuvo cerca de justificarlo. Incluso su hermano, como él mismo relata en Memorias del Terrorismo en España, llegó a asegurar que “algo habría hecho cuando le van a buscar”. En otra ocasión otro compañero de trabajo lamentó que los terroristas no hubieran terminado su faena.

La presión y amenaza constante en la que vivía le provocó un infarto, le disparó la manía persecutoria y terminó por forzar su exilio en Madrid, lejos del mar.

José Antonio Pérez. Doctor en Historia e Investigador.

Hasta entonces jamás la había visto llorar. Los ojos azules de Begoña, su melena rubia y su belleza era lo único que le habían llamado la atención de ella. Hasta que la vio sollozar en una esquina del pasillo del instituto. “¿Qué te ocurre?”, preguntó. “A mi padre lo van a matar, a mi padre lo van a matar…”, acertó a responder. Su padre era ingeniero en la central de Lemóniz, el mismo empleo y el mismo destino que José María Ryan, al que ETA acababa de secuestrar y asesinar horas antes para forzar el cierre de la planta.

En aquel instituto, en Erandio (Vizcaya), nadie se manifestó por ello. La politización cotidiana del centro se alimentaba con las historias de manifestaciones, pelotas de goma y carreras incendiarias relatadas como hazañas por muchos de sus alumnos tras el fin de semana. “Las aulas eran un reflejo de una sociedad que se ha movido entre el matonismo, el miedo y la indiferencia”, recuerda José Antonio, doctor en Historia por la UPV.

El profesor de Ciencias dividió la clase en tres grupos, ‘el comando Bizkaia’, el ‘comando Gipuzkoa’ y el ‘comando Madrid’

La “banalización del mal” en las aulas llegaba a límites insospechados. El profesor de Ciencias no dudó en dividir la clase en tres grupos para realizar un trabajo, “vosotros seréis el comando Bizkaia, vosotros el comando Gipuzkoa y los del fondo el comando Madrid”: “Aquello era un verdadero honor, palabras mayores”. Indignarse valía para poco. El silencio se imponía y el miedo lo blindaba. Quejarse al director del centro, aún menos: “Era una cara conocida del movimiento antinuclear y un miembro destacado de Herri Batasuna”.

La “atmósfera espiritual” en la que como él vivían y se formaban decenas de miles de estudiantes vascos era similar en muchos institutos. Silencio e intrascendencia si quien moría a tiros de ETA era un guardia civil, un policía o “un puto español”, un “txakurra” y agitación y movilización si la vida perdida en un enfrentamiento policial era la de “un gudari, esas sí eran vidas sagradas y eternas” que merecían paralizar el colegio.

Marta Buesa. Hija de Fernando Buesa. Asesinado el 22 de febrero de 2000 por ETA.

Es consciente de que su memoria es selectiva, caprichosa quizá. No recuerda todo, no al menos con la misma intensidad. “Quizá sea por supervivencia, para no dejarme llevar por la rabia y la amargura de tanta barbaridad”. Marta Buesa recuerda que en su infancia ETA era un fenómeno que en realidad “existía sólo en la televisión”, no estaba presente en su vida ordinaria. Con 10 años la memoria guardó un recuerdo que le cambió para siempre; la imagen de otra niña, Irene Villa, junto a su madre, con sus cuerpos destrozados tras un atentado.

Ser hija de un significado miembro del PSE en Euskadi comenzó a descubrirle que la amenaza era real. Los escoltas se habían convertido en una rutina que limitaba la libertad de la familia. Sólo en verano llegaba la libertad plena, cuando el coche de los guardaespaldas daba la vuelta cuando la familia Buesa había traspasado la frontera de Euskadi camino del descanso en algún lugar lejano, “les veía marcha y allí con ellos se quedaban las sombras”.

La memoria también reserva un lugar relevante al día de la Navidad de 1995 en el que mirándole a los ojos preguntó a su padre si era cierto lo que había leído en la prensa, que el recién desarticulado comando Araba de ETA quería matarle. Lo era. O para el día en el que junto a apenas medio centenar de personas se manifestó en Lekeitio (Vizcaya) para pedir la libertad de Miguel Ángel Blanco ante miradas que hablaban por si solas como si escupieran un “¡cómo os atrevéis a hacer esto!”.

Lloré cuando ETA lo dejó. Quería haberle cogido de la mano para que regresara y decirle ‘ya no te va a pasar nada, aquí estás a salvo’

Sin duda, el recuerdo más oscuro le sitúa en su despacho el 22 de febrero de 2000. Serían las 16:30 y el estallido se escuchó relativamente cerca, en la zona de la Universidad, cerca de casa de sus padres en Vitoria. La llamada angustiosa al móvil de su padre no dio respuesta. La primera a su casa, tampoco. La siguiente fue su hermano Carlos el que confirmó el temor: “Ha sido papa, Marta. Lo han matado”.

Después las imágenes se suceden en su recuerdo; el ataúd en el Parlamento Vasco, las muestras de apoyo, la visita junto a sus hermanos al lugar de la explosión y sobre todo, la tristeza que le inundó “y se quedó conmigo mucho tiempo”. Ahora, no oculta que la pena “no se va nunca”, que reaparece con un olor, una imagen o una noticia pero que ha aprendido a vivir con ella.

El día que ETA anuncio que lo dejaba lloró. En ese momento hubiera deseado con todas sus fuerzas que él estuviera ahí, “cogerle de la mano” para tranquilizarle para siempre, “ya no te va a pasar nada, aquí estas a salvo”.

Lucila Ortega Lara. Hermana de José Antonio Ortega Lara. Secuestrado 532 días por ETA.

No pudo evadirse. Cada mañana el repartidor de periódicos se lo recordaba. En las portadas de aquellos periódicos contaban la última novedad del caso de su hermano. Y así 532 días. Regentar una librería, un puesto de periódicos, suponía no poder olvidar que José Antonio seguía secuestrado en algún lugar inhóspito. “Recuerdo que me preocupaba que me afectara a la salud”.

Cada día los periódicos que ella vendía en su librería le recordaban que José Antonio seguía secuestrado»

El shock emocional en el que le sumergió el que sería el secuestro más largo de la historia de ETA le suscito un rosario de preguntas que aún hoy algunas siguen sin respuesta. Ahora, 21 años después, Lucila asegura que ya no guarda rencor, que aquel sentimiento desapareció para poder seguir viviendo. Aquellos casi 18 meses de angustia los recuerda ahora como un “curso intensivo” que le convirtió en una mujer más fuerte, “creo que salí reforzada de todo aquello”.

Resu Basarrate. Herida por una cartera-bomba en 1994. Autoría desconocida.

Aún no sabe quién le destrozó la vida. Ni siquiera a qué grupo terrorista pertenece. Lo puede imaginar, nada más. La mañana del 29 de mayo de 1994 paseaba junto a su hija Aranzazu por la playa de Muskiz (Vizcaya). Era un domingo nublado. Uno más. En la arena tropezó con una cartera que alguien habría dejado perdida. Abrirla cambiaría su vida. La explosión de aquella cartera-bomba le destrozó la mano y le dejó sin visión durante dos semanas. Su hija también sufrió graves heridas.

“Cuando regresé del hospital fue cuando me di cuenta de lo difícil que iba a ser mi vida a partir de entonces”. El caso sigue con muchas preguntas sin respuesta y no parece que las vaya a tener.