Hace exactamente un año el Parlament proclamó la república catalana. Haciendo valer el referéndum ilegal del 1-O, la presidenta Carme Forcadell, con voz descompuesta y cara demudada, leyó a petición de su ahora sucesor, Roger Torrent, la parte expositiva de la resolución aprobada por la Cámara en la que se proclamaba la independencia. Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y el resto de los miembros del Govern y de la Mesa del Parlament fueron vitoreados en las escaleras del Parlament por decenas de alcaldes vara en mano. Los líderes abandonaron después la cámara en dirección al Palau de la Generalitat. Sus fieles se reunieron en la Plaza Sant Jaume a la espera de una proclama desde el Palau que nunca llegó. De hecho, ni siquiera llegó a arriarse la bandera española.

Al día siguiente, un sábado, el Gobierno aprobó la aplicación del artículo 155 y Carles Puigdemont empezó la peripecia de su huida a Bélgica mientras las entidades independentistas veían con desconcierto como las instituciones que habían proclamado la independencia se iban de fin de semana.

Un año después, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, o PDeCat y Esquerra, se han intercambiado los papeles. Quienes hace doce meses presionaban a Puigdemont en las redes sociales para que proclamara la independencia en vez de convocar elecciones hablan ahora de «realismo mágico» mientras el ex president se ha convertido en el principal agitador, con la inestimable ayuda de su «vicario» Quim Torra.

Oriol Junqueras no movió un dedo para frenar a Marta Rovira, cuyos gritos y llantos en los despachos de JxSi en las horas previas a la DUI forman parte ya de la mitología del procés. Y Gabriel Rufián añadía leña al fuego con su tuit más famoso: «155 monedas de plata». Pero meses después, Junqueras exige desde prisión menos gesticulación y ampliar la base, tras advertir en junio desde Estremera que «no acepta ninguna lección de dignidad ni de patriotismo», porque «nadie ha dado tanto y nadie está pagando un precio tan alto» por defender el 1-O como ERC.

Algo parecido sucede con los líderes presos. Quien hace un año abogaba por un adelanto electoral, Jordi Sánchez, se ha convertido ahora en el mejor aliado de Puigdemont en los desplantes al Tribunal Supremo, y de paso a Esquerra, con la suspensión de los diputados dictada por el juez Llarena, mientras Josep Rull y Jordi Turull cuestionaban un envite que ha acabado dando al traste con la mayoría independentista en el Parlament. Pero la tarde noche del 26 de octubre de 2017 fueron precisamente Rull y Turull los que, según fuentes presentes en esas horas cruciales, más presionaron a Puigdemont para que no convocara elecciones, tal como le pedían todos los intermediarios que intentaron frenar la DUI y posterior aplicación del 155.

ANC y Òmnium, desbordadas por los CDR

Las dos grandes entidades que manejaron durante años la «fuerza de la calle» con masivas manifestaciones pacíficas han visto como sus vistosas performances eran superadas por la violencia cada vez más presente de los CDR. Los primeros incidentes llegaron el 3 de octubre, con la huelga general orquestada desde la Generalitat que empezó con cortes de carreteras e invasión de vías de tren. Pero los más graves corresponden a meses después, cuando Puigdemont fue detenido en Alemania y grupos independentistas tomaron el centro de Barcelona, protagonizando duros enfrentamientos con los mossos ante la Delegación del Gobierno.

Los incidentes de este otoño, desde las cargas tras la manifestación de Jusapol al asalto del Parlament tras la manifestación organizada por ANC y Omnium, han confirmado dos de los cambios más sustanciales en el movimiento independentista: el divorcio entre entidades y Govern, con unas manifestaciones en las que cada vez es más coreado el lema «desobedeced o dimitid», y la pérdida del control sobre la masa de la que durante años han hecho gala estas organizaciones.

Incluso esa alianza que parecía inquebrantable entre Òmnium y la ANC vive sus horas más complejas con una Asamblea radicalizada con la presidencia de Elisenda Paluzie, que hoy ha llamado a la gente a presionar al Govern para que reedite la declaración de independencia publicándola en el Diario Oficial de la Generalitat (DOGC). Una exigencia que no ha secundado Omnium.

Cuando el procés parecía imparable

Son las consecuencias del largo y duro aterrizaje del independentismo en la realidad de la república frustrada. Hace un año, el procés parecía una fuerza imparable a la que el Gobierno de Mariano Rajoy no atinaba a poner freno. Prometieron «referéndum o referéndum» y la consulta acabó realizándose, pese al despliegue de 6.000 agentes de policía. Los manifestantes cantaban socarrones «donde están las papeletas» durante los infructuosos registros de los días previos, y al final se acabó confirmando el peor escenario para el Gobierno: hubo urnas, y hubo violencia.

La soberbia con la que los líderes independentistas hicieron caso omiso a las advertencias judiciales, de la que este tuit de Carles Puigdemont (abajo) es el mejor ejemplo, explica el desconcierto de esos mismos dirigentes cuando la Justicia empezó a hacer efectivas esas advertencias. «No se atreverán» les repetían a los consellers y conselleras que, como Dolors Bassa, Meritxell Borràs o Lluís Puig, no formaban parte del «sanedrín» que tomaba las decisiones efectivas del procés. Pero esa promesa no se cumplió.

Las elecciones del 21-D fueron la última victoria del independentismo -a pesar de que su aceptación suponía la vuelta al redil autonómico, incluida la CUP- muy ensombrecida por la victoria en votos de Inés Arrimadas. Pero desde entonces el soberanismo «ha perdido la épica», en palabras de uno de sus cuadros. Todas las promesas de Puigdemont: si gano volveré a Cataluña, seré president, seguiremos construyendo la república, se han ido desvaneciendo a medida que se imponía la realidad.

El soberanismo ha perdido la épica de la que disfrutaba hace un año, reconocen algunos independentistas

Puigdemont superó a una ERC desnortada por el encarcelamiento de Oriol Junqueras, pero nunca volvió de Bruselas. Intentó una investidura a distancia que Roger Torrent se negó a facilitar por las consecuencias legales que hubiera supuesto. Tampoco pudo ser investido su número dos, Jordi Sánchez, porque Esquerra volvió a negarse a desatender las advertencias del Tribunal Constitucional y el juez Llarena no le dio permiso para acudir al Parlament. Y la candidatura de Jordi Turull fue tumbada por la CUP antes de que el ex conseller fuera encarcelado por orden del Supremo.

Cuando finalmente consiguieron investir a Quim Torra, tampoco se hizo realidad ese «gobierno en el exterior» presidido por Puigdemont que debía tutelar a la Generalitat; el Consejo de la República promete echar a andar la próxima semana con la internacionalización de las reivindicaciones independentistas como único objetivo. Y la asamblea constituyente acordada con la CUP promete no hacer una constitución, porque eso corresponde a los parlamentos, reconoció Lluís Llach esta semana.

Los únicos avances reales en términos políticos son fruto de la participación del PDeCat y ERC en la política nacional y su apoyo a la moción de censura lanzada por Pedro Sánchez. A partir de ahí se ha desbloqueado la relación con el Gobierno y las multilaterales se multiplican con la entusiasta participación tanto de Pere Aragonés, mano derecha de Junqueras, como de Elsa Artadi, número dos de Puigdemont en las elecciones.

Hoy se lanza la Crida, la última invención de Puigdemont para mantener viva su cruzada personalista, de la mano de Jordi Sánchez y Quim Torra. Pero incluso su partido, el PDeCat, se resiste a nuevos experimentos.