Nacieron en un mismo tiempo. Fueron niñas en los años en los que la anormalidad se había hecho cotidiana y en los que el silencio arropaba con frío e injusticia a quienes más sufrían. Los mismos en los que la vergüenza y el miedo social les remataba. No tardaron en preguntarse por qué nadie se rebelaba y lo proclamaba a los cuatro vientos. La Euskadi de los años 60 en la que crecieron era así, de mirar hacia otro lado, de callar por no incomodar y de arropar sólo a escondidas. Consuelo, Cristina y Teresa la sufrieron, cada una con sus circunstancias, pero bajo un mismo paraguas y lluvia social. Vieron y sintieron crecer esa realidad oscura, la comenzaron a temer en su juventud y la sufrieron con toda su crudeza en la madurez. Cada una en su casa, entre medias verdades falseadas por precaución, entre miradas escolares y adolescentes que aprendían a esquivar situaciones incómodas. Sin conocerse vivieron vidas paralelas, miméticas en algunos casos, que terminarían por cruzarse.

A Cristina aún no se le ha olvidado aquella pregunta que jamás imaginó que tendría que responder. “¿Cuántos tiros ha recibido tu padre?”. La funcionaria del juzgado de San Sebastián tecleaba con cierta frialdad en la máquina de escribir esperando la respuesta de aquella joven de 20 años a la que dos pistoleros de los Comandos Autónomos Anticapitalistas acababan de dejar huérfana sólo tres horas antes. A su padre, Enrique Cuesta Jiménez, delegado de Telefónica en el País Vasco, lo acababan de asesinar camino de su casa. Aquella tarde del 26 de marzo de 1982 también habían herido a su escolta, el policía Antonio Gómez.

A Consuelo tampoco se le olvida cómo le heló la sangre el mensaje que encontró en el contestador telefónico de casa el verano de 1994: “A ver Gregorio, estamos hasta los cojones de ti. Una declaración más tuya y tu familia corre peligro. Fuera de Euskadi, cabrón”. Cinco meses después el teléfono volvió a sonar. Esta vez era la madre de un compañero de su hermano en el ayuntamiento: “¿Te has enterado?, ¿sabes algo?”. No, no sabía nada. Su cuñada, Ana Iríbar, a la que llamó inmediatamente, tampoco. ETA acababa de cumplir la amenaza que había dejado grabada en el contestador.

La funcionaria tecleaba con frialdad mientras le preguntaba a aquella joven de 20 años: «¿Cuántos tiros ha recibido tu padre?

Tardó sólo ocho meses en recuperarse. Después, decidió dejar de ser invisible. El apellido Ordóñez había quedado marcado para siempre aquella tarde del 23 de enero de 1995 cuando un pistolero de la banda localizó al concejal del PP en el bar ‘La Cepa’ de Donostia y avisó al comando para asesinarlo. En septiembre Consuelo había salido a la calle para concentrarse ante ‘La Paloma de la Paz’ en contra del secuestro del empresario José María Aldaya. Enfrente, simpatizantes de la izquierda abertzale que se contramanifestaban lanzaron una piedra que le golpeó en la cabeza y la arrojó al suelo. Acababan de despertarla, de sacarla a la superficie desde el pozo en el que ETA la había sumido con el asesinato de su hermano. Ya no dejaría que la volvieran a tumbar más. “Decidí poner mi dignidad un peldaño por encima del miedo”, recuerda a menudo. Fue entonces cuando asumió que debía hacerles frente, no esconder más su condición de víctima y saltar a la esfera pública para recoger el testigo de Gregorio.

«Acabamos de matarlo»

La historia de Teresa también tiene una llamada de teléfono difícil de olvidar y de perdonar. Se produjo el 7 de marzo de 1985. Tenía 24 años cuando sonó en su casa de Vitoria y su abuela preguntó quién era. Al otro lado del auricular una mujer se limitó a preguntar. “¿Tienes un hijo soldado en Vitoria?”, a lo que ella respondió sacándole de la confusión: “Bueno, no es soldado, es militar”. La sentencia despiadada, fría y desalmada, llegó a continuación: “Pues acabamos de matarlo”.  Así comunicó ETA el asesinato de un hijo y de un padre, Carlos Díaz Arcocha, superintendente de la Ertzaintza y teniente coronel del Ejército. Tenía 52 años y cinco hijos cuando la banda terrorista le colocó la bomba lapa que acabó con su vida.

Ni Teresa, ni Consuelo, ni Cristina volvieron a ser las mismas. El terrorismo les apagó para siempre una parte de su vida y les descubrió otra que adormecía. Sin pretenderlo, les convirtió en activistas, en voces dispuesta a hacerse oír y plantar cara a quienes entonces monopolizaban calles, discursos y manifestaciones. Aún no lo sabían pero a finales de los 90 Cristina, Consuelo y Teresa estaban a punto de encontrarse para rebelarse juntas en favor de las víctimas en Euskadi. Si las instituciones no lo hacían lo harían ellas.

Aquella piedra que le golpeó en la cabeza acababa de despertarle, de sacarle del pozo, ya no se dejaría tumbar más

Antes les quedaba un desierto por cruzar, por sufrir. Cristina descubrió que las víctimas del terrorismo en aquella Euskadi de los 80 simplemente no existían, ni para la sociedad ni para los poderes del Estado. Menos aún en la ciudad con la bahía más bonita y visitada de España, en la que casi a diario un crisol de organizaciones terroristas actuaba de modo simultáneo y enfrentado imponiendo “la ley del silencio”.

Tras el asesinato de su padre Cristina comenzó a trazar su nueva vida. Se matriculó en Filosofía, se empapó de la realidad política y de violencia que le rodeaba y que hasta entonces apenas le había prestado atención. Fue en la facultad donde conoció a aquel profesor del que poco más sabía, aparte de que le habían pintado una mina en la puerta de su despacho y que nadie se atrevía a borrar. Se llamaba Fernando Savater. Aquel hombre había comenzado a ser repudiado, amenazado, por decir cosas que nadie hasta entonces se había atrevido. En una asamblea contra la tortura a la que fue invitado, –era miembro de la Asociación contra la Tortura- Savater aseguró que del mismo modo que debía denunciarse las torturas de la Guardia Civil se debía hacer lo propio con lo que en ese momento estaba haciendo ETA. Mientras intervenía ante la asamblea de estudiantes, muchos de ellos cercanos a HB, la banda terrorista tenía secuestrado al ingeniero de la central de Lemóniz, José María Ryan, -al que poco después asesinaría-. “Es un caso claro de torturas”, dijo Savater provocando el revuelo entre los presentes. Poco después, a la mina en la puerta de su despacho se sumó la pintada de un ataúd.

‘Hacer algo’ por las víctimas

El ejemplo de Savater había calado en Cristina. Él sí supo y se atrevió a hablar de la “otra parte”, de las víctimas en una década en la que por momentos los asesinatos eran semanales, casi diarios. Con 27 años aquella joven guipuzcoana acudió a unas jornadas sobre periodismo y violencia. Ante algunos de los directores de los principales medios, levantó la mano para preguntar. Ella también quiso, como Savater, poner el foco en la otra parte, en las víctimas. Preguntó por qué en aquel foro las víctimas no estaban representadas y siguió llamando a todas ellas a “abrir un camino nuevo”, a hacerse visibles. Aquella chica acababa de perder el anonimato.

El interés de los medios por saber quién era esa joven de 27 años se multiplicó. El entonces exitoso programa de Mercedes Milá la invitó. Allí apeló a las víctimas a sumarse a su iniciativa para salir del silencio. El apartado de correos que facilitó, el 492 de San Sebastián, se llenó de cartas días después: 3.000 en sólo un mes. Más de un centenar de ellas estaban dispuestas a “hacer algo”. El 8 de mayo de 1986, en los bajos de una cafetería de Donostia, durante una reunión con otras víctimas, Cristina gritó por primera vez que era hora de hablar. Lo harían en silencio pero en público cada vez que se produjera una muerte violenta provocada por ETA o por cualquier otra organización. Acababa de nacer la ‘Asociación por la Paz de Euskal Herria’ y su lema, “Dilo con tu silencio”.

Cristina impulsó ya en 1986 las primeras concentraciones tras un asesinato bajo el lema «Dilo con tu silencio»

Los años posteriores al asesinato de su hermano fueron duros para Consuelo Ordóñez. Rescatar el testigo de Gregorio y hacerlo saber a los cuatro vientos le situó en el centro de las miradas de la ‘kale borroka’. Ahora las dianas y pintadas amenazantes llevaban su nombre. Pasear por el Casco Viejo de San Sebastián era un riesgo. En una ocasión le propinaron un botellazo en la cabeza, en otras le insultaron al grito de “¡Ordóñez a Polloe!”, en referencia al cementerio de Donostia, y “¡Ordóñez, devuélvenos la bala!”. Haberse levantado aquel día tras la pedrada dispuesta a no esconderse más tuvo consecuencias más dolorosas. La más ruin fue la profanación de la tumba de su hermano hasta en cuatro ocasiones. El susto más severo se lo propinaron el 2 de julio de 2000, cuando lanzaron siete cócteles molotov e incendiaron parte de su vivienda. Pero para entonces, Consuelo ya había decidido que no daría marcha atrás.

Para Teresa, los años siguientes al asesinato de su padre fueron de muchas preguntas y pocas respuestas. ¿Por qué nadie se preocupaba por ellas, por las víctimas?, ¿por qué nadie hacía nada en el País Vasco, donde se concentraban la mayoría de ellas? Como Psicóloga sabía que el daño que su situación provocaba requería de algo más que unas palmaditas tras el entierro. En Euskadi no existía ninguna atención específica para este colectivo. La hija de Carlos Díaz Arcocha había acudido a varias reuniones de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) que acumulaba ya una dilatada experiencia desde su fundación en 1981. Pero en el País Vasco se seguía mirando hacia otro lado, considerando a las víctimas como un elemento incómodo y éstas, autoexcluyéndose en el silencio y evitando proclamar su condición a riesgo de ser estigmatizada.

Políticos, taxistas, empresarios….

A mediados de los años 90 las vidas de Consuelo, Teresa y Cristina habían dado ya demasiados vuelcos y golpes en la mesa. Era de hora de dejar atrás las lágrimas y la rabia contenida y actuar. Fue la fortuna la que les puso en contacto. Lo hizo en un paseo, en la ciudad de los paseos al borde de la Bahía de la Concha, en la que víctimas, cómplices y verdugos han coincidido durante décadas. El verano de 1998 Teresa Díaz Bada se encontró por la calle con Consuelo. Tras el saludo de cortesía vino el turno de la inquietud que le carcomía desde hacía tiempo, había que hacer algo para visibilizar a las víctimas del País Vasco.

Pasó el verano y Ordóñez se acordó de su amiga Cristina Cuesta, aquella chica que había logrado situar por primera vez el foco mediático sobre las víctimas. Ella podría ayudarles. Habían pasado doce años desde que alzó la voz en aquella conferencia. Desde entonces Cuesta no se había quedado quieta, su ‘Asociación por la Paz de Euskal Herria’ había demostrado capacidad de movilización y una gran disposición para cambiar las cosas. Aquella asociación pronto confluyó en otra, Gesto por la Paz, de la que tiempo más tarde se separó para crear una nueva plataforma, ‘Denon Artean’ (Entre todos) destinada a brindar atención a las víctimas.

En la terraza del Hotel María Cristina, el 28 de noviembre de 1998, familiares de víctimas dieron la cara por primera vez

Ahora Teresa, Consuelo y Cristina trabajarían juntas para crear desde cero la primera asociación de víctimas del País Vasco.  Cada una tiró de agenda y contactos para llegar a víctimas de Guipúzcoa y Vizcaya, fundamentalmente. Al mismo tiempo, comenzaron a poner en orden sus ideas, a darles forma a modo de manifiesto fundacional para aquella plataforma que querían levantar. En aquel borrador no faltaron reproches al Gobierno de Aznar por intentar negociar con ETA, mensajes de apoyo a las víctimas de ETA, los GAL y los Comandos Autónomos Anticapitalistas y otros “grupos incontrolados”. En la lista de reproches figuraban los intentos por “manipular” a las víctimas para convertirlas en pieza clave para “la reconciliación” en Euskadi: “La reconciliación no significa perdón y olvido sino justicia para todos”, escribieron. Cristina, Consuelo y Teresa tenían claro que no sólo se debía exigir a los terroristas el abandono de la violencia sino el reconocimiento del daño causado, y a las instituciones la atención suficiente a las víctimas que tantas veces se habían sentido huérfanas, “no queremos ser también víctimas de la paz”.

La primera prueba de fuego la pasaron el 21 de noviembre de 1998. Habían transcurrido apenas dos meses desde aquel encuentro en la calle y ahora se presentaban ante otras 63 víctimas del terrorismo para recabar su apoyo al manifiesto. Lo obtuvieron, así como su compromiso para comparecer en público en su respaldo. Una semana más tarde, el 28 de noviembre de 1998, se produjo la escena hasta entonces jamás vista en Euskadi. La terraza del Hotel María Cristina de San Sebastián acogía a 75 familiares de víctimas de ETA y los GAL, -hijos e hijas, viudas, madres y padres de policías, ertzainas, taxistas, funcionarios de prisiones, políticos, empresarios o cocineros asesinados- dispuestos a dar la cara, a salir a la luz para respaldar el manifiesto suscrito por 212 familias.

Aquel foro pronto se convirtió en un Colectivo organizado. En febrero de 1999 se formalizó la puesta de largo de lo que sería el Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco (COVITE) bajo el logo diseñado por Agustín Ibarrola, una chiribita coloreada con la que el autor quiso expresar su apoyo a las víctimas de la violencia, -entre las que él se encontraba-, y ante las que él mismo pidió perdón por sus “silencios y complicidades”. Ahora, un símbolo con todos los colores del arco iris se convertía en su particular aportación a “la dignidad, la vida, la reconciliación y la convivencia pacífica”.

Quedaban aún once años por delante con un cúmulo de nuevos atentados de ETA. Más víctimas a las que arropar. Dos décadas en las que COVITE no sólo ha continuado plantando cara en la calle y en las instituciones sino que ha reclamado justicia en las instituciones y un final y un relato fiel a la memoria de las 853 víctimas de ETA y a la verdad de los sucedido en los últimos 60 años en Euskadi.