Se presenta con una campaña en la que solo aparece su nombre de pila: Ernest. Pero la omisión del apellido Maragall en la cartelería de la campaña de ERC a la alcaldía de Barcelona no consigue hacer olvidar que su elección responde, precisamente, a ese apellido. El del alcalde olímpico que hizo soñar a la ciudad y la lanzó a la cúspide de las grandes ciudades europeas. Ernest Maragall bebe de ese legado, y se presenta como la mejor opción para frenar el declive de la ciudad y la promesa de convertirla en capital de la «república catalana».

Cuando su hermano ostentaba el bastón de mando de la ciudad solía bromear asegurando que «el auténtico Maragall es Ernest», «el tete» para los amigos más íntimos de la familia. Juntos entraron como técnicos en el Ayuntamiento gobernado por el último alcalde franquista, José María Porcioles, al que Pasqual siempre defendió. Y acompañó el ascenso de su hermano dirigiendo las regidorías de Función Pública, Hacienda y la portavocía del Consistorio. Pero de eso hace veinte años, recuerdan sus ex compañeros del PSC, que reclaman el legado del alcalde olímpico como una «obra colectiva» fruto del PSC más que del icónico alcalde.

Después pasó por la Generalitat, siempre a la sombra de su hermano, y durante el fracasado tripartito se fraguó su definitiva ruptura con el PSC y el paso a ERC. La salida de Pasqual del Govern y el modo en que el partido trató la enfermedad del ex president fue el detonante final de la ruptura, especialmente después de que el también socialista Raimon Martínez Fraile llamara enfermo al president antes de que el propio Maragall hiciera público que sufría Alzheimer.

Su portazo al PSC, junto a otros dirigentes destacados como Joaquim Nadal, Antoni Castells o Montserrat Tura, originó el cisma más grave sufrido hasta ahora por el partido. Y su entrada en ERC se hizo de la mano de un partido de nueva creación que obtuvo representación gracias a la coalición electoral con los republicanos. Desde entonces se ha convertido en uno de los más encendidos defensores de la independencia. Una convicción que ahora le lleva a asaltar de nuevo el Ayuntamiento para convertir Barcelona en auténtica capital del independentismo.