El 2 de noviembre de 1948 Harry Truman, aún en el Despacho Oval, se compadeció del nuevo y flamante vencedor de aquellas elecciones presidenciales, Dwight Eisenhower. «Va a sentarse aquí, y va a decir: ‘¡Haz esto, haz aquello’ y no va a ocurrir nada. Pobre Ike», continuó Truman. «Esto no se va a parecer en nada al ejército. Lo va a encontrar muy frustrante». En momentos como este, durante la fase más aguda del espectáculo hiperbólico en que se han convertido las elecciones norteamericanas, conviene recordar la hoy célebre máxima de Truman.

La sinergias entre candidatos dispuestos a casi todo por captar la atención de la audiencia -que es como se debe denominar al electorado en estas fechas- y unos medios inmersos en el ultracompetitivo mundo de las noticias permanentes han llevado la dinámica hasta un punto en que en Estados Unidos hoy el rito electoral se ha situado a medio camino entre los combates teatralizados de lucha libre y el espectáculo deportivo. Pareciera que los norteamericanos optan, cada cuatro años, entre el advenimiento de la Nueva Jerusalén y el Apocalipsis inminente. La elección de Barak Obama, sin ir más lejos, desencadenó la aparición del Nobel preventivo -y hablamos de la normalmente plácida Suecia- o, en un repaso a la hemeroteca de Donald Trump, al primer presidente musulmán y nacido fuera de Estados Unidos. Y sin embargo, ocho años más tarde el centro de detención de Guantánamo sigue ahí y el orden constitucional de los Estados Unidos parece continuar también intacto.

El fenómeno se ha acentuado aún más si cabe en una campaña electoral dominada por los excesos mediáticos y retóricos de Donald Trump y los claros síntomas de creciente histerismo exhibidos por el grueso de la opinión publica a lo largo y ancho de la cuenca transatlántica a medida que el neoyorquino ha venido avanzando en la carrera presidencial. Y es que en última instancia, el exceso y la sobreexcitación del rito se justifican en que la sustancia del asunto consiste en decidir quién va a ser El Hombre Más Poderoso Del Mundo Libre. Ciertamente la noción de Donald Trump manipulando, por ejemplo, el maletín nuclear causa cierta desazón.

Conviene, llegados a este punto, recordar a Harry Truman. En realidad el poder del presidente de Estados Unidos se encuentra severísimamente constreñido tanto por el complejo sistema institucional del modelo presidencial estadounidense como por las particularidades del sistema electoral vigente en el país. Desde luego, aún con estas limitaciones el residente cuenta con notables recursos propios para imponer, hasta cierto punto, su voluntad. No obstante, el personaje político creado por Donald Trump contribuye en buena medida a limitar ese poder incluso más allá de lo acostumbrado.

En primer lugar, el elemento central del andamiaje institucional de Estados Unidos son los famosos frenos y equilibrios de poder. Desde el punto de vista que nos ocupa el principal freno sobre la capacidad de un hipotético presidente Trump es el poder de la bolsa, ejercido por el Congreso de los Estados Unidos. En su máxima expresión este poder del legislativo se traduce en la capacidad de controlar el aparato recaudatorio y de gasto del gobierno federal. Como Barack Obama y Hillary Clinton -durante la presidencia de su marido- han experimentado, ignorar las preferencias del legislativo puede conducir, literalmente, al cierre de toda actividad gubernamental no esencial por falta de fondos, inclusive suspender, por ejemplo, el pago de las pensiones y el reparto de correo.

El principal freno sobre la capacidad de un hipotético presidente Trump es el ‘poder de la bolsa’, la capacidad del legislativo de controlar recaudación y gasto

El poder de la bolsa se extiende incluso a la política exterior, normalmente entendida como área de responsabilidad presidencial. Las icónicas imágenes de los helicópteros norteamericanos abandonando la embajada de Saigón que sirvieron de epitafio a la guerra de Vietnam fueron provocadas por la decisión del Congreso de cortar todos los fondos destinados a aquel país. Unos años más tarde, Ronald Reagan fue obligado mediante métodos similares a evacuar las fuerzas norteamericanas de Líbano. En tiempos más recientes, George W. Bush sufrió la indignidad de recibir una advertencia previa sobre la presencia de tropas estadounidenses en Iraq.  En resumen, un presidente Trump, en calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas podría ordenar una intervención militar en prácticamente cualquier punto del globo, pero no podría sostener dicha presencia en el tiempo si la colaboración activa del legislativo.

Al equilibrio entre el ejecutivo y el legislativo hay que añadir el existente entre ambos y el judicial, representado por la Corte Suprema, que puede declarar inconstitucional cualquier ley aprobada por el Congreso o, quizás más relevante en el caso de que Donald Trump se instalara en la Casa Blanca, cualquier orden ejecutiva emitida por el presidente. Las órdenes ejecutivas son directivas legales dirigidas a la burocracia federal -por ejemplo al FBI o a los miembros del cuerpo de aduanas e inmigración-  que, al no contar con rango de ley no necesitan la aprobación del Congreso. Sirva para calibrar el poder de este recurso del ejecutivo la iniciativa del presidente Obama en 2014 cuando, en vista de la hostilidad del Congreso, trató de utilizar este mecanismo (como también lo hizo George Bush) para legalizar el estatus de nada menos que el 45% de todos los inmigrantes ilegales en Estados Unidos. Dado el temperamento de Donald Trump, el abuso hasta niveles grotescos de este poder bajo su Presidencia se antoja inevitable. Excepto que la Corte Suprema bloqueó la orden ejecutiva de Obama. La melancolía de Truman con la que se abre este artículo se debe en buena medida a un suceso similar: en 1952 la Corte Suprema declaró inconstitucional una orden ejecutiva que nacionalizaba ciertas funciones de acero a fin de sostener el esfuerzo de guerra en Corea.

La capacidad de ‘freno’ del legislativo sobre las acciones del presidente se extiende a los tratados internacionales

En segundo lugar, a los citados frenos y equilibrios institucionales se superponen a los impuestos por la cultura política y el sistema electoral. Por ejemplo, la capacidad de freno del legislativo norteamericano sobre las acciones del presidente se extiende al asunto, nada menor, de los tratados internacionales. En el caso de la mayoría de países europeos el ejecutivo emana del legislativo y, por tanto, en principio cuenta con una mayoría parlamentaria que refrende de forma más o menos automática cualquier acuerdo internacional. Contrariamente a la percepción que se suele tener en Europa del ejecutivo estadounidense, éste se encuentra en una posición mucho más delicada. En su sistema presidencialista el legislativo y el ejecutivo emergen de procesos electorales distintos por lo que las mayorías legislativas no guardan relación con el ejecutivo. Así las cosas, aunque el demócrata Bill Clinton, por ejemplo, firmó el Protocolo de Kioto en 1998 la negativa del Congreso de mayoría republicana a ratificar el acuerdo impidió que Estados Unidos se adhiriera. En resumen, para implementar cualquier tentativa de renegociar el estatus de Estados Unidos en el sistema da acuerdos internacionales Trump debe contar con la aprobación del Senado.

En principio, una hipotética victoria de Trump en 2016 presenta en principio un panorama ligeramente diferente al que contuvo a la administración Clinton y ha venido paralizando a la de Obama, ya que es muy posible que el Partido Republicano mantenga las mayorías con que cuenta en ambas cámaras del Congreso. Excepto que la disciplina interna de los partidos norteamericanos es, comparada con la situación en España, prácticamente inexistente.

Es improbable que Donald Trump, que arrebató la nominación del Partido Republicano a los líderes tradicionales de la formación, cuente con el apoyo de los más centristas. Incluso entre los senadores y miembros de la Cámara de Representantes más próximos al populismo del Tea Party la actitud hacia Trump es, cuando menos, ambivalente. No resultaría fácil reconciliar el mensaje político que ha construido el neoyorquino para apelar a la clase trabajadora blanca tradicionalmente demócrata con miembros de un movimiento que apela al descontento de las clases medias y medias altas.

Aquí reside el que probablemente sea el meollo de la debilidad de una potencial Administración Trump. A pesar de los considerables límites que la constitución y el sistema político imponen sobre el ejecutivo estadounidense y la debilidad del mismo comparado con sus equivalentes europeos, los poderes del presidente son sin duda formidables. El poder de vetar legislación emanada del Congreso y de promover la propia, el de emitir órdenes ejecutivas, la capacidad que le otorga el mando supremo de las fuerzas armadas y de distribuir y utilizar los enormes recursos económicos y humanos del gobierno federal pueden ser herramientas formidables cuando se combinan con el prestigio del cargo y la capacidad de la Casa Blanca de establecer los términos y dirección de la agenda política.

Es improbable que Trump, tras arrebatar la nominación a los líderes del Partido Republicano, cuente ahora con el apoyo de los más centristas

Independientemente de la valoración que a uno le merezcan las administraciones de Bush, Obama e incluso Bill Clinton lograron empujar a Estados Unidos en la dirección que dictaban sus intereses políticos y asunciones ideológicas básicas. Bush, por ejemplo, impulsó la solución militar más expeditiva al intratable problema de Oriente Próximo y logró contener al ala más intransigente (y suicida) de su propio partido en la cuestión migratoria; Obama, que se ha visto forzado a continuar con el grueso de una la política militar agresiva en Irak, Afganistán y Siria -inclusive el mantenimiento de la prisión en Guantánamo y la expansión de los ataques selectivos mediante drones-, también ha logrado reposicionar a Estados Unidos negociando con Irán y distanciándose de Arabia Saudí.

En lo relacionado con la inmigración, Obama ha explotado sin piedad las divisiones internas y el obstruccionismo del sector más xenófobo del partido Republicano para posicionar a los demócratas como el partido natural del voto hispano -fracasando desde el punto de vista de la gestión pública, ha logrado condicionar el futuro desarrollo del problema migratorio-.

En resumen, como casi siempre estos presidentes han logrado introducir cambios relativamente modestos pero lo suficientemente sustanciales como para condicionar la dirección de cualquier tipo de iniciativa futura. En un examen medianamente detallado incluso presidentes indudablemente transformadores sólo lograron introducir reformas relativamente modestas en el corto plazo. Abraham Lincoln emancipó a los esclavos pero sus rivales paralizaron programas, como la reforma agraria, que habría consolidado la incorporación real de la minoría negra a la comunidad política blanca; Franklin Delano Roosevelt vio como la Corte Suprema desmantelaba buena parte del New Deal y tuvo que esperar a que la II Guerra Mundial acabara con la Gran Depresión; Ronald Reagan se enfrentó a intratables mayorías Demócratas en el Congreso y se vio obligado a recurrir a enormes déficits para seguir el elegido en la Guerra Fría, en el proceso casi destruyó su propia presidencia con el asunto Iran-Contra. Y, sin embargo, nadie cuestiona que todas estos presidentes redirigieron la dirección política futura y las inercias de gestión pública de tal forma que marcaron un antes y un después en la Historia de Estados Unidos.

Un cierto nivel de convicción y coherencia mínimos son también elementos imprescindibles -aunque no suficientes- para percutir sobre el tercer elemento de resistencia al que se enfrenta todo presidente de Estados Unidos: el inmovilismo del aparato burocrático federal. Henry Kissinger, responsable junto a Richard Nixon de la apertura a China tan solo logró introducir su visión reformista esquivando a la burocracia del Departamento de Estado hasta extremos que, en última instancia, condujeron al escándalo Watergate y la autodestrucción de la administración. Reagan, con resultados alarmantemente similares en política exterior, logró iniciar el proceso de demolición del sindicalismo estadounidense durante la huelga de controladores aéreos, pero el Departamento de Trabajo y el Departamento de Educación contribuyeron a su completo fracasó frente a los sindicatos de profesores.

En el caso de Trump, la posibilidad de un ‘impeachment’ temprano, tras meses de batallar con la burocracia federal, se antoja plausible

En la misma línea que Roosevelt, fueron cambios económicos globales más allá del control de cualquier presidente quienes realmente acabaron con los grandes sindicatos industriales. Observando el carácter y habilidades de Donald Trump la posibilidad de un impeachment temprano, tras meses de batallar infructuosamente con la propia burocracia federal, se antoja como un final más que plausible para una administración corta e infructuosa.

Donald Trump no posee los mimbres para hacer de la suya una presidencia genuinamente transformadora. Aunque el neoyorquino ha sabido aprovechar el indudable descontento del electorado para sus propios fines carece de los medios para liderar ese descontento y reorientar la vida política de la nación en un sentido fundamental. Trump, por ejemplo, dice deplorar la «debilidad» de Obama y admirar la agresividad patriótica de Vladimir Putin pero ha sido incapaz de traducir el exabrupto en un modelo de política internacional alternativo. Lejos de proponer, por ejemplo, un intervencionismo más agresivo, o varonil si uno adopta la retórica de Putin, Trump en realidad promete reactivar la pulsión aislacionista siempre presente entre el electorado norteamericano. En la misma línea, el magnate ha observado el desequilibrio entre el esfuerzo humano y económico de Estados Unidos en el campo militar y frente a la desidia irresponsable de sus socios europeos y ha prometido solucionarlo. Quizás. O quizás, una vez descubierta la pólvora, termine en el mismo puerto que todos sus predecesores desde Truman hasta Obama pasando por Reagan: Europa no paga ejércitos.

Trump, en otras palabras, ha identificado correctamente y magnificado algunos de los problemas reales que acucian a buena parte del electorado y a los que sus predecesores ya se han enfrentado como la inmigración de origen hispano, el miedo frente al mundo musulmán o el impacto de la globalización sobre el sector industrial. Pero las soluciones que ofrece, una vez despojadas de la estridencia retórica son lo bastante ilegales o absurdas como para que jamás puedan implementarse o, peor aún, ya se están implementando.

Un hipotético presidente Trump no podrá soslayar que la ley impide que el gobierno de los Estados Unidos arreste arbitrariamente a nacionales o extranjeros en función de su nacionalidad de origen. Tampoco podrá soslayar que la frontera con México ya está fortificada, o que ese muro que en buena medida ya existe, no funciona como solución al problema migratorio. Trump podrá evitar que los costes de producción en el propio México o en el Sudeste Asiático sean menores que en Estados Unidos en la exacta misma medida que Bush, Obama o Clinton -todos ellos campeones del proteccionismo y liberalizadores a la fuerza-.

En última instancia, como a Truman frente a Eisenhower, observar a Trump sólo conduce a la melancolía. Uno casi siente lástima. Pobre Donald. Va a sentarse ahí, y va a decir ‘¡Haz esto. Haz aquello!’ Y no va a ocurrir nada.

David Sarías es profesor de Pensamiento Político en el CEU.