«En esta casa queremos una vida libre de violencia hacia las mujeres». La frase está estampada en los muros de muchas casas de Suchitoto, un pequeño pueblo colonial en el interior de El Salvador. Una flor y un pájaro, símbolos de este pintoresco lugar, adornan el lema de la lucha feminista. «Ni golpes de estado ni golpes a las mujeres. Feministas en resistencia», reza otro cartel en una tienda de ropa.

No es sencillo ser feminista en El Salvador, un país que registró 383 homicidios de mujeres el año pasado, según datos de la Policía Nacional Civil. Y en 2017 se contabilizaron 469. En España, por comparar, hubo 47 mujeres asesinadas en 2018. Pero en España viven más de 46 millones de personas; la población de El Salvador no llega a siete millones.

En 2018, la Policía atendió un total de 3.916 casos de diferentes tipos de violencia contra la mujer

«Aquí hay violencia física, psicológica, patrimonial y sexual», cuenta a El Independiente Ana María Mengíbar, fundadora de la Concertación de Mujeres de Suchitoto. «Pero lo importante es que ahora las mujeres hemos tomado conciencia de que no podemos callarnos ante la violencia y de que tenemos que denunciarla. Es un delito que las mujeres seamos violentadas».

«Hay muchas mujeres que no quieren denunciar»

La Concertación de Mujeres de Suchitoto nació en 1991 y en aquel entonces apenas contaba con 25 personas. Hoy son más de 500. «Desde hace casi 30 años llevamos luchando para que quien sufra la violencia la denuncie y demande a los agresores», explica Ana María Mengíbar. «Nosotras no podemos demandar por las mujeres, son ellas las que lo tienen que hacer. Hay muchas que no quieren. Pero si deciden denunciar, nosotras les damos todo el acompañamiento legal».

Imagen de una fachada de Suchitoto
Imagen de una fachada de Suchitoto Ignacio Encabo

En 2018, la Policía Nacional Civil atendió un total de 3.916 casos de diferentes tipos de violencia contra la mujer. Las autoridades atribuyen gran parte de esa violencia a las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18, que cuentan con cerca de 60.000 miembros. Pero también es algo estructural: las mujeres votaron por primera vez en 1952 y hubo que esperar hasta 2011  para que se aprobara la primera ley con perspectiva de género, la Ley de Igualdad, Equidad y Erradicación de la Discriminación contra las Mujeres.

En esa época se creó también la Unidad Especializada para Mujeres Víctimas de Violencia, la Unimujer. En Suchitoto, de hecho, hay una subdelegación y los coches de la Policía Nacional lo llevan «tatuado» en sus puertas como advertencia al ciudadano. «La prioridad es darle a la mujer lo que se merece: un respeto digno», señala un policía a las puertas de la comisaría. «Los tiempos han cambiado y la Policía ahora brinda espacios para la atención de las víctimas».

Pero Ana María Mengíbar duda de las leyes. No de la ley en sí, sino de su aplicación. «Según la ley tenemos los mismos derechos que los hombres, pero sabemos que nosotras debemos demandar que se apliquen las leyes. Si no, son únicamente papeles que no tienen importancia».

La activista, que lleva puesta una camiseta sobre el primer encuentro ecofeminista celebrado en El Salvador, en 2018, cree que es indispensable que las familias salvadoreñas -que en la década de los 80 vivieron una Guerra Civil- tomen conciencia de que la violencia no es una forma de vida. Sobre todo por las nuevas generaciones. «Crecer en una familia donde hay violencia por parte de los padres lleva a los niños a hacer lo mismo. Simplemente porque es el medio en el que ellos han crecido», asume disgustada.

El pájaro y la flor, símbolos de Suchitoto

El nombre de Suchitoto significa en el idioma náhuatl «Flor-Pájaro», de ahí que el símbolo de la ciudad. La Concertación de Mujeres lanzó una campaña hace cinco años para colocar esos murales en las fachadas de los edificios.

«Lo hicimos para intentar sensibilizar a la población sobre la violencia a las mujeres. En las comunidades rurales también hacemos esa campaña. Consiste en ir a hablar con la familia dueña de esa casa y explicarle cómo se da la violencia», cuenta Ana María Mengíbar. «Algunos reaccionan diciendo: ‘Aquí no es necesaria, aquí no hay violencia’. Pero sí la hay. Y otros dicen: ‘Sí, vamos a intentar que haya una convivencia diferente'».