Cuando Rosalía se dio de baja, nadie sabía lo que ocurría. Era una excelente trabajadora y nunca había tenido problemas; por eso, sus jefes en Clece se sorprendieron cuando conocieron que el motivo de su ausencia era «un problema social». La realidad era que Rosalía (el nombre es ficticio para proteger su anonimato) estaba atravesando una situación insoportable: vivía en un local – con una sola habitación – junto a su hijo, que la estaba maltratando de forma continuada.

Su situación de emergencia social se recrudeció hasta el punto de impedirle seguir trabajando. Rosalía se encontraba en un callejón sin salida. Estaba recuriendo a Servicios Sociales pero mientras se negara a denunciar a su hijo no podían ayudarla. Y a eso, Rosalía no estaba dispuesta.

«Aceptó hablar con nuestra Unidad de Apoyo y después de valorar su caso, la derivamos a una fundación privada de mujeres maltratadas para que pudiera empoderarse. Ella aceptó tanto las sesiones individuales como la terapia de grupo y empezó a adquirir confianza», explica Olga Giner Blasco, responsable de la Unidad de Apoyo de Clece en Cataluña.

Este tipo de departamento es obligatorio solo en los centros especiales de empleo pero Clece lo ha extendido a todas sus empresas tras comprobar los resultados que se consiguen gracias a su actividad. La Unidad de Apoyo está formada por equipos multidisciplinares que pueden integrar psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, etc. «En una compañía de 80.000 trabajadores de los que más de 9500 provienen de colectivos desfavorecidos, un departamento de estas características es importantísimo. Nuestro objetivo es trabajar por el bienestar social y laboral de nuestros empleados que tengan diversidad funcional, que hayan sido víctimas de violencia de género, estén en riesgo de exclusión social o a los que les pueda sobrevenir una vulnerabilidad puntual», explica Giner Blasco.

Rosalía trabajó su evolución personal con el apoyo de la fundación. Un viernes tomó la difícil decisión de cambiar su vida. Llamó a la fundación y a la Unidad de Apoyo y les dijo: «estoy lista». Decidió que el reciente arrebato de violencia de su hijo fuera el último. Había decidido abandonar su casa y no sabía a dónde ir.

«La fundación le consiguió una vivienda ese mismo día en otra localidad y, desde la empresa, gestionamos su traslado a un puesto de trabajo en esa localidad. Esto le permitió volver a empezar. Desde entonces, trabaja y vive con otras mujeres que han pasado por lo mismo que ella», relata Giner Blasco.

La de Rosalía es una de las casi 360 intervenciones que han realizado las Unidades de Apoyo de Clece en Barcelona, Madrid y Sevilla, durante el pasado año. La mayoría se realizan para apoyar a personas con diversidad funcional (cerca de 200) aunque también a víctimas de violencia como Rosalía y a otras en riesgo de exclusión social como personas exdrogodependientes, exreclusas que antes de trabajar en Clece sobrevivían con la renta mínima de inserción.