Conchi recoge cada día a sus nietos. A las 17.15 horas espera impaciente en la puerta del colegio. Sara y Pablo corren hacia ella. Es miércoles, por lo que Sara tiene judo y Pablo clase de inglés. Los lleva, los trae y los vuelve a llevar. Así de lunes a viernes, hasta que los padres salgan de trabajar, y Conchi, que ya tiene 75 años, por fin sea «libre». Sus nietos tienen 3 y 5 años, y a veces ella se cansa de tanta vitalidad. Es lo que se conoce como el síndrome del abuelo esclavo, la obligación moral a la que se someten los mayores para cuidar a sus nietos.

La precariedad laboral, la falta de conciliación y el no poder pagar un canguro provoca la tormenta perfecta para que sean ellos, los abuelos, quienes acaben trabajando de cuidadores. Algo que acaba pasando factura. Y es que, si se tiene en cuenta que la media de edad de las mujeres que tienen su primer hijo aumenta cada año, la media de edad de los abuelos también crece. Según el INE (Instituto Nacional de Estadística), la edad media española para tener el primer hijo roza los 33 años, por lo que “son abuelos mayores”. 

No todos están en su mejor momento físico para cuidar a los pequeños. «Hace poco vino un abuelo con su hija contando que un día tenía que buscar a su nieta a la academia de inglés y la academia llamó diciendo que no había ido porque el abuelo no se había acordado. Últimamente vemos que muchos de ellos se empiezan a deteriorar, pero siguen a cargo de sus nietos», comenta Silvia Sumell, psicóloga y profesora colaboradora de la UOC. Sumell trata la neuropsicología en consulta y, a pesar de que, en un primer momento, el motivo de consulta de los señores mayores no sea por una sobrecarga de cuidado de los niños, sino por deterioro cognitivo o pérdida de memoria, cuando se investiga más a fondo, se percibe un exceso de cuidado que les acaba agotando. «Cuando hablamos de su día a día, vemos que, para que los padres se ahorren el comedor, los niños van a comer a su casa todos los días, y a veces en horarios diferentes». Lo que implica que tengan que ir al supermercado, comprar comida para todos, volver con peso y tenerla lista a la hora. «Eso les agota», añade Sumell.

La mayoría de los adultos no preguntan a los abuelos si les va bien, directamente les dan a los niños porque dan por hecho que les van a cuidar»

En España, la mitad de los abuelos cuida a sus nietos casi todos los días y el 45% lo hace casi todas las semanas, según un informe del Imserso recogido por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Las abuelas los atienden diariamente 6,2 horas al día y los abuelos las siguen de cerca, con una dedicación de 5,3 horas al día. Es decir, ese «trabajo invisible» equivale casi a una jornada laboral. En Hungría o Alemania ya tienen establecidas modificaciones fiscales para los abuelos que cuidan a sus nietos. De hecho, es algo que se baraja desde hace tiempo en el país, establecer una medida de este tipo para ayudar a los abuelos económicamente. 

Muchos abuelos deciden arrimar el hombro tanto por placer de formar parte de esa crianza como por piedad a sus hijos. Y ahí es donde entran los abuelos esclavos, que se ven con la obligación de cuidar de los nietos. La crianza tiene «muchos beneficios», como sentir «apego con la familia, la sensación de ser útil o de criar», pero al mismo tiempo conlleva el «cansancio de educar a un niño, de estar pendiente y que, a veces, no todos los nietos son tan tiernos», explica Esther Camacho, neuropsicóloga del grupo de envejecimiento de la SEGG. 

Muchas veces son ellos mismos los que se ofrecen voluntariamente para cuidar de los pequeños, por querer pasar tiempo con ellos o simplemente por ayudar a sus hijos, pero aun así «no es una labor fácil y requiere mucho esfuerzo físico, mental y económico», explica Camacho. Sin ir más lejos, los padres de Fabio viven en Turín junto a su hija y sus nietos desde hace muchos años. A pesar de estar contentos en la ciudad, su propósito es mudarse a una zona más cálida, pero son incapaces de abandonar la ciudad italiana. Los horarios laborales les limita tanto a su hija como a su marido para hacerse cargo de los niños y, al final, son los abuelos quienes les dan de comer, los recogen del colegio y los llevan a las extraescolares. Ellos lo hacen «encantados» y les encanta pasar tiempo con los pequeños, pero reconocen estar atados de cierta manera a la ciudad donde vive su hija y sus nietos por no querer dejarlos «solos».

Muchos no quieren cuidar de sus nietos, los quieren, pero prefieren irse con sus amigos porque es lo que les apetece

En consulta, según cuentan ambas expertas, se ven los dos perfiles. Algunos se ofrecen, pero se plantan ante sus hijos y dicen cuándo quieren y cuándo no, y otros están obligados porque si no les hacen «chantaje emocional», sobre todo juegan con el «no poder pagar la guardería». Pero lo que tienen claro es que «la mayoría de los adultos no preguntan si les va bien, directamente les dan a los niños porque dan por hecho que les van a cuidar». En muchas ocasiones, en talleres de memoria o intervención psicológica, Camacho se ha encontrado con mayores que se sienten «desbordados». «Muchos no quieren cuidar de sus nietos, los quieren, pero prefieren ir con sus amigos al teatro o a clubs de lectura porque es lo que les apetece. Además, consideran que ellos ya han criado a sus hijos, y a la hora de hablar con la familia, «no lo entienden y parece que son egoístas», cuenta.

Muchos padres se escudan en que los abuelos «no tienen trabajo ni excusa válida para no hacerse cargo de los niños». Y es que, uno de los mitos en torno a los mayores es el tiempo libre que tienen, algo que niegan tanto Sumell como Camacho. «El mayor problema que tenemos es que se considera que las cuestiones que no son laborables, como ya no son remuneradas, no son importantes», explica la neuropsicóloga Camacho.

La importancia de saber decir que no

Para hacer frente a esta situación, en consulta consideran necesario marcar los límites y «saber decir que no». Para Camacho, lo ideal sería que, en el caso en el que los abuelos quieran hacerse cargo de los nietos, se ofrezcan a recogerlos en el colegio, pero que «no se convierta en un deber, que no tenga que quitarse de ciertas actividades y que sea una cuestión de elección». «Forma parte de los derechos fundamentales el poder tener libertad para gestionar tu tiempo. Si te apetece ir un día a hacer gimnasia o el poder ver a tus amigos», cuenta.

Aunque depende de la personalidad de cada uno, Camacho insiste en que «parece que el cuidar no se valora». «Si las personas mayores de pronto decidieran dejar de apoyar, dejar de realizar todos esos trayectos, recogidas y cuidar en los momentos de enfermedad, me preguntó sobre quién recaería, y lo peor es que me imagino que no recaería tanto sobre los apoyos sociales o instituciones, sino que volvería a caer sobre las mujeres», apunta.