Diego Maradona creció entre el polvo y el barro. En Villa Fiorito, cuando hacía sol había polvo y cuando llovía había barro. El barrio donde nació y vivió hasta la adolescencia era pobre y humilde. Ahí aprendió a luchar Maradona. Ahí dio sus primeros toques a una pelota. Tac, tac, tac. Ahí, en un barrio perdido en la inmensidad de Buenos Aires, Maradona era un niño inocente que soñaba con jugar en la selección argentina y ganar un Mundial.

Maradona nació un 30 de octubre de 1960 en una pequeña casa de la calle Azamor. Era el quinto de ocho hermanos del matrimonio entre don Diego y Tota. En esa casa de chapa y madera no sobraba nada. Había una verja de alambre en la entrada, después un patio de tierra y unos metros más allá, la casa. Tenía un comedor y dos habitaciones. A la derecha, la de los padres. «A la izquierda, no más de dos metros por dos, la de los hermanos… De los ocho hermanos», relataba el propio Maradona en su libro Yo soy El Diego de la gente.

«Si debo definir con una sola palabra Villa Fiorito, el barrio donde nací y crecí, digo lucha. En Fiorito, si se podía comer, se comía; y si no, no», añadía El Pelusa en las memorias que publicó en el año 2000. Faltan dos décadas de su vida en ese libro, veinte años plagados de acontecimientos, de idas y venidas, drogas, excesos y polémicas de todo tinte.

En Villa Fiorito no había nada de eso. Las preocupaciones de la familia pasaban por alimentar diez bocas con el único sueldo de don Diego, un empleado de fábrica que entraba a trabajar a las cuatro de la mañana. «Cuando llovía había que andar esquivando las goteras, porque te mojabas más adentro de la casa que afuera», contaba Maradona.

La primera pelota

La casa no contaba ni con agua corriente y la familia tenía que andar en busca de un caño para cargar bidones. «Así empecé a hacer pesas yo, con los tachos de veinte litros de aceite YPF», escribió. Los bidones volvían llenos a casa y ese agua servía para todo: para cocinar y para lavarse. «Bañarnos también: con la mano sacabas el agua del tacho y te la pasabas por la cara, por los sobacos, por las bolas, por los tobillos, entre los dedos».

Cuando Maradona tenía tres años, recibió un regalo que le marcó para siempre. A él, a su país y al mundo del fútbol. «La primera pelota que tuve fue el regalo más lindo que me hicieron en mi vida: me la dio mi primo Beto, Beto Zárate, hijo de la tía Nena. Era una número uno de cuero: yo tenía tres años y dormí abrazándola toda la noche».

Aquella pelota le acompañó una buena temporada. Y cuando no había un balón, se lo inventaba. Cuando Tota, su mamá, le mandaba a hacer algún recado, Diego tenía que ir dando toques a algo. Si era a un balón, mejor, pero no era necesario. «Podía ser una naranja, bollitos de papel o trapos».

Su vida quedó unida a la pelota. Era su día a día. Su único pasatiempo. «Si los viejos nos buscaban, sabían dónde encontrarnos. Ahí estábamos, corriendo detrás de la pelota», señalaba. Había varias canchas cerca de su casa y ahí empezó a gambetear. No había césped, sino tierra. «Cuando empezábamos a correr se levantaba tanto polvillo que parecía que estábamos jugando en Wembley y con neblina», bromeaba.

Los Cebollitas, su primer equipo

No tardó en despuntar y en 1969, con nueve años, ingresó en las divisiones inferiores del club Argentinos Juniors. Los Cebollitas, se llamaba aquel equipo con el que Maradona llegó a ganar 136 partidos consecutivos. Jugaba con chicos varios años mayores e incluso en algún momento le cambiaron el nombre para no despertar suspicacias.

La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero»

Eduardo galeano

«¡Si me contaran los goles que hice ahí, tengo más que Pelé!», bromeaba Maradona, cuyo nombre empezó a sonar cada vez más en el mundillo de la pelota. De hecho, el 28 de septiembre de 1971 salió por primera vez en la prensa: fue en el diario Clarín, el primero que informó el jueves de su muerte, donde se habló de un chico «con porte y clase de crack». Pero escribieron mal el nombre: Caradona.

Su magia le hizo subir como la espuma en las inferiores de Argentinos Juniors y cuando no tenía ni 16 años hizo su debut en la Primera División Argentina. Tres meses después iría convocado con la selección argentina. El fenómeno Maradona comenzó a galopar y no había freno posible.

«En tres años, nada más, había pasado de Fiorito a las revistas, a la tele, a los reportajes», escribió en su libro. «Maduré de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras». Después llegaría Boca Juniors, el Barcelona, el Nápoles y la gesta del Mundial de 1986, pero también el descenso a los infiernos, la droga, los problemas familiares, los excesos. Tenía la piel dura por haber nacido en Fiorito y podría haber escrito un libro de varios volúmenes con todo lo que le ocurrió cuando colgó las botas.

«Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía», señaló una vez el escritor Eduardo Galeano. «La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero. Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio». Hubo un tiempo en el que Maradona era un niño inocente que soñaba con ser campeón del mundo con Argentina.