Ashleigh Barty es la número uno del tenis mundial desde 2019, campeona de tres Grand Slam y otros 12 títulos más. Tiene 25 años, se ha embolsado casi 24 millones de dólares en premios, es una heroína en su país, Australia, y también una de las jugadoras más temidas y respetadas. Lo tiene todo para reinar largo y tendido en el circuito. Pero ha dicho basta.

«Ya no siento el impulso físico ni las ganas emocionales que se necesitan para seguir desafiándose a uno mismo al más alto nivel. Estoy totalmente agotada. Físicamente no tengo nada más que dar«, ha indicado Ash en un vídeo que ha colgado en la redes sociales para sorpresa del planeta tenis. Su último partido fue el 29 de enero, en la final del Abierto de Australia que ganó a la estadounidense Danielle Collins.

«Sé que la gente no lo va a entender, lo sé y lo acepto, pero tengo otros sueños que no incluyen viajar por todo el mundo, estar lejos de mi familia y de mi casa, que es donde quiero estar«, ha añadido la jugadora, hastiada de todo lo que hay que sacrificar para ser tenista profesional. A Barty ya no le merece la pena. «El tenis seguirá siendo una parte muy importante de mi vida, pero ahora empieza la etapa de la persona Ash Barty y no de la deportista Ash Barty».

Una número uno de 1,66 metros

Barty siempre ha sido una jugadora diferente en el circuito de la WTA. Tanto desde el plano personal, siempre con un perfil bajo, sin elevar la voz ni queriendo protagonismo, como desde el punto de vista deportivo. Porque ha conseguido dominar midiendo apenas 1,66 metros. «Nunca fui la más alta ni la más fuerte cuando era una adolescente, pero encontré diferentes maneras de ganar los partidos», resumió hace dos meses en Australia.

Aunque su anuncio ha cogido a todo el mundo a contrapié, lo cierto es que Barty ya colgó la raqueta durante unos cuantos meses entre 2014 y 2015. Fue después de ganar Wimbledon júnior y justo en el proceso para dar el salto al circuito profesional. Entonces también estaba agotada. Aparcó el tenis y probó con el críquet. Pero lo suyo era el tenis: regresó y fue escalando hasta explotar en 2019 conquistando Miami, Roland Garros y la Copa de Maestras. Alcanzó el número uno y en 2021 logró el sueño de su vida: levantar el título de Wimbledon.

Barty con el título de Wimbledon en 2021 Adam Davy/PA Wire/dpa

«Ganar Wimbledon el año pasado me cambió mucho como persona y como deportista. Era mi sueño, mi gran sueño, y eso cambió mi perspectiva. Había una parte de mí que no estaba satisfecha», ha explicado este miércoles en su vídeo de despedida. «Mi felicidad ya no dependía de los resultados».

Este 2022 arrancó con el título en Adelaida y continuó después celebrando el Abierto de Australia. Su último torneo, despidiéndose a lo grande. «No hay mejor manera. Ya no tengo nada más que dar y ése para mí es mi gran éxito, haber dado al tenis todo lo que tengo dentro de mí».

Barty deja el tenis siendo toda una heroína en su país. De raíces aborígenes, un reportaje del diario The Age destacó recientemente que en el último año hay un 30% más de niños jugando al tenis, muchos de los cuales son mujeres y aborígenes. «Estoy muy orgullosa de contribuir a que cada vez más niños jueguen al tenis», dijo en enero a la BBC.

Ella se retira siendo casi una niña, en un circuito con jugadoras cada vez más longevas y en el que las carreras se alargan hasta casi los 40 años. Lo deja habiendo estado 114 semanas consecutivas en el número uno, la cuarta racha más larga de la historia. Lo suyo le ha costado. «Sé todo lo que hay que hacer para dar lo mejor de uno mismo. Estoy feliz con mi decisión y estoy lista, en mi corazón sé que es el momento de perseguir otros sueños«.