La Ryder Cup fue un monopolio de Estados Unidos durante más de medio siglo. Desde 1927 hasta 1985 el equipo británico, que compitió en solitario hasta los años 70, se impuso sólo tres veces. Tuvo que abrir sus puertas a Irlanda, pero siguió sin ganar, y fue en 1979 cuando Europa comenzó a competir como un continente homogéneo, unificado bajo la enseña de la Unión, presente en toda la iconografía que rodea al evento. «Los 12 jugadores del equipo europeo representan a las 12 estrellas de nuestra bandera», llegó a decir en 2010 José Manuel Durão Barroso, entonces presidente de la Comisión Europea.

Aquella afirmación escoció al británico que seis años después ha liderado la salida del Reino Unido del proyecto común. «No queremos que la cada vez más impopular Unión Europea secuestre la Ryder Cup», dijo entonces el avezado golfista e ideólogo del Brexit, Nigel Farage. «Amo la Ryder Cup, la he seguido toda mi vida y por supuesto que apoyaré al continente europeo, pero lo haré a regañadientes», admitió el líder euroescéptico, molesto por la actitud de Barroso, quien entendía que «reclamaba la propiedad de la UE» sobre una mera competición deportiva.

Lo cierto es que, le moleste o no a Farage, la Ryder, que se disputa desde este viernes en el campo de Hazeltine en Chaska (Minnesota), sigue siendo el único evento deportivo de relevancia mundial en el que la Unión compite de forma conjunta e indiscutiblemente identitaria. La bandera viste a los jugadores, adorna sus equipamientos, está presente en el marcador de las retransmisiones televisivas y sirve de fondo en la web oficial del torneo.

Y eso a pesar de que un brexit deportivo dejaría tocado de muerte al equipo europeo, que afronta el reto de conquistar su cuarta Ryder consecutiva con un plantel integrado por un alemán (Martin Kaymer), un belga (Thomas Pieters), un sueco (Henrik Stenson), dos españoles (Sergio García y Rafael Cabrera Bello), seis ingleses (Matthew Fitzpatrick, Justin Rose, Andy Sullivan, Lee Westwood, Danny Willett y Chris Wood) y un norirlandés en el rol de estrella, Rory McIlroy.

Los norirlandeses Rory McIlroy y Graeme McDowell, en la ceremonia de inauguración de la Ryder Cup de 2012.

Los norirlandeses Rory McIlroy y Graeme McDowell, en la ceremonia de inauguración de la Ryder Cup de 2012. PGA Tour

Miedo al ‘jet lag’

El niño prodigio del golf europeo, y valga lo de niño con 27 años si aún se le aplica a Sergio García con 36, llega a Minnesota con tres Ryders ya en el bolsillo, 13 millones de dólares en premios sólo en el mes de septiembre (ganó el Deutsche Bank, el Tour Championship y la Copa FedEx) y una preocupación principal: no liarse con las horas.

La última vez que el torneo bianual se disputó en Estados Unidos, en 2012, McIlroy protagonizó una anécdota que le pudo costar muy cara a su combinado. El golfista consultó el horario de su partido del día siguiente en la página oficial y confirmó que arrancaba a las 12:25 de la mañana. A las 11, cuando aún remoloneaba en el hotel de concentración, recibió una llamada histérica: si no golpeaba la bola en la salida del primer hoyo en menos de 30 minutos sería automáticamente descalificado.

El deportista buscó a toda prisa un coche de la organización y una escolta policial que le llevase hasta el campo de Medinah, sede entonces del evento. Por el camino cayó en su error: había consultado la agenda con horario de la costa este, usado como referencia en Estados Unidos, sin tener en cuenta que el torneo se disputaba en el huso central. Logró llegar a tiempo, con algún minuto de margen incluso para descargar los palos y relajarse lo suficiente como para batir a Keegan Bradley y liderar la posterior remontada europea.

No arriesgará tanto este fin de semana, pese a que el torneo se disputa en la misma zona horaria que hace cuatro años. «Ya he cambiado el reloj, gracias por avisar», bromeó el martes a preguntas de los periodistas, que no ganaron para anécdotas durante la jornada de presentación.

Woods, reconvertido en consejero

La otra la protagonizó Tiger Woods, inactivo desde septiembre de 2015 por una operación de espalda, pero nombrado vicecapitán del equipo estadounidense en esta edición. El astro, que planea volver al circuito a finales de octubre, no participará como jugador, pero sin embargo ha asumido el rol de técnico, dicen, casi con más ilusión.

«Estoy muy feliz de comprobar lo mentalizado que está», ha afirmado durante estos días el veterano Phil Mickelson, que afronta a los 46 años su 11ª Ryder. «No puedo creer las conversaciones que estamos teniendo, lo centrado que está en los detalles», desglosó en relación a la labor de Woods, tan integrado en el equipo que incluso se quiso colar en la foto oficial, en la que sólo deben aparecer los 12 jugadores, el trofeo, y el capitán principal, Davis Love III.

En ese retrato se infiltró Tiger como uno más, para sorpresa de sus ahora pupilos y del propio fotógrafo, enfrentado al incómodo trago de tener que pedir a la estrella que, por favor, «se moviese». Así lo hizo Woods, pero no en el sentido esperado. Simplemente se quitó del lado derecho y se pasó al izquierdo, antes de que el fotógrafo le requiriese, de nuevo por favor, que se retirase del todo porque no le correspondía aparecer en la imagen.

Tiger Woods, tras la anécdota que protagonizó en la sesión oficial de fotos.

Tiger Woods, tras la anécdota que protagonizó en la sesión oficial de fotos. EFE

Más cerca o más lejos del foco, la mina de oro del golf mundial volverá a formar parte activa en 2016 del evento por excelencia. Una presencia casi obligada por marcas y aficionados, que el astro sólo excusó hace dos años por problemas de salud y que retoma ahora para subrayar la dimensión de la cita, grande de por sí.

La Ryder en números

Durante el fin de semana, unos 500 millones de espectadores pondrán sus ojos sobre el Hazeltine National Golf Club de Chaska, más del triple de los que en algún momento conectaron con la pasada Superbowl, encumbrada sin embargo a la cima de las retransmisiones deportivas. Sin un componente espectacular tan marcado, pero con un desarrollo más reposado y estable, la Ryder es un bocado apetitoso para los anunciantes, situados frente a una audiencia alta, de considerable poder adquisitivo y fuertemente segmentada.

Escaparate ideal, por el que las grandes cadenas de televisión pagan una suma importante. Sky Sports posee los derechos en el Reino Unido desde hace décadas y, en Estados Unidos, la NBC ha extendido su licencia de retransmisión hasta el año 2030. Los jugadores no cobran, pero la cita es una fuente vital de ingresos tanto para el PGA Tour como para su homólogo europeo, que se embolsan entre 70 y 100 millones de euros cada vez que la cita se organiza en sus respectivos continentes.

Una cantidad que termina revirtiendo positivamente en los golfistas, puesto que representa una de las partidas esenciales que mantiene a flote los circuitos profesionales, donde los jugadores recaudan sus verdaderas ganancias. Los 24 que participarán en la Ryder Cup de 2016 han ingresado 97,3 millones de euros esta temporada, en una proporción cercana al 50%: el equipo estadounidense se ha embolsado 48 millones por los 49,3 del europeo, liderado por los casi 18 de McIlroy.

Pesa más el bolsillo del cuadro continental, igual que lo hace su palmarés en las últimas décadas. Desde 1985, cuando Seve Ballesteros, José María Cañizares, José Rivero y Manuel Piñero lideraron la primera victoria sobre los americanos representando a todo el continente, Europa se ha impuesto en 11 ediciones de 15.

El domingo, García y Cabrera Bello podrían contribuir a redondear la metáfora que imaginó Barroso hace seis años. Sería la 12ª vez que sonase el himno de la alegría de Beethoven, mientras ondean las 12 estrellas al aire y se abrazan los 12 compañeros del equipo europeo, que seguirán siéndolo en un futuro. Representantes del European Tour se apresuraron a confirmarlo horas después del referéndum británico del pasado mes de junio: «Nuestros normas de selección siguen criterios geográficos, no políticos».