Miguel Induráin llegó a la Vuelta a España de 1996 de mala gana. El navarro había fracasado en su asalto al sexto Tour consecutivo (terminó en la undécima posición a más de 13 minutos de Bjarne Riis) y el oro olímpico en la contrarreloj de Atlanta servía de broche suficiente para la temporada. Así lo creía él, pero no su equipo: los compromisos de Banesto provocaron que el 7 de septiembre el pentacampeón de la ronda gala se presentase en la salida de Valencia con el mismo interés que un preso en el patíbulo.

El experimento no duró mucho e Induráin se acabó bajando de la bici la segunda semana, mientras subía hacia los Lagos de Covadonga ya lejos de los favoritos. Fernando Escartín, hoy director deportivo de la Vuelta, heredó todas las miradas de la afición española con cierta impotencia. El escalador llegó a Madrid décimo y observó de lejos un podio enteramente suizo: Alex Zülle en lo alto, con Laurent Dufaux a un lado y Tony Rominger al otro.

El ciclismo español apura los éxitos de su generación dorada sin un relevo claro en el horizonte

Induráin se retiró tres meses después de aquello y dejó su palmarés huérfano de una victoria en la grande española. Desde entonces han pasado dos décadas y, pese a la sensación de vacío que provocó la retirada de Miguelón, jamás se repitió en Madrid un podio como aquel. Siempre hubo, en 20 años, por lo menos un español sobre el cajón. Hasta 2016.

Quizá a la fuerza, el ciclismo nacional vive instalado en un carpe diem suicida. Despidió con honores a Joaquim Rodríguez en Río; cree que Alejandro Valverde podrá correr Giro, Tour y Vuelta y ganar de febrero a octubre hasta que se muera, quien sabe si de puro cansancio. Disfrutaba con los arranques de honor, no tanto ya de potencia, de Alberto Contador. Pero dejará de hacerlo tras la Vuelta de 2017.

Una gran vuelta para guardar en la retina el serpenteo ágil sobre la bicicleta. Para vibrar mucho antes de la hora de la comida con ataques como el del año pasado en la etapa de Formigal, a 115 kilómetros de meta. ¿Y después, qué?

«La gran pregunta es si vamos a tener corredores para ganar una grande. Esa es la clave… y es muy difícil», reconoce el presidente de la Real Federación Española de Ciclismo, José Luis López Cerrón, moderadamente optimista sobre el futuro en la élite, pero aun así severo en el pronóstico. «Yo veo buenos corredores. Hay una generación joven que puede estar ahí, pero lo que la gente y los medios quieren son ganadores», analiza el dirigente, «y ahora mismo no se vislumbra a esa persona».

Basta un vistazo a la selección española para la prueba en línea del Europeo, disputado este domingo. Sin las estrellas, en una carrera condenada a llegar al sprint, el equipo fue un escaparate de la clase media del pelotón, con el hándicap añadido del bajo atractivo público de la prueba: Luis León Sánchez, José Joaquín Rojas, Jesús Herrada, Iván García Cortina, Jon Irisarri, Héctor Carretero y Víctor De la Parte.

Mikel Landa, esperanza buscando destino

El reto del relevo es, desde luego, mayúsculo, y viene lastrado por una década escandalosa en la que se ha establecido un listón inalcanzable: 33 podios en las grandes vueltas en los últimos diez años. Siete de Contador (33 años) y otros tantos de Valverde (36). Seis de Carlos Sastre (41, retirado). Cuatro de Joaquim Rodríguez (37, retirado). Tres de Samuel Sánchez (38). A partir de ahí, apariciones fugaces que sólo tocaron la gloria una vez: Juanjo Cobo, Ezequiel Mosquera, David Arroyo, Óscar Pereiro, José Enrique Gutiérrez… y Mikel Landa.

El Giro del vasco en 2015 fue una inmensa luz al final del túnel. Entonces en el Astana, condenado a trabajar en su tierra para Fabio Aru, Landa se levantó en armas y protagonizó una revolución que le terminó subiendo al cajón con 25 años. Fue una noticia extraordinaria, un puñetazo en la mesa, un foco que atrajo hacia el español miradas y ofertas de todo el pelotón. Landa aceptó la mejor a nivel económico, pero también la única que le proponía un camino laberíntico hacia el rol de líder: se fue al Sky.

«Cuando un ciclista ficha por un equipo siempre quiere lo mejor, pero debes valorar que si te vas a un sitio en el que está Chris Froome es difícil que no trabajes para él», opina López Cerrón, que además de presidente de la RFEC fue ciclista en los 80 y director del Banesto años más tarde. El vallisoletano ha vivido innumerables casos de corredores que apuntaron sin disparar y la primera temporada de Landa en el equipo británico ha ido, precisamente, en esa dirección.

Acudió en 2016 como jefe de filas al Giro y no pudo terminarlo; viajó a Francia para ejercer de escudero de Froome y en ese rol lo eclipsaron Wout Poels, Sergio Henao e incluso Mikel Nieve. No consiguió entrar en el top 10 en la Vuelta al País Vasco ni en la Dauphiné y sólo se impuso en el modesto Giro del Trentino, sin rivales destacables más allá del francés Romain Bardet. En 2017, el equipo le dio la responsabilidad en Italia junto a Geraint Thomas, pero una moto destrozó su carrera. En el Tour dio visos de ser el más fuerte, más incluso que su líder, aunque su equipo le retuvo, como ya hizo con el propio Froome cuando trabajaba para Bradley Wiggins. Su reciente exhibición en la Vuelta a Burgos demuestra que está para todo.

 

Rubén Fernández y Marc Soler, monedas al aire

Mikel es joven y está a tiempo de modificar su camino, pero manda en el pelotón la idea de que se equivocó de destino. Sigue siendo, no obstante, la mayor esperanza del ciclismo nacional toda vez que el siguiente escalón de aspirantes nada en una nube más difusa todavía, concentrada casi en exclusiva en torno al universo Movistar, al que, si nada se tuerce, se unirá el propio Landa a partir de la temporada que viene.

Bajo la tutela de Eusebio Unzúe se desarrollan los dos últimos ganadores españoles del Tour del Porvenir, la prueba sub-23 por excelencia del calendario internacional: Rubén Fernández se impuso en 2013 y Marc Soler en 2015. El primero ha demostrado buenas maneras este año en el inicio de una Vuelta que se le hizo larga y al segundo le tocará demostrar la temporada que viene si ya puede integrar con garantías el nueve de Movistar en una grande.

Los dos, en todo caso, están todavía lejos de confirmarse como apuestas sólidas de futuro. La victoria en el Porvenir es un buen síntoma, pero no definitivo: también lo ganaron ciclistas como Moisés Dueñas, Egoi Martínez, Iker Flores o Unai Osa cuyas carreras posteriores fueron más discretas que brillantes.

Fernández (26) y Soler (23), como Izaguirre (28) o Herrada (27), mezclan una bendición con una condena. Por un lado, forman parte de la última gran estructura que sobrevive en el ciclismo español. Por otro, deben asumir que esa escuadra la lidera un colombiano, Nairo Quintana, que nació en 1990 y es incluso más joven que alguno de ellos.

«Son gente buena y con futuro, pero no tienen libertad y trabajan para sus líderes», insiste el presidente de la Federación, que se lamenta por el gran problema que lastra el futuro de las dos ruedas en nuestro país: no hay equipos y las promesas tienen que salir fuera con el rol de subalternos. Es el caso del nuevo Bahrain-Mérida, diseñado para mayor gloria del italiano Vincenzo Nibali y al que se unieron Ion Izaguirre, líder frustrado en el Tour por una caída el primer día, y el prometedor Iván García Cortina.

Proyectos frustrados

«Llevamos años intentando que salga algo», confirma el dirigente. Pero el dinero no aparece. Las ganas están e iniciativas no faltan, algunas más manchadas por su pasado que otras. La fundación de Alberto Contador, Manolo Sáiz, Matxin… Todos llevan tiempo buscando financiación para aumentar las opciones de los sub-23 en su salto definitivo, pero el panorama a día de hoy es desolador.

Fuera de la megaestructura de Movistar, la única opción viable es la del Caja Rural, que ejerce una labor impagable en el nivel profesional pese a todas sus limitaciones económicas. Más abajo, en el escalón continental, sólo existen las opciones del Burgos BH y el Euskadi Basque Country, un proyecto todavía a años luz del que lideró en su día Euskaltel.

«Necesitaríamos un Caja Rural más y otros dos continentales», expresa el responsable del ciclismo español como receta para desatascar la barrera, casi infranqueable, que se dibuja al final de la etapa junior de cualquier ciclista. Incluso entre los que destacan. Un muro cada vez más visible que se une al incipiente descenso de carreras en categorías de formación, golpeadas duramente por la crisis económica y la limitación del gasto en ayuntamientos y diputaciones.

Ambas circunstancias lastran el problema del relevo, un rompecabezas actual que podría empeorar aún más en las próximas generaciones. Para detectar los síntomas sólo hace falta mirar a los clubes: cada vez más enfocados en organizar pruebas máster, rentables por el poder adquisitivo de sus participantes, y menos preocupados en cerrar carreteras para que compitan infantiles, cadetes y juveniles.