La obra de Marcel Broodthaers es diferente, única. No podía ser menos de un hombre que tuvo que diversificarse mucho para dar con el formato adecuado para mostrar al mundo lo que pensaba y creía. Aunque el catálogo de Broodthaers (Bruselas, 1924-Colonia, 1976), es muy extenso, sigue siendo un gran desconocido por el gran público. Hasta ahora, ya que el Museo Nacional Centro de Arte reina Sofía ha organizado, en colaboración con el neoyorquino MoMA, Marcel Broodthaers. Una retrospectiva, un extenso montaje abierto al público hasta el 9 de enero de 2017. En él, los asistentes podrán contemplar piezas representativas de Marcel Broodthaers  procedentes de la Tate Gallery de Londres, de la National Gallery de Washington o del Centro Pompidou de París, entre otras.

Después de abandonar sus estudios de química y de ir de un lado a otro trajinando en varios oficios, desde fotógrafo hasta crítico, Marcel Broodthaers, un apasionado de la literatura y gran admirador de Mallarmé y Magritte, publica, a finales de los 50, su primera colección de poemas. Su incursión en el campo de la rima no resulta fructífero y decidió abandonarlo para dedicarse a las artes plásticas. Broodthaers contaba entonces con 40 años de edad y, su obra inicial la realizó con sus propios libros de poesía convertidos en esculturas tras darles un buen baño de yeso.

Durante sus primeros pasos, las cáscaras de huevo se convertirían en un motivo recurrente para Broodthaers porque consideraba que tenían un gran potencial poético. “Todo es huevos. El mundo es huevo. El mundo nació de la gran yema, el sol” comentó en una ocasión. Las cáscaras de huevo lo atraían como símbolo de vida y de fecundidad. En sus exposiciones de debut muchas de sus piezas –Paternité, maternieté, infance (1963), Les Ancêtres (1964), La grand mere (1964) o L’oeuf Film (1965)- estaban plagadas de cáscaras ya fueran reales, de plástico o de yeso, pintadas o no. De esta forma los cascarones formaron parte importante de este visionario, lo mismo que lo fueron los caparazones de mejillones, los ladrillos o los trozos de carbón.

Es el uso de materiales inusuales en sus trabajos, ensamblados sin respeto ni sentido,  lo que le unió en un primer momento al movimiento surrealista. Lejos de estancarse, el belga buscó sus propias vías para desarrollar un trabajo que le permitiera dar un punto de vista personal a los, por entonces, nacientes arte pop y arte conceptual, así como cuestionar la propia estructura del mundo del arte.

Provocador por naturaleza, montó su propio museo ficticio (Musée d’Art Moderne. Département des Aigles) donde se burló de los valores de la autoridad y del poder; exploró el laberinto de la palabra, la imagen y el pensamiento desmontando y volviendo a montar (a su manera) textos de sus autores favoritos (Mallarmé, Baudelaire, Lautréamont…), e incluso, creó espectaculares decorados, sus famosos Décors, que pueden admirarse en la institución madrileña.

Broodthaers propuso un enfoque crítico que se centró menos en la innovación formal y más en la función del arte en nuestra sociedad. La exposición del Reina Sofía examina el lugar decisivo de este nombre dentro del panorama artístico del siglo XX, y de la importancia actual de su mensaje que, no sólo influye a artistas de hoy sino también del mañana.

  • La exposición Marcel Broodthaers. Una retrospectiva puede verse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía hasta el 9 de enero de 2017. La entrada a las exposiciones temporales cuesta 4 euros.
  • La muestra se compone de unas 300 piezas, entre obras y material documental, para mostrar las múltiples facetas que desarrolló Marcel Broodthaers a lo largo de toda su carrera.