Los baby boomers españoles, aquéllos nacidos durante la explosión demográfica (1958 y 1977), llegaron a la noche y la revolucionaron. Desde finales de la década de los 70 hasta mediados de los 90, la sucesivas oleadas de jóvenes que se incorporaban a la vida nocturna disfrutaron de un ocio que no habían vivido antes otras generaciones, al menos no de esa manera. Aunque el fenómeno fue nacional, en Madrid se gestó casi todo. La Movida y la noche se convirtieron en una marca indisoluble de la ciudad.

Treinta años después, los baby boomers vuelven a la carga con una segunda juventud que está revolucionado el sector del ocio nocturno. Los primeros en llegar, los más talluditos. “La gente entre 45 y 60 años ha aumentado su frecuencia de salida”, señala el portavoz de Madrid Noche, la Asociación de Empresarios de Ocio Nocturno de Madrid. “Liberados de la carga de los hijos, salen cada vez más y tienen dinero para gastar en cenar, ir al teatro, asistir a un concierto y tomarse una copa”. Sí, todos estos planes se pueden hacer en una noche, aunque no estén al alcance de los jóvenes que tienen cerradas las puertas del mercado laboral. 

Los españoles entre 45 y 60 años, liberados de la carga familiar, regresan a la vida nocturna con capacidad económica»

La moda revival, que lleva años programando sesiones ochenteras y noventeras en discotecas de Madrid, está más viva que nunca. El nicho de mercado es una realidad y con los datos en la mano regresan a la vida nocturna salas históricas de la capital que fueron puntos de encuentro obligatorio de la noche madrileña de varias generaciones como Rock-Ola, Florida Park u Oh! Madrid, cuyo local en la carretera de la Coruña tiene prevista su reapertura. 

Héroe, bar de los ochenta (C/Costanilla de los Desamparados,3), es uno de los locales pioneros en dirigirse a este nicho de mercado. Su gerente, Javi Holgado, describe a su clientela como «un público con una media de edad de 50 años, muy fiel, con muchas ganas de pasarlo bien y buenos consumidores». La música de su bar en Huertas está dedicada a los ochenta y abundan los cumpleaños con tartas con cifras que empiezan por cuatro y cinco.

El ocio que combina espectáculo o concierto, gastronomía y copa es la combinación perfecta para atraer este sector del público que no sólo vive del consumo local. Según el Estudio de preferencias y consumo de ocio, la vida nocturna de Madrid es el principal atractivo y su valor singular como destino turístico, siendo valorado así para el 96,44% de los tour operadores, por delante del patrimonio cultural madrileño (95,16%), o la oferta gastronómica (93%). Según los datos de Madrid Noche, el 31,05% de los clientes de este sector son turistas. Si hay un lugar en el que el que triunfa el cóctel noche de Madrid, Movida Madrileña y turismo, es Malasaña. «Nuestro público es como el del barrio, ha cambiado en los últimos tiempos, es muy heterogéneo, pero lo que más ha aumentado en los últimos cinco años es la gente de fuera de Madrid y los turistas extranjeros», confirma Luis García, gerente de Madrid Me Mata, bar Museo de la Movida (C/Corredera Alta de San Pablo, 31). 

El sector de ocio nocturno tiene un peso en el PIB de la Comunidad de Madrid del 4,7% y sus más de 33.000 empresas cuentan con más de 110.000 empleados y 27.000 autónomos. Las salas nuevas, las míticas que han aguantado el paso de los años o las resucitadas, todas quieren pillar cacho en la re-Movida noche de Madrid. Hay sitio para todos.

Fachada del mítico Rock-Ola.

Fachada de la mítica sala Rock-Ola.

Rock-Ola

La vida entre las paredes del Rock Ola fue un carnaval que duró un lustro (1981-1985), una mascarada que dejó huella en toda una generación. Templo pagano de los primeros años de la década de los 80 junto a La Bobia, La Vía Lactea o el Penta, entre sus paredes germinó lo que el óxido del tiempo ha bautizado como La Movida. Si Nueva York tenía La Factoría, Madrid tenía el Rock-Ola. «La Movida fue el grito de la juventud de la época que estábamos hasta las narices de cantautores y de la música impregnada por la política. Ya no hacían falta, tocaba divertirse. Fue una zambullida de libertad», confiesa Pepo Perandonés, codirector de la sala y uno de los responsables de su renacimiento.

La sala Rock-Ola regresa a la vida 32 años después de su trágico cierre, abandona el número 5 de la calle Padre Xifré para renacer en José Abascal número 8. Reaparece para dar voz a «a un grupo que la gente tiene olvidadísimo, esos cuarentones, cincuentones, incluso sesentones, con los hijos ya criados que siguen aficionados a la música y que no tienen donde ir. Si sales, hoy sólo puedes bailar reggaetón, música electrónica… No hay ningún lugar donde se pueda escuchar la música de aquellos gloriosos años: Elvis Costelo, Depeche Mode, Ian Dury And The Blockheads o The Phischedelic Furs. Ya toca».

El Rock-Ola renace con la misma filosofía que mantuvo viva la sala, «sonará la música que sonó entonces, pero quiero dejar claro que hay muchos estereotipos sobre nosotros. Sólo sabemos lo que fue aquello los que estuvimos allí», explica Perandonés. «En el Rock-Ola se pinchaba música vintage de los 60 y de los 70 y la música que escuchaban los que para los treintañeros es La Movida. Para ellos La Movida está muy estereotipada en los grupos de música española que nos vienen a la cabeza. Vamos a evitar tópicos como Madonna o Tino Casal, que nunca sonaron en las paredes del Rock-Ola».

Para Perandonés el Rock-Ola fue el triunfo de los atrevidos. “Allí tocaba y actuaba gente que no sabía actuar. Lo hacían con descaro, el talento ya vendría. Dábamos pie a cualquier loco, algunos tenían una osadía tremenda. Me acuerdo de la actuación de alguno que hoy tiene un Oscar. Mira que nosotros siempre pensamos que el divertido era MacNamara”.

El Rock-Ola cerró sus puertas el 10 de marzo de 1985 después de una pelea entre mods y rockers que acabó con la muerte de Demetrio Jesús Lefler. La noticia, que llegó a todos los periódicos, fue su sentencia de muerte, la gota que colmó un vaso más que lleno por el incendio que, un año antes, se cebó con la planta baja del local.

Florida Park

El Florida Park fue durante décadas sinónimo de sala de fiesta, por su escenario pasó de lo más granado del estrellato patrio como Lola Flores o Miguel Bosé. Con la aspiración de llegar a un público variado el nuevo Florida es un multiespacio que tiene su punto fuerte las noches de los fines de semana para el público más senior. Durante la noche de los jueves, viernes y sábados el público puede disfrutar de una cena con espectáculo que protagoniza la Big Band Chattanooga de los hermanos Carral con un artista invitado; los viernes y sábados la noche se ameniza con espectáculos de la Compañía Yllana.

Montaje con las actuaciones en el antiguo Florida Park.

Montaje con algunas de las famosas actuaciones en el antiguo Florida Park

La apuesta del Florida parte con una concesión del local por 25 años a la empresa que gestionaba el desaparecido mercado de Fuencarral. Una concesión que ganó cuadriplicando la oferta de salida con 900.000 euros. El Florida aspira a atraer gran parte de ese 30% de turistas que habita la noche madrileña.

Salas que sobreviven

Entre los vaivenes de las salas, sobreviven lugares míticos que han soportado el paso del tiempo con entereza. Una prueba de ello es El Penta, que cumple 40 años, pues abrió sus puertas en 1976. En su barra se juntaba en los años 80 lo mejor de cada casa. Uno de los factores que ayudaron a lanzar el local fue su proximidad con el estudio de Onda Dos, en Radio España, emisora oficial de todo lo que estaba ocurriendo en Madrid. Pero, sin duda, fue Antonio Vega y su Chica de ayer el que de verdad les inmortalizó. El Penta está muy ligado a la figura de la voz de Nacha Pop y en él se conserva un cartel con el texto manuscrito de la canción con la que cierran todas las noches. Fue Teresa, alias Teclix, la primera mujer de Antonio, la que pintó el mural que decora el escenario del local.

En el epicentro de Malasaña se encuentra La Vía Láctea, lo que en su día fue templo de la modernidad. Nació en 1979 imitando la estética de los locales musicales de Nueva York. Su mayor éxito fue contar con pinchadiscos (entonces se llamaban así, el término DJ lo importamos décadas más tarde) que tenían colecciones de vinilos difíciles de encontrar en España, su barra principal está decorada con ilustraciones del dibujante de cómics Montxo Algora. Los murales del bar fueron producto de la imaginación de Enrique Naya y Juan Carrero, más conocidos como Costus, una especie de Capilla Sixtina del Arte Pop que retrata al equipo fundador de la Vía Láctea junto a artistas como Ava Gadner o Lola Flores.

Entre las paredes de la sala El Sol han nacido grupos como Nacha Pop, La Unión, Radio Futura y Alaska y los Pegamoides. En su escenario se celebraban conciertos de formaciones consagradas y de artistas emergentes del pop y rock nacional e internacional. Es una de las pocas salas que ha sobrevivido programando música en directo gracias a su solera, su escenario con cierto halo íntimo y su buena acústica.

El Chapandaz abrió sus puertas en la zona de Moncloa en 1971. El local, con sus paredes rocosas, evoca a una caverna en la que se hizo famosa su Leche de Pantera, elaborada con ginebra, ron, leche, menta, canela e ingredientes secretos; configurando un sabor que revive el gusto de la agitación de La Movida. Con el paso de los años, el ambiente del local se ha renovado, funciona sobre todo entre grupos de jóvenes y extranjeros que llegan por la curiosidad de beber en grandes formatos.