Si tendemos a tolerar de dos a tres quiebros a lo largo de nuestra vida, los poetas necesitan más de cinco para empezar a forjase. Patti Smith acumula más de una decena y se agarra a ellos sabiéndolos indispensables en cada una de las letras que escribe.

Poeta, pintora, activista, pionera del punk. Madre adolescente, viuda por (casi) dos veces, hombre, mujer, andrógina. La estadounidense pisa con la seguridad del que ya no puede perder más que a sí mismo y pisa como nadie. Su compleja simplicidad la ha llevado a ser la protagonista de más historias de las que le ha dado tiempo a vivir y, quizás, en un extraño pacto consigo misma, ha vuelto a escribir quintándose méritos que no le eran propios y narrando los dramas que dan impulso a su genio.

Hija de padre ateo y madre testigo de Jehová, huyó a Nueva York cuando su cabeza se lanzó a pensar. Eran los sesenta y el pop reventaba la escena. Llegó con una mano delante y enganchó la otra a Robert Mapplethorpe con rapidez. No eran nadie y lo fueron todo en la habitación 107 del Hotel Chelsea. Ella escribía con furia y él respiraba a flashes.

Se hicieron los dos, el uno tirando del otro, durante cinco años. Mapplethorpe convirtió la portada de su primer disco, Horses, en el icono que las letras de Patti merecían y ella trasladó su historia a un libro, Just Kids. Fueron amigos hasta que él murió de sida en los 80; ella se consideró una viuda tardía aunque fue su decisión alejarse del fotógrafo. Tenían un pacto de fortaleza, y cuando ambos asumieron su camino, Smith ya le consideraba más padre que amante.

Patti Smith

Patti Smith

«Yo nunca quise ser cantante, pero siempre quise ser escritora. La perfomance estaba totalmente fuera de mi radar. Fue Robert quien me empujó a interpretar mis poemas», aseguró tras escribir el libro.

Han pasado seis años desde aquella publicación en la que mostraba la parte más tierna y más dura de su juventud. Su equilibrio entre el poso que había dejado la religión y la libertad de la poesía. Ahora publica M Train, otra biografía en la que el protagonista es su marido, Fredic Sonic Smith.

El guitarrista de MC5 sacó a Smith de un local que ella había alquilado para montar un café. Mientras pensaba en cómo acumular dinero para la cafetera, y tras varios meses de idas y venidas, Fredic le pidió que se fuera a vivir con él a Detroit. Eran finales de los 70 y el principio de una historia de amor que la llevaría a una de las depresiones más grandes de su vida.

Se alejaron del mundo, haciendo de una granja su paraíso terrenal. Fredic quería un hijo y Patti cedió su cuerpo a cambio de un viaje a la Guyana francesa. «En el Diario de un ladrón, Jean Genet presentaba Saint-Laurent como un lugar sagrado y describía con ferviente empatía a los presos allí encarcelados. Cuando le metieron en prisión, la suya ya había cerrado y nunca pudo ir a verla. Quería ir y traerle unas piedras», narra. Tras un viaje interminable, lleno de escalas y registros, y tras ser detenidos por las fuerzas del orden del lugar, Patti volvió con las piedras y le dio a Fredic dos hijos.

Fred Smith

Fred Smith

A él le hacían gracia sus historias. La chica de las alucinaciones encontró el equilibrio, aunque a día de hoy sigue soñando con ferocidad. El libro comienza con uno de esos sueños, en el que un vaquero le dice que deje de incordiarlo: «Es mi sueño», le apunta en un papel. Como si viviera por encima de sus posibilidades. Quizá una premonición de lo que venía, de lo que se le escapaba.

El libro va y viene de su infancia a su vida con Fredric. De su padre, un obrero obsesionado con las carreras de caballos (no apostaba, sólo intentaba encontrar la fórmula ganadora), a su vida de soltera en la que el café y las tostadas de pan negro se tomaban siempre en el café Ino en el Greenwich Village de Nueva York. Smith narra momentos muy concretos, paso a paso nos muestra de qué vivencias está forjada esa extravagante y cálida personalidad.

«No es fácil escribir sobre nada», confiesa en uno de los capítulos del libro tras volver a Nueva York desde Londres. Quizá por eso su vida era un continuo escapar. Se iba a los lugares  de otros para conocerse a sí misma conociéndoles a ellos. La Casa Azul de Frida Kahlo, las tumbas de Genet, Plath, Mishima… Entre viaje y viaje, su relación con Mapplethorpe, su matrimonio con Fred, su retirada al campo para estar con su familia y su vuelta al mundo de la música tras la muerte de su marido.

Fred murió el 4 de noviembre de 1994 de un infarto. Su funeral se celebró en la misma iglesia en la que se casaron, en la de los Marineros de Detroit. «Todos los meses el padre Ingalls oficiaba una ceremonia en memoria de la tripulación que perdió la vida al naufragar del Edmund Fitzgerald. A Fred le emocionaba profundamente ese ritual, y su funeral coincidió con el de esos marineros», narra Smith.

Ella entró en una profunda depresión, su hermano Todd hizo de soporte para que no cayera más abajo durante los siguientes días a la muerte de Fred. «Un mes después Todd sufrió un derrame cerebral mientras envolvía los regalos de Navidad. Su muerte, tras la de Fred, era insoportable. El shock me dejó aturdida, temerosa de mis propias fantasías». Mopplethorpe había muerto cinco año antes.

Todas sus pérdidas le devolvieron a la música, «como remedio a la desesperación». En 1995 se lanzó de gira con Bob Dylan y se involucró en una serie de causas sociales que la llevaron a convertirse en un símbolo del pacifismo. «Creo en el movimiento. Creo en ese alegre globo que es el mundo. Creo en la medianoche y en la hora del mediodía. Pero, ¿en qué creo? Creo que en todo», declara al final de este último libro.

Tras la gira volvió a la carga, disco tras disco, protesta tras protesta, poema tras poema. Continuó con el café, con Rimbaud, con Lou Red, celebró en solitario algún que otro cumpleaños de Sylvia Plath y le dijo al vaquero que le amaba antes de despertar de su sueño.

«Los arcos se habían unido, formaban un círculo. Una rueda de palabras, la saeta de un poeta, una pasadera que unía la prisión de Saint-Laurent con Genet, un sueño liberador sobre Fred. Cuántos momentos revividos, garabateados en cuadernos y servilletas… Descubrí que era incapaz de romper con ese mundo y su continuum«, sentencia sobre el porqué de este libro, en el que se estrangula en sus tristezas y en sus consideradas alegrías. En sus tenebrosas fantasías.