Hay gente a la que le gusta el ajedrez. Poca, quizá. A mucha le gustan las historias que rodean el ajedrez y no necesariamente el ajedrez. Ver ajedrez es aburrido. Horas para una partida. Tablas en la mayoría de los cruces. Dos señores, un reloj, un escenario y un silencio sepulcral. Movimientos lentos. Incluso los primeros, los de apertura, estudiados de memoria, previsibles, rutinarios la mayor parte de la ocasiones, se alargan sin un sentido aparente. Cuarenta minutos para desplazar una pieza. Imaginen. No, ésta no es una historia sesuda de ajedrez, es un divertimento sobre ajedrez, ese aburrimiento delicioso.

Miren, hace unos años, en 2004, la editorial La Fábrica editó Campos de fuerza. No sé si hay un libro más atractivo sobre ajedrez que trascienda el ajedrez. En 1972 la Unión Soviética (URSS) veía amenazada la hegemonía que, desde 1948, con Mijaíl Botvínnik, mantenía en (sobre) este deporte. A Botvínnik le siguieron Vasili Smyslov, Mijaíl Tal, Tigran Petrosian y Boris Spassky. Ni sombra del resto del mundo. El ajedrez era cosa de rusos, aunque lo correcto, supongo, sería escribir soviéticos. Su escuela era invencible. Y eso convertía al país en invencible.

No era el ajedrez un tema baladí, como no lo era la carrera espacial. Cuando la URSS puso en órbita el Sputnik en 1957, humilló a EEUU. Cuando envió en 1961 a Yuri Gagarin al espacio, humilló a EEUU. En el espacio y en un tablero dividido en 64 casillas se ha jugado mucho la Guerra Fría. No lo duden. Estados Unidos puso hombres en la Luna en 1969 y pasó de ser humillado a humillar. Quedaba el ajedrez.

Estados Unidos vio una oportunidad para derrocar a la URSS en el joven Bobby Fischer. No, no vamos a contar su historia, ni sus delirios, ni sus genialidades. Sí que tanto él como el propio Gobierno norteamericano quería acabar con el abusivo y «tramposo» control soviético sobre damas y reyes. Tramposo porque era sabido que los jugadores rusos arreglaban sus partidas entre ellos para no desgastarse y que se ayudaban cuando debían enfrentarse a un extranjero. Lo cuenta Steiner, también.

Volvamos. Aquel verano de 1972, Reykjavik, capital de Islandia, se convirtió en el escenario de un hermoso episodio de la Guerra Fría. Un tópico, pero así fue. Estados Unidos contra la URSS divididas por un tablero.

 

Ganó Fischer, ya lo saben. Y George Steiner lo cuenta en esa obra maravillosa en la que el ajedrez es esencial, pero más aún lo es el ambiente en el que se celebró el campeonato. Fischer llegó tarde y provocó que el inicio del Mundial se retrasara; perdió las dos primeras partidas (la segunda porque no se presentó, la primera por un error infantil) y todos daban por hecho entonces que Spassky no tendría problemas para retener el título; rusos y americanos se acusaban de espionaje, de interferir con hipnosis en los jugadores, de todo tipo de argucias para descentrar al jugador rival. Campos de fuerza. La tercera partida se jugó en una sala, no en el escenario central. A Fischer le molestaba el ruido de las cámaras de televisión, aunque había firmado un contrato para cobrar por derechos de emisión. El torneo era al mejor de 21. 12,5 puntos contra 8,5 a favor del genio estadounidense. Luego Spassky dejó de ser simpático en la URSS y se nacionalizó francés. Busquen el libro y disfrútenlo.

Hoy comienza el Mundial de ajedrez. Se celebra en Nueva York y la Guerra Fría es, Donald Trump y Vladimir Putin mediante, cosa del pasado. O no. Como un recuerdo del pasado, los dos contrincantes, otrora amigos, han dejado de hablarse. Como cosa del pasado, también, hay miedo al espionaje. Uno de los jugadores ha pedido a una de las mayores empresas de informática del mundo, Microsoft, que proteja su información, porque teme que sea secuestrada por su rival; el otro actor de este enfrentamiento es ruso y, como EEUU con Fischer, muchos han puesto en él la mirada para que devuelva a Rusia las glorias pasadas en este deporte.

Magnus Carlsen tiene 25 años, cumple 26 el día que termina el Mundial. Es noruego, frío y, para muchos, aburrido. Es del Real Madrid. Está soltero. Tiene una fortaleza excelente en los finales de partida y gana sin que nadie se dé cuenta. Es decir, avanza, avanza, avanza y de golpe el rival está derrotado. Es el número uno del mundo y actual campeón, tras derrotar en 2014 al indio Viswanathan Anand.

Sergei Karjakin tiene 26 años. Es 11 meses mayor que Carlsen. Es ruso, nacido en Simferopol (Crimea). Apunta cierta creatividad, muestra empatía con el resto de la humanidad y tiene una resistencia psicológica encomiable. Dicen que su apertura 1. e4 es de una potencia extrema. Está casado (se separó de su primera mujer) y tiene un hijo. Es el aspirante y ocupa el noveno puesto del ránking (llegó a estar en el quinto).

Los dos nacieron en 1990. Son hijos de la era digital y se entrenan básicamente jugando con (contra) ordenadores. De ahí el miedo al robo de información. «El elemento sorpresa es de vital importancia en el ajedrez», declaró al diario británico The Telegraph Vibeke Hansen, responsable de Microsoft en Noruega. «Es esencial que todos los datos estén completamente seguros, que ningún dato pueda perderse o verse comprometido». Una forma sutil de advertir de un posible robo por parte de los rusos. Y de hacerse publicidad, claro.

Rusia quiere recuperar la hegemonía en este deporte. Como hizo tras la debacle de 1972. En 1978 Karpov venció al disidente Korchnoi quien, sin patria, jugaba con bandera suiza. Kasparov destronó a Karpov en 1985. Luego llegó Krámnik y, en 2007, con Anand, los rusos (soviéticos antes) perdieron el control del ajedrez.

Karjakin nació en un familia humilde de Crimea. Sin apenas recursos logró, a los 12 años, convertirse en el gran maestro más joven de la historia. Carlsen lo logró a los 13. En 2009 se trasladó a Moscú. Su vida cambió, encontró un esponsor y pudo centrarse en el ajedrez. «Me pude olvidar de acudir a los torneos para ganar dinero», dijo en una entrevista que recoge el sitio oficial del campeonato del mundo. Cierto, Putin lo ha apadrinado y Rusia lo protege como un tesoro.

Las tres claves de este campeonato parecen estar en la intensidad y el interés de Carlsen por el Mundial, la resistencia de Karjakin y la implicación de Rusia.

En el número 122 de la revista Peón de Rey, que dirige el gran maestro español Miguel Illescas, algunos expertos y aficionados de alto nivel, como Llorenç Vanaclocha apuntan que la clave para que Karjakin venza a Carlsen reside en que Rusia se tome el campeonato como una cuestión de estado y destine a sus mejores hombres, como Krámnik, en la preparación del aspirante. El gran maestro José González opina que la tenacidad de Karjakin complicará a Carlsen, y el maestro internacional Boris Zlotnik cree que Rusia va a movilizar todos los recursos para ayudar a Karjakin. Aun así, la mayoría de los especialistas cree que Carlsen no dará opción al ruso.

El último encuentro entre Carlsen y Karjakin lo ganó el noruego. Se celebró en Bilbao el pasado mes de julio. Aquí pueden consultar el desarrollo de la partida. El final demuestra la intensidad del noruego.

Como el ajedrez no levanta pasiones, la Federación Internacional se ha buscado las vueltas para recuperar el interés por un deporte que en la década de los 70 se convirtió en foco de atención. Más por la política, cierto, que por su sex-appeal. Seguir el campeonato durante las próximas semanas se convertirá en una experiencia diferente. Será el primer Mundial pensado para la generación de los teléfonos inteligentes. Como Carlsen y Karjakin. Realidad virtual, cámaras 360º, acceso desde cualquier tipo de dispositivo, tablero de análisis en tiempo real, predicción de movimientos, posibilidad de moviola para ver repetidos los movimientos y de interacción: será posible preguntar en tiempo real a los analistas las dudas que vayan surgiendo sobre una partida. Para acceder, 15 dólares. Más barato que los 120 dólares que hay que pagar, como mínimo, para verlo in situ en el Fulton Market de Mahattan, donde se ha situado el escenario del encuentro; o 3.000 dólares si quiere el mejor de los sitios VIP.

El Mundial empieza hoy y acaba el día 30. Se juega al mejor de 12 partidas y gana quien sume 6,5 puntos. En caso de empate, habrá tie-break. El ganador se embolsará 600.000 euros. El perdedor, 400.000. Carlsen, un título más; Karjakin, la gloria de un país.